El mundo abstracto y la banalidad

Hace ya unos cuantos años escribía Erich Fromm acerca de la idea de enajenación a la que definía como el sentirse ajeno a las cosas que nos rodeaban. Incidía especialmente en cómo la economía de mercado, que tasaba y valoraba todo por su precio, por su valor de cambio a cada momento, permitía comparar bienes y cosas sumamente distintas en sus funciones y en sus formas, y con ello situaba dicha comparación en un grado de abstracción tan acentuado que, inevitablemente, nos alejaba de las cosas en sí mismas. El mercado y su extensión por nuestra vida era entonces fuente de enajenación, origen de un alejamiento del mundo real.

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La paradoja de la influencia

Vivir de la influencia parece un signo exclusivo de nuestros tiempos. Un hecho diferencial que nunca en otra época sucedió. Hoy podemos matricularnos en escuelas de influidores que nos ofrecen adquirir conocimientos y formación para poder convertirnos en profesionales de ello. Pero lo cierto es que la influencia es un fenómeno consustancial al ser humano y no resulta nada nuevo, como tampoco lo es el vivir de esa influencia. Basta con mirar la cohorte de consejeros que existían en las cortes de siglos atrás, donde cada uno pugnaba por influir sobre el monarca de turno. Así era mayor su ascendente sobre el rey, así adquiría mayor relevancia social y más poder detentaba, aunque fuera en la sombra. Ocurre lo mismo con los partidos políticos, con las empresas y con cualquier organización medianamente estructurada.

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Vida inhumana

Lo pienso, lo quiero y lo entiendo. Lo que ejecuto lo he pensado yo, lo que hago lo hago por mi voluntad propia, y eso que hago es entendido por mí. Intención, voluntad y entendimiento. Nada nuevo que no dijera hace años Ortega, pero que a menudo se nos olvida. Son esos tres los componentes fundamentales de los seres humanos. Lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra intencionalidad, el pensar y hacer las cosas para algo; nuestra voluntad, que nos permite decidir por nosotros mismos si queremos y hacemos esto o lo otro, y el entendimiento, que implica conocer el porqué de las cosas que hacemos. Hoy que el mundo se inunda de encuestas y de test de rápida digestión, convendría a menudo preguntarnos a nosotros mismos y como sociedad si aún podemos decir que estos tres componentes fundamentales están presentes en nuestras vidas.

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Vivir afuera y los ‘terceros lugares’

En Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, su protagonista pasa algunos capítulos escondido en una improvisada habitación oculta en un barco con el objeto de no ser visto y devuelto a su casa con sus padres. Lo que en un principio es contemplado por él como una acogedora dependencia se convierte tras su encierro de días en un angustioso lugar del que ansía escapar. El mundo actual nos ha transformado a todos un poco en Gordon Pym. Desde hace ya muchos años, décadas, existe una incitación continua y constante a vivir hacia afuera. Buena parte del tejido económico que nos hemos procurado como sociedad basa su funcionamiento en el estar fuera. Los viajes, los encuentros sociales, las actividades de ocio, la cultura y cualquier otro ámbito donde posemos nuestra mirada refleja esa idea de vivir hacia afuera. Todo lo interesante, todo lo que merece la pena parece que ha de buscarse más allá de las puertas de nuestras casas.

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Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

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