¿Cambiar la realidad? Comienza por cambiar la perspectiva

Hagamos una sencilla prueba. Tomemos una instantánea y preguntemos a alguien conocido qué es lo que le llama la atención de esa imagen. De la infinidad de detalles que existen, esa persona escogerá uno o un par de ellos. Si hacemos la prueba con más gente, observaremos que cada uno fijará su atención en cuestiones determinadas no siempre coincidentes. Es decir, misma foto, percepciones diferentes. Ante la realidad objetiva y enmarcada que nos muestra esa imagen, cada persona atiende y ve una parte muy pequeña de la misma, que no siempre o casi nunca es similar a lo que detectan los demás. Leer más “¿Cambiar la realidad? Comienza por cambiar la perspectiva”

Mantente alerta con la experiencia. No es oro todo lo que reluce

Siempre hemos considerado la experiencia como un valor. “La voz de la experiencia” es una sentencia que todos aceptamos y a quien la posee le damos un plus de respetabilidad. Y es que la experiencia, que no es lo mismo que ser experto, nos proporciona confianza, seguridad y nos permite responder con rapidez, fiabilidad y eficacia a situaciones muy determinadas. Experiencia es garantía de sentirnos seguros, confiados y cómodos. Externamente, aporta tranquilidad y referencias a aquellos que nos rodean. Como un trabajado tesoro, la vamos acumulando a lo largo del tiempo y de los distintos acontecimientos que nos suceden.

En nuestro cerebro, se crean conexiones neuronales como si fueran autopistas que, a base de emplearlas de manera continuada, acaban mecanizándose y hacen que apenas sin reflexión ni esfuerzo, demos una respuesta veloz.

En definitiva, parece un estado ideal porque, sin apenas dificultad, somos capaces de resolver determinadas circunstancias (algo que nuestro cerebro siempre desea, economizar esfuerzos y ahorrar energía), interiormente nos mostramos cómodos y seguros, y externamente somos reconocidos y respetados.  Además, aparece otra variable que realza el valor de la experiencia que está relacionada con el concepto de coste hundido que tanto se maneja en la ciencia económica. Adquirir experiencia nos ha llevado una importante inversión de tiempo y de trabajo, así que salir de esa zona de experiencia supondría “en teoría” echar por la borda dicha inversión. Esto supone que sigamos invirtiendo en ella aunque la rentabilidad de la misma sea  mucho menor, y a veces negativa.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y debemos mantenernos alerta respecto a algunos vicios que la experiencia lleva aparejados. Leer más “Mantente alerta con la experiencia. No es oro todo lo que reluce”

El fracaso está sobrevalorado. De falsos mitos acerca de lo que representa el fracaso en nuestros días

Observamos en nuestra sociedad un hecho contradictorio. De una parte, hemos entronizado al fracaso, hablamos de él como peaje inevitable e insoslayable para obtener el éxito, lo consideramos una escuela de vida y de aprendizaje, y lo identificamos como la auténtica fuente para desarrollar nuestra perseverancia y nuestra resistencia. Si cotizara en bolsa, sin duda alguna sería uno de los valores al alza. Hasta aquí, todo perfecto e idílico. El quiz de la cuestión viene cuando, si miramos con detenimiento, observamos que todas las historias de fracasos son contadas por personas que finalmente han tenido éxito. Como en una moderna recreación del famoso “viaje del héroe” griego, todo comienza con una serie de visicitudes y fracasos que con voluntad, tenacidad, tesón y enfoque se superan, y acaban tornándose en triunfo. Pero, ¿cuántas narraciones escuchamos de fracasos continuados que no acaban en éxito y que, lamentablemente, son las más numerosas? Cero tendente a cero. A todos nos gustan poco o más bien nada los finales poco felices. El fracaso tiene buena prensa cuando acaba en éxito y muy mala cuando continúa con otro fracaso. Como sociedad, volteamos nuestro rostro cuando nos encontramos con estos segundos casos y los dejamos solos ante el peligro, mientras en un ejercicio de malabarismo seguimos alabando el fracaso.

La coronación del fracaso es el mecanismo que nos hemos dado para encubrir una verdad dolorosa, y es que en el trono del “éxito socialmente prescrito” solo hay espacio para unos pocos, muy pocos. Y esto es complicado de hacerlo casar con la idea prevalente del “puedes conseguir lo que deseas”. Así que la solución que nos hemos dado como sociedad es calificar el fracaso como un peldaño más para el éxito. El resultado es una legión millonaria de personas frustradas porque no acceden a ese trono deseado, a pesar de que no dejan de ir peldaño tras peldaño. Error, aprendizaje, perseverancia, deseo o propósito, entre otras muchas, son maravillosas palabras que pervertimos porque las hemos usado para alcanzar un trono y un éxito que, quizás, no sea el que realmente queramos ni necesitemos. Hacemos una travesía estéril de fracaso en fracaso hacia un éxito que probablemente no deseemos. Leer más “El fracaso está sobrevalorado. De falsos mitos acerca de lo que representa el fracaso en nuestros días”

Los rankings y la mediocridad. Cuando un exceso de medición nos empobrece

Cuando no podemos desarrollar toda nuestra individualidad e idiosincrasia como se merece, acabamos inmersos en la mediocridad. Y pocas cosas la cercenan tanto como la obsesión por la medición y su consecuencia más directa, los rankings.

La medición nace con la idea de ayudar a focalizarnos en aquello que consideramos más importante y conocer dónde debemos actuar para mejorar. Bajo esta perspectiva, medir es una vía para progresar. El problema comienza cuando transformamos esta concepción en otra muy distinta, y convertimos los indicadores y las mediciones en estándares sobre los que clasificamos todo (valía de las personas, de las instituciones, de las empresas, calidad, bienestar, felicidad, etc.) y bajo los que se toman importantes decisiones. Es en ese momento cuando aparece el ranking como elemento ordenador, como juez que determina de manera “presuntamente objetiva” lo que es bueno y malo, lo que vale o no vale. Unos rankings que surgen con la vana ilusión de objetivarlo todo (una premisa imposible desde el momento en el que se eligen unos indicadores y no otros, así como una forma determinada de medirlos) y de elevar el mérito hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, poseen un efecto secundario a menudo ignorado y es que nos acerca a lo mediocre. El ranking ataca directamente el desarrollo de nuestra individualidad, y como decíamos al comienzo del artículo, nos hace mediocres. Leer más “Los rankings y la mediocridad. Cuando un exceso de medición nos empobrece”

Videoblog. Cómo mejorar en lo que lo realmente nos importa

Navegar de manera armónica entre la zona de desempeño y la de aprendizaje, manejar las expectativas y fomentar la práctica deliberada son claves para mejorar nuestro rendimiento. Descúbrelo en este vídeo.