La abstracción y la libertad

Decía Schopenhauer que la abstracción era la única capaz de liberar al ser humano de la cárcel de la voluntad y de la razón. Hoy probablemente añadiría a esas dos ‘prisiones internas’ la externa de la evidencia. Nuestro mundo es preeminentemente visual, y nuestra aproximación a las realidades se produce fundamentalmente a través de nuestros ojos. No en vano, una de las principales clasificaciones que hacemos hoy en día es dividir las cosas entre poco y muy visuales. Y cuando algo es calificado como poco visual queda inmediatamente desacreditado porque lo poco visual adquiere un tono peyorativo, una traza negativa que implica que lo creado no luce, no comunica, no envuelve, no impacta. En un mundo hiper poblado de imágenes que se nos abalanzan a cada paso y a cada clic, nada importa más que el impacto. Ser impactante, gritar a través de la visualidad, atrapar nuestra vista (que no nuestra atención, no equivoquemos), mantenernos una milésima de segundo más en esa imagen que en la siguiente.

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Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

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Los culpables son los otros

En el siglo pasado, Nietzsche situaba el origen de la culpa, que identificaba con la mala conciencia, en la imposibilidad del hombre de exteriorizar sus instintos al quedar inserto en un mundo social sometido a unas reglas que le impedían su desahogo. Consecuentemente, el ser humano volcaba contra sí mismo toda esa energía comprimida y reprimida, y aparecía de esta forma el sentimiento de culpa o mala conciencia. En definitiva, la culpa se convertía en el carcelero interior que mantenía a raya a esos instintos cuya manifestación externa impediría nuestra vida en sociedad. Leer más “Los culpables son los otros”

De vuelta a los dilemas

Resulta extraordinariamente llamativo cómo nuestra sociedad actual, a pesar de hacer de la libertad de elegir y de la multitud de opciones a seleccionar una de sus principales señas de identidad, es incapaz de convivir con la existencia de dilemas. Los dilemas entendidos como situaciones en las que existen distintas posibilidades que presentan similares razones a favor o en contra para su selección existen desde tiempos inmemoriales, pero nuestros tiempos parecen evitar todo aquello que obligue a tomar decisiones donde entren en juego la responsabilidad moral, la asunción de incertidumbres y la renuncia. Leer más “De vuelta a los dilemas”

El exceso de presente

Pararse a pensar es divisar paradojas. Están a raudales, nos rodean y de tantas que hay, casi concluyo creer que la paradoja es nuestro ser, nuestro estado natural, nuestra esencia. Lo suyo y lo contrario, la contradicción tan solo aparente, lo ilógico que sucede. Hoy más que nunca, parecen más visibles para quien quiera y pueda observarlas, para quien quiera y pueda escribirlas o contarlas. Leer más “El exceso de presente”

El peligro de dar las cosas por sentado

El ser humano necesita dar muchas cosas por hecho para poder sobrevivir y evolucionar. Fisiológicamente, nuestro cuerpo sería incapaz de subsistir, de producir toda la energía que demandaría estar repreguntándose de continuo por todo aquello que acontece y que nos rodea. Tampoco nuestra evolución sería posible si de permanente discutiéramos y replanteáramos cada aspecto de nuestra existencia. Avanzamos porque nos apoyamos en fundamentales que no discutimos, que forman una base sólida sobre la que ir edificando el futuro.

Ocurre a veces, sin embargo, que algunos axiomas y postulados que acompañaron a la humanidad durante siglos se discuten, y de esa controversia surgen nuevos preceptos que sustituyen a los anteriores y provocan un salto cuantitativo en nuestro progreso. Es ese equilibrio dinámico, a veces inestable, entre dar las cosas por sentado y la discusión y sustitución de algunas de ellas lo que genera el movimiento evolutivo de nuestras sociedades. Leer más “El peligro de dar las cosas por sentado”

La acción infinita y los modernos Penélope

Acción y reacción. Son estas dos palabras que capitalizan nuestra forma de ser y estar en la sociedad de nuestros días. Ser calificado como hombre o mujer de acción contiene siempre un cariz positivo e incluso de admiración. Nuestro mundo desarrollado no contempla la inacción. Nos exaspera, nos lleva a la desconfianza, la tildamos de poco útil y la consideramos de escasa productividad.  E indisolublemente unida a esa acción, surge la reacción o la contra acción como algo esperado y deseado. Entregados a la actividad frenética como forma característica y esencial de desempeñarnos, apenas podemos estar parados y consecuentemente, contraemos los tiempos entre la acción y la reacción a límites minúsculos. Leer más “La acción infinita y los modernos Penélope”

A vueltas con el pasado

Es inevitable. Volver la vista atrás contiene el riesgo cierto de toparnos con cosas que nos chirrían, que desentonan con nuestro ser actual, que nos desagradan. Nadie ni nada queda exento de tal circunstancia. Evolucionamos y cambiamos, pero lo dicho, lo escrito y lo hecho queda. Fuimos hijos de nuestro tiempo, fuimos nosotros y nuestras circunstancias. Nuestro tiempo y nuestras circunstancias, sin embargo, parecen olvidarse a la luz de los recuerdos, pero los hechos quedan. Así funciona la mentalidad revisionista. Interpreta los hechos pasados como algo objetivo e independiente de las circunstancias y tiempos que los alumbraron. Circunstancias y tiempos que no solo tiende a olvidar, sino que los asimila con las actuales. Leer más “A vueltas con el pasado”

Clásicos

Decía Italo Calvino que un clásico es aquél que nunca termina de decirnos aquello que tiene que decirnos. Los clásicos nos hablan repetidamente, y nos hablan siempre distinto. La primera nunca es igual a la segunda vez, ni a la tercera ni a las siguientes. En ellos, la maravillosa experiencia de lo conocido, de lo que permanece y nunca cambia se hermana con desconocidos recovecos y rincones que nos siguen descubriendo algo nuevo, algo antes no visto por unos ojos y sentidos que quizás aún no estaban preparados. Leer más “Clásicos”

Lo elegido frente a lo dado

Hiper individualistas como somos y como nuestra sociedad nos ha enseñado a ser, lo dado apenas encuentra ya hueco en nuestras vidas frente a lo elegido. O al menos en la apariencia. Descreídos de dioses y deidades sobre naturales, endiosados a cambio en nuestro propio yo, relegadas las obligaciones con los demás frente a los derechos subjetivos y al deber con uno mismo, todo es elegible y nada ha de ser impuesto. Lo dado es imposición y violenta nuestra libertad. Todo es elección, y nada puede ser dado. Lo elegido resulta siempre finito, cambiable e intercambiable. Nuestra vida es ahora un puzle que podemos montar y desmontar. La multiplicidad de opciones disponibles nos llama al cambio continuado. Leer más “Lo elegido frente a lo dado”