Filántropos y voluntarios

Bill y Melinda Gates, Warren Buffett, George Soros o Amancio Ortega, entre otros pocos, continúan la senda de aquellos Rockefeller o Carnegie, y toman un protagonismo filantrópico olvidado en anteriores décadas. Entre tanto, millones de ciudadanos de todo el mundo no necesitan ya adscribirse a asociación alguna para ejercer su voluntariado. Las instituciones demandan y exigen una suerte de despliegue de ‘voluntad ciudadana’, de arrimar el hombro casi obligado para solventar problemas que nos sobrepasan.

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Público y privado

Tiempo atrás, buena parte de nuestras vidas transcurría en espacios públicos, y en ellos sucedían conversaciones e intercambios, surgían relaciones de amistad y sentimentales, se debatía y discutía. Cualquier lugar era bueno, los parques, las aceras, los bancos, … El bien público no solo era algo que se definía por ser de todos o por su gestión estatal, sino también porque allí había público propiamente dicho. Eran espacios que, al ser de todos, eran igualmente ocupados por todos y en ellos discurría en gran medida nuestra existencia. Nuestro comportamiento en estos lugares era también público y, por lo tanto, estaba sometido a unas determinadas normas, a un escrutinio de quienes teníamos más cerca. Lo que allí acontecía estaba supeditado a límites fijados entre la ciudadanía. Éramos ciudadanos porque todos teníamos la capacidad en poco en o en mucho, dependiendo de nuestra implicación, de intervenir en ese control y cuidado de lo público. Éramos controlados, pero también controlábamos. Los ojos y oídos de la vecindad eran los principales garantes del buen funcionamiento de ese espacio público, de su conservación adecuada, de la convivencia armónica.

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Los vagos y el valor de cambio

En los años sesenta, Douglas McGregor estableció sus célebres teorías de la X y de la Y para definir dos interpretaciones distintas a la hora de entender la actitud de las personas hacia el trabajo, y de esta manera, enfocar la forma de dirigirlos. En la teoría de la X, el individuo es considerado como un ser poco activo y con escasa motivación, que esquiva la responsabilidad, que posee aversión al esfuerzo y que carece de ambición. Por el contrario, la teoría de la Y estima al ser humano como alguien implicado en su trabajo, proactivo, motivado y con una disposición positiva hacia el esfuerzo y la toma de responsabilidades. Estas visiones, o más bien interpretaciones de la naturaleza humana, propias de un ámbito de gestión empresarial, se han expandido sin embargo a todos los rincones de nuestra sociedad. En un mundo en el que los mecanismos de mercado han copado cualquier rincón, y las relaciones cada vez resultan más transaccionales, no es extraño que estas teorías hayan saltado el cerco de lo meramente empresarial para contaminar la visión generalizada que poseemos de nosotros mismos como especie. Y con ello, la manera en la que nos regulamos y organizamos socialmente.

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¿De qué hablamos?

La variedad y la calidad de nuestras conversaciones son directamente proporcionales a nuestra calidad de vida. A través de las conversaciones, del encuentro hablado con los otros no solo nos reflejamos, nos situamos en otros registros y lugares, nos aproximamos a otras realidades, divisamos nuevas perspectivas que nos abren horizontes desconocidos y estimulamos nuestra imaginación y creatividad, sino que también nos espejamos, nos contemplamos a nosotros mismos y nos reconfiguramos, y en todo ese proceso, moldeamos buena parte de lo que somos. Cuando nuestra conversación se puebla de temas variados y variopintos, nuestra existencia se enriquece. Igualmente, una sociedad que conversa y cuida la calidad y variedad de sus conversaciones, deviene en una sociedad más rica y con mayor bienestar.

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Los nuevos centros comerciales

¿Zonas comerciales? Millones, una por cada casa habitada y conectada. Cada una de nuestras habitaciones es ya en sí misma un local comercial donde comprar. Nuestros salones son sucedáneos de salas de cine y de restaurantes. Nuestras casas se están transformando a velocidades inusitadas en los nuevos centros comerciales. La multiplicación exponencial de pantallas interconectadas crean nuestros particulares Times Square o Picadilly Circus.

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El mundo abstracto y la banalidad

Hace ya unos cuantos años escribía Erich Fromm acerca de la idea de enajenación a la que definía como el sentirse ajeno a las cosas que nos rodeaban. Incidía especialmente en cómo la economía de mercado, que tasaba y valoraba todo por su precio, por su valor de cambio a cada momento, permitía comparar bienes y cosas sumamente distintas en sus funciones y en sus formas, y con ello situaba dicha comparación en un grado de abstracción tan acentuado que, inevitablemente, nos alejaba de las cosas en sí mismas. El mercado y su extensión por nuestra vida era entonces fuente de enajenación, origen de un alejamiento del mundo real.

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Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

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La sociedad siempre abierta

24/7/365. Números fríos que resultan fiel reflejo de uno de los principales rasgos definitorios de nuestro mundo actual. Abiertos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Siempre abiertos. Lo que comenzó como excepcionalidad tiempo atrás en los espacios físicos es ahora normalidad extendida, seña de identidad de nuestra sociedad. El despliegue masivo y la inundación de nuestras vidas por lo tecnológico ya no deja resquicio para cerrar siquiera un minuto. Ahora se ha de estar disponible a todas horas. La maquinización y la automatización de nuestra realidad extiende la idea de computadoras que no entienden de horarios comerciales ni de descansos. Siempre disponibles, siempre activas. Un fenómeno que, se nos insiste, solo redunda en nuestro confort y comodidad, en nuestra libertad de elección porque ahora, se recuerda, podemos decidir cuándo queremos comprar y disponer de nuestro tiempo de la mejor manera posible, sin hacernos rehenes de los horarios de terceros.

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De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

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La intención es lo que cuenta

Es esta una frase repetida hasta la saciedad cuando lo que es ansiado no se consigue. La intención convertida en un consuelo, en un ‘por lo menos’ al que asirse si la cosa no funciona. La intención, al fin, confundida e identificada erróneamente con el intento. El intento sí es consuelo, pero no la intención. Y es que no hay intención sin intento, pero sí intento sin intención. Plagamos nuestro existir de intentos sin intención. Pero la intención no debe entenderse nunca como premio de consolación. Más bien es la intención la protagonista de una existencia plena. Si no se vive con intención, el sentido de lo vivido desaparece. Imposible una vida con sentido sin una intención que la anteceda.

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