Vidas sin huella

Ya en su vejez, decía proféticamente Miguel Delibes que, en un futuro, los abuelos apenas tendrían nada que contar. Recordaba su niñez alrededor de su abuelo contando fascinantes historias que mantenían a todos los nietos pegados a sus piernas y a su sofá. Poco importaba que aquellas personas hubieran viajado miles de kilómetros para emigrar o hubieran permanecido en su pueblo, en sus tierras y casa familiar. Todos, absolutamente todos, poseían una historia con mayúsculas que contar. Con ellos los riachuelos eran océanos de aventuras, los gorriones se hacían fastuosos ave fénix, las calles del pueblo se tornaban en escenarios de heroicas batallas y los árboles escondían secretos inconfesables grabados en sus troncos. Todo cobraba una desmedida e irresistible intensidad.

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Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

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Los vacíos

Si hay una constante en el ser humano es la huida persistente del vacío. Interpretamos el vacío como la nada, la ausencia, la falta, la carencia, la oquedad, el abismo y la insustancialidad. En el vacío se vaga sin destino con acompañantes que se visten de tristeza, angustia, vértigo o incertidumbre. Un vacío que es inevitable y consustancial al hombre y a su conciencia. De casi inmediato, el ser humano toma conciencia de la vida y de la muerte, del hecho de nacer y de su destino de morir físicamente. En esa conciencia del inicio y del fin se abre un espacio vacío que ya no nos abandona.

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La sumisión silenciosa

La existencia del ser humano solo puede entenderse como una constante búsqueda de equilibrio entre libertad y sumisión. A cada espacio de libertad ganada le aparece una trastienda oscura de sumisión, a veces de más superficie y a veces de menos. Penetramos en ese espacio tenebroso bien por nuestros temores a sentirnos absolutamente responsables de nuestra existencia (aquel miedo a la libertad que proclamaba Fromm), bien porque poseemos una inclinación surgida de la mezcla de tendencia natural y experiencias pasadas en forma de creencias, o bien porque la situación externa a nosotros nos fuerza a ello, a pesar de que siempre nos quede esa libertad interior que proclamaba Frankl.

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Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

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El gran trampantojo

Trampantojo: “Ilusión óptica o trampa con que se engaña a una persona haciéndole creer que ve algo distinto a lo que en realidad ve; especialmente, paisaje pintado en una superficie que simula una imagen real.” Eran las once y media de la mañana del día veinticinco de agosto, pero según lo que leo y me cuentan, nada ha cambiado. Aquel paseo por la Gran Vía fue extraño y contradictorio, de desolación y de esperanza, de conciencia de los excesos y de purgatorio cruel, de tristeza del fin y de ilusión de comienzo, pero curiosamente, sin ápice de nostalgia ni menos aún melancolía. En mi retina y en mi recuerdo aún seguían ancladas bien firmes las imágenes capturadas día sí y día también de calles repletas cuando trabajaba por allí en los años noventa (del siglo pasado). Hoy se divisan persianas bajadas que ya no despiertan con la mañana, hoteles donde ya solo duermen fantasmas del pasado y aceras tan anchas como desiertas.

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Reservado a la ternura

Tomó su teléfono móvil y acarició con dulzura la pantalla que le devolvió el gesto con la calidez que solo pueden brindar unos píxeles de extraordinaria definición. Al acercarse a la cocina, la voz envolvente del asistente virtual le arrulló con un cándido buenos días mientras un emoticono asomado por la notificación del Whatsapp le trasladaba toneladas de cariño y afecto. Mientras desayunaba, se asomó a los titulares del día para comprobar qué nuevos acuerdos habían alcanzado ayer los distintos partidos políticos. Una ojeada rápida porque su tiempo disponible para leer era escaso. En breves minutos comenzaría su reunión de Zoom donde disfrutaría de una buena colección de monólogos de los asistentes porque en el fondo ¿quién desea conversar cuando se puede escuchar a sí mismo? Se vistió con lo primero que encontró en el armario dado que hoy tampoco saldría de casa. Pediría una de esas comidas a domicilio hechas a fuego lento, con pausa y sosiego. Antes de comenzar su reunión, abrió las ventanas del salón para ventilar y recibió con alborozo el rugir inspirador de motores y música atronadora que salía del interior de cientos de vehículos que habían vuelto a la vida tras unos meses aletargados.

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El descaro

Hubo un tiempo en que el descaro tenía, por ser excepción, un cariz simpático. Gozaba de cierta tolerancia y comprensión, e incluso era considerado cualidad deseable en determinadas circunstancias. Un descaro que matrimoniaba con el atrevimiento, que se reservaba para unos pocos valientes dispuestos a mostrar una disonancia fuera de lo común. Un desafino a la postre admirado en muchas ocasiones. Era su poca habitualidad, su excepcionalidad, lo que le proporcionaba ese halo de ‘aire fresco’, lo que le investía de una cuasi necesidad existencial para poder expandir nuestros límites, romper barreras y generar cambios. El descaro retaba, desafiaba, colocaba el statu quo en tesituras desconocidas y, en no pocas ocasiones, lo empujaba a remozarse y refrescarse.

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El mundo sobreexpuesto

A veces, la publicidad, queriendo o sin quererlo, consigue definir en pocas palabras el estado de una situación con una exactitud prodigiosa. Viene esto al caso porque existe una frase muy típica que aparece recurrentemente en la publicidad exterior cuando su espacio no es ocupado por empresa alguna. Es ese ‘Si no te ven, no existes’, que lejos de quedar encerrado en el marco de cualquier soporte en el metro o en una parada de autobús, se ha convertido en auténtico epítome de nuestra época actual. Nuestro mundo ha establecido una perniciosa ecuación por la que iguala peligrosamente el concepto de existencia con el de visibilidad.

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La cabeza y el sombrero

-Es una pena, el sombrero me encanta, pero no me ajusta bien.

-No se preocupe. Siempre puede usted reducir un par de tallas su cabeza.

Este diálogo surrealista e ilógico parecería altamente improbable si visitáramos cualquier sombrerería y su vendedor nos planteara la opción de disminuir nuestra talla de cabeza en lugar de ofrecernos otras tallas de sombrero. Qué distinto es, sin embargo, cuando hablamos del mundo y de la sociedad que nosotros mismos hemos ideado. Olvidamos que los sistemas sociales son creaciones del ser humano, como lo son también los sombreros, y que están hechos para facilitar la vida de las personas, no al revés. Igual que nos resulta disparatado ajustar nuestra cabeza a una única talla de sombrero, debiera resultarnos disparatado el ajustarnos a la talla única de un sistema social que interpretamos como inamovible e incambiable. Un surrealismo, empero, muy real, cuando nos ajustamos irremisiblemente a un sistema creado por el ser humano para servirse a sí mismo, como si este entramado fuera algo diseñado por un ser superior que se nos impone y al que debemos plegarnos y sufrir en él sin remisión.

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