¿Y si el medio no fuera el mensaje?

Hoy no importa el contenido de lo que se diga siempre y cuando encaje con las claves comunicativas que el medio impone. Lo relevante no es lo que se dice sino el cómo se dice.

ÓSCAR FAJARDO

Imagine por un momento que va a comprar un par de zapatos a una tienda. Ha decidido ya su modelo y ahora requiere probárselos. Indica su número de pie y, al poco, tiene delante el par deseado. Pero, cuando va a calzárselos, observa que le han traído un número menos de lo que usted necesita. Aun así, se los encaja como buenamente puede y camina algunos pasos por la tienda para comprobar que le incomodan, que siente que sus pies están constreñidos y deformados. ¿Puede andar con ellos? La respuesta es sí. ¿Se ajustan como deben y le permiten desplazarse con comodidad? La respuesta es no.

Continúe imaginando un poco más. Se quita los zapatos y siente un enorme alivio al liberarse de esa presión. Se dirige a quien le atiende y le solicita un número más, a lo que este le responde que eso resulta imposible, que solo dispone de ese número y que, si desea esos zapatos, ha de acostumbrarse a caminar con ese constreñimiento, a adaptar su pie al tamaño del zapato y no al revés.

El asunto, visto desde esta perspectiva, resulta chocante y surrealista y, por supuesto, es algo que no aceptaríamos de ningún modo. Sin embargo, desde aquella famosa sentencia del medio es el mensaje de McLuhan de hace más de medio siglo, algo así nos ocurre con nuestra forma de informar e informarnos, de comunicar y de comunicarnos y, a pesar de ser este asunto tan o más importante que el par de zapatos del comienzo, transigimos con él sin el menor atisbo de duda ni de rebeldía.

Y de esos polvos, estos lodos. Tengo para mí que el haber aceptado este punto de partida nos ha conducido a una simplificación exagerada de nuestros mensajes, a una estandarización de lo que decimos, a la dictadura de lo mainstream, al auge del titular sobre todas las cosas, a la primacía del impacto y la emoción sobre el sosiego y la reflexión, a la invisibilidad de los intelectuales (e incluso a la incapacidad de serlo), a la polarización y la ausencia de espacios para el entendimiento, y a la desinformación y las fake news.

Nuestros zapatos de talla única comunicativos tienen nombres de Twitter, Tik Tok, Youtube y muchos más. Las maquetas antaño limitadas a los periódicos, las escaletas específicas de programas de radio y televisión se expanden hoy a ese universo de medios que ya no son solo medios de información o comunicación, sino medios de expresión pues buena parte de la humanidad se registra en ellos para contar sus cosas. Lo que se dice se constriñe al espacio que el medio obliga, un espacio que solo responde a sus requerimientos como negocio, no a la necesidad de expresión de quien comunica. Nos disminuimos y reducimos a esas premisas con el único objeto de ser vistos, de tener relevancia a costa de no contarnos como nos gustaría.

Plegamos absolutamente nuestras necesidades de comunicación a las plantillas, espacios y códigos que se nos proponen desde los medios y, de facto, pasamos de ser sujetos comunicantes a sujetos replicantes, e incluso a objetos sin más capacidad que la de copiarnos unos a otros de manera casi instintiva.

Como sucede con nuestros zapatos pequeños, que no solo nos hacen andar incómodos, sino que su uso continuado termina por deformar nuestros pies, algo similar sucede cuando el medio es el mensaje y lo que tenemos que decir rinde pleitesía y obediencia absoluta al cómo y al dónde lo decimos. Nuestra capacidad de reflexionar y pensar, de entender e imaginar, queda deformada porque se ha desacostumbrado a andar con mayor libertad y menor corsé y, consecuentemente, se produce un empobrecimiento del individuo y de la sociedad en su vertiente más humana.

Plegamos absolutamente nuestras necesidades de comunicación a las plantillas, espacios y códigos que se nos proponen desde los medios y, de facto, pasamos de ser sujetos comunicantes a sujetos replicantes, e incluso a objetos sin más capacidad que la de copiarnos unos a otros de manera casi instintiva.

Ni el espacio ni el tiempo es infinito cuando comunicamos, eso resulta obvio, por eso toda comunicación, comenzando por el propio lenguaje y las palabras, que son a su vez expansión y frontera, posee sus límites y necesita conjugarse con el medio en el que se transmite. Pero no es lo mismo conjugarse que adaptarse, y mucho menos que plegarse. Hoy no solo no nos conjugamos ni adaptamos, sino que nos sometemos a la dictadura del medio. La conjugación pone el énfasis en el ‘qué’ comunicamos y el ‘cómo’ lo complementa y potencia. Esto pone el foco en lo que se dice y eleva el nivel. El plegarse al medio camina en dirección contraria. No importa lo que se diga siempre y cuando encaje con las claves comunicativas que el medio impone. Lo relevante no es lo que se dice sino el cómo se dice. El resultado es una disminución del nivel de lo dicho y una ruptura de la mágica ecuación que eleva nuestro saber, que no es otra que un ‘qué’ poderoso que se desliza sobre un ‘cómo’ que lo lustra, no que lo opaca.

Resulta paradójico que un mundo que tanto proclama el ‘salirse de la caja’, viva constreñido en las innumerables cajas que los medios actuales nos proponen, y es triste que nos acostumbremos a caminar sobre unos zapatos que nos duelen y nos comprimen. Y es que el medio jamás debió ser el mensaje.

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