¿Grande o pequeño?

Si hay una característica curiosa que define nuestro tiempo es la importancia que otorgamos socialmente a lo que es grande. Hemos convertido lo grande en símbolo y materialización de lo que triunfa y es exitoso. En un mundo cincelado a golpe de primeras impresiones, de encuentros fugaces y de hiper imagen, se necesita transmitir evidencias en tan solo segundos, ser etiquetado con rapidez, territorio donde lo grande juega con ventaja. Lo grande se divisa de inmediato, es deslumbrante e impresiona de un vistazo. Lo grande demanda poca explicación porque nuestro código cultural asocia ya de por sí una idea de poder a todo lo que posee gran tamaño. Grande por fuera y vacío por dentro, poco importa en el mundo de la apariencia donde lo grande reina, es moneda de cambio y aspiración general.

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Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

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La abstracción y la libertad

Decía Schopenhauer que la abstracción era la única capaz de liberar al ser humano de la cárcel de la voluntad y de la razón. Hoy probablemente añadiría a esas dos ‘prisiones internas’ la externa de la evidencia. Nuestro mundo es preeminentemente visual, y nuestra aproximación a las realidades se produce fundamentalmente a través de nuestros ojos. No en vano, una de las principales clasificaciones que hacemos hoy en día es dividir las cosas entre poco y muy visuales. Y cuando algo es calificado como poco visual queda inmediatamente desacreditado porque lo poco visual adquiere un tono peyorativo, una traza negativa que implica que lo creado no luce, no comunica, no envuelve, no impacta. En un mundo hiper poblado de imágenes que se nos abalanzan a cada paso y a cada clic, nada importa más que el impacto. Ser impactante, gritar a través de la visualidad, atrapar nuestra vista (que no nuestra atención, no equivoquemos), mantenernos una milésima de segundo más en esa imagen que en la siguiente.

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La sociedad embudo

Trasvasar líquidos a recipientes de boca estrecha y hacerlo sin apenas derramamiento y desperdicio. Clara y explícita, así es la función del embudo que permite hacer accesible y distribuible lo que de otra forma sería mucho más complejo. Un trasvase en el que todo ha de pasar por el mismo lugar, concentrarse y condensarse, para finalmente hacer que el líquido termine en recipientes más pequeños, que constituyen en sí mismos un nuevo mundo, una nueva realidad más limitada. De la expansión a la contracción, de la extensión a la concentración. ¿Cuestión solo de líquidos? Probablemente no. Basta echar un vistazo al mundo del trabajo. Continuamente se publican listas con los puestos de trabajo más demandados. Si queremos prosperar, tener futuro y vivir bien (¿quién no lo quiere?), hay que procurarse uno de esos empleos (por cierto, cambiantes de semestre en semestre, pero eso daría para otro artículo). Así que todos viramos hacia aquella dirección, las escuelas, las universidades, los alumnos, …

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Las burbujas

Es difícil sustraerse de perseguir con nuestra mirada la trayectoria de una burbuja cuando se forma. Posee un atrayente “no sé qué”. Permanecemos absortos durante unos segundos y nuestra vista la sigue admirada no sabe bien si por esa espontaneidad casi mágica y no prevista con la que surge, por su forma esférica, brillante y vacía en su interior, por una proyección inconsciente de un deseo ambivalente de libertad y aislamiento, por la trayectoria caprichosa que dibuja o por la expectativa de comprobar en qué momento va a disolverse y desaparecer. Un ensimismamiento extraño ante algo que no deja de estar vacío por dentro, aislado del resto y que muestra una extraordinaria fragilidad. Quizás sea precisamente eso lo que lo hace tan sugerente. Leer más “Las burbujas”

Individuos jibarizados

Puede que no lo supiéramos, puede que lo supiéramos y nos autoengañáramos, pero los últimos acontecimientos la han hecho visible hasta para quien no deseara reconocerlo. En nuestro mundo eterno de paradojas, una se alza con especial estrépito en estos días. Aquel individualismo elevado a los altares, devenido en el nuevo opio del pueblo que ya no es pueblo sino corporación y mercado, ha empequeñecido tanto al individuo que lo ha dejado pequeño, jibarizado y liliputiense ante un panorama que le resulta inabordable. Mal que bien nos fuimos engañando a base de placebos rebautizados como emprendimiento, empoderamiento o autonomía. Nos hicimos creer que nada de lo que nos ocurría estaba fuera de nuestro control. Todo quedaba reducido a una cuestión de actitud, de cómo interpretar y reaccionar a lo que nos sucedía. Leer más “Individuos jibarizados”

¿El verdadero progreso? Cada uno en lo suyo

El debate sobre qué significa el progreso y si esta época es la de mayor progreso es una constante. Y en él encontramos posturas para todos los gustos, posiciones que varían dependiendo de los avances que cada uno valora. Así, si unos defienden que vivimos más años y con más salud, otros alegan que este avance se circunscribe al aspecto físico, pero no al mental o espiritual, donde nos enfrentamos con cada vez más vacíos existenciales e insatisfacciones vitales que no indican precisamente progreso. Economía, política, educación, bienestar, igualdad, distribución de la riqueza, empleo, tecnología, medioambiente, etc. Infinidad de ámbitos y en ellos también infinidad de posiciones que disienten acerca de ese progreso. Progresar es caminar hacia un estado mejor y más desarrollado, pero la mejora de un aspecto puede empeorar otros. El progreso se entiende entonces como algo relativo y no absoluto. Un progreso que además es causa y es efecto. Empuja con sus mejoras hacia determinados valores y formas de vida, pero también es efecto al enfocarse en los espacios en los que la sociedad exige que se concentre. La sociedad vive en esa dinámica compleja de marcar terreno al progreso a la vez que es llevada a otros terrenos no previstos por ese aquello que progresa. Leer más “¿El verdadero progreso? Cada uno en lo suyo”

A flor de piel

“En ebullición”, “a punto de” o “a flor de piel”. Cualquiera de estas tres expresiones populares serviría para renombrar el estado en el que nuestra sociedad actual se encuentra. Hemos vivido muchos años en una especie de limbo, en esa idea de “en suspensión” que tan bien definiera Maalouf, donde se aventaban alteraciones y movimientos que nunca acababan de producirse, donde se profetizaban cambios de sistema y, de una u otra forma, el sistema terminaba por reforzarse (basta recordar el mundo postcrisis 2008). Un tiempo en el que la sociedad encontraba un difícil acomodo porque convivía con una pesada y exasperante sensación de provisionalidad, con un extraño habitar en un “no lugar”, esos espacios que son de paso y que, inesperadamente, se hacen morada permanente. En ese “no lugar” nada se asienta, todo se discute, cualquier cosa parece mucho para quedarse en la nada y viceversa también, la nada se hace mucho. En el “no lugar” donde todo es tránsito no se avistan futuros, ni tampoco se acuerdan pasados, tan solo se está. Pero ese estar social en el “no lugar” no puede durar indefinidamente. Y en esas estamos ahora, en ese “a flor de piel”, en ese desplazarnos a un lugar que no sea de paso. Leer más “A flor de piel”

Los nuevos napoleones

Aunque ninguna época repita exactamente acontecimientos anteriores, nunca resulta ser totalmente nueva. Nuestra avidez en tiempos convulsos (o al menos la de algunos) por encontrar paralelismos en tiempos pretéritos, por hallar luz perdida entre las páginas de algún libro olvidado es reflejo fiel de esa intuición humana de saber que alguien debió haber pasado por eso antes, de que somos especiales, pero no tanto, y de que en algún momento ya algunos debieron pensar acerca de circunstancias similares a las que hoy vivimos. En su Napoleón de Notting Hill, Chesterton imagina un nuevo Rey de Inglaterra cuya única ideología es el “humorismo” con el que cubre de banalidad los asuntos más relevantes. Como juego infantil y entretenimiento, convierte cada uno de los distritos de Londres en un reino independiente, les inventa su propia historia y designa un gobernador por cada territorio. La cosa se complica cuando el gobernador de Notting Hill no comprende ese “humorismo”, lo toma como misión cuasi divina, y todo termina con cruentas e innecesarias batallas con los otros reinos de Londres en defensa de la cultura y el sentimiento “nacional” de Notting Hill. Leer más “Los nuevos napoleones”

La vida insegura

El transcurrir del ser humano ha sido y es una escalada desesperada e incesante en búsqueda de certeza y de seguridad. Es desesperada porque pocas cosas angustian más a nuestra naturaleza que la incertidumbre y la inseguridad, y es incesante porque a cada certeza lograda, a cada momento de seguridad alcanzado, aparecen nuevos espacios, situaciones e interrogantes que abren vacíos inéditos no previstos que tendemos a rellenar. Leer más “La vida insegura”