La hiper prevención peligrosa

Cuando una sociedad se instala en la idea de que el mañana es siempre indicativo de progreso, de mejora, e interioriza que éste que habita es el mejor de los mundos, que cualquier tiempo pasado fue, además de pasado, peor, termina por convertirse en una sociedad temerosa. Si adicionamos una opinión pública negativizada, fundida a negro con un pesimismo pesado y permanente, aderezada con su buena dosis de individualismo de salón y de ensalzamiento de unas libertades súper individualizadas que han horadado a cualquier referente comunitario o institucional, y con unas burbujas tecnológicas que nos han encerrado en nuestro propio universo particular, acabamos por vivir con tanto miedo que cualquier prevención es poca.

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La paradoja de la influencia

Vivir de la influencia parece un signo exclusivo de nuestros tiempos. Un hecho diferencial que nunca en otra época sucedió. Hoy podemos matricularnos en escuelas de influidores que nos ofrecen adquirir conocimientos y formación para poder convertirnos en profesionales de ello. Pero lo cierto es que la influencia es un fenómeno consustancial al ser humano y no resulta nada nuevo, como tampoco lo es el vivir de esa influencia. Basta con mirar la cohorte de consejeros que existían en las cortes de siglos atrás, donde cada uno pugnaba por influir sobre el monarca de turno. Así era mayor su ascendente sobre el rey, así adquiría mayor relevancia social y más poder detentaba, aunque fuera en la sombra. Ocurre lo mismo con los partidos políticos, con las empresas y con cualquier organización medianamente estructurada.

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Vida inhumana

Lo pienso, lo quiero y lo entiendo. Lo que ejecuto lo he pensado yo, lo que hago lo hago por mi voluntad propia, y eso que hago es entendido por mí. Intención, voluntad y entendimiento. Nada nuevo que no dijera hace años Ortega, pero que a menudo se nos olvida. Son esos tres los componentes fundamentales de los seres humanos. Lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra intencionalidad, el pensar y hacer las cosas para algo; nuestra voluntad, que nos permite decidir por nosotros mismos si queremos y hacemos esto o lo otro, y el entendimiento, que implica conocer el porqué de las cosas que hacemos. Hoy que el mundo se inunda de encuestas y de test de rápida digestión, convendría a menudo preguntarnos a nosotros mismos y como sociedad si aún podemos decir que estos tres componentes fundamentales están presentes en nuestras vidas.

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El hombre endeudado

Una de las muchas características que nuestro ser social lleva aparejada es la de la reciprocidad. Incluso cuando somos regalados desinteresadamente, inmediatamente nos sentimos en deuda con quien nos regala. Nada que no dijera ya aquel refrán de ‘favor con favor se paga’. Existe un código no escrito, que parece grabado en lo más profundo de nuestra forma de ser por el que nos sentimos en la obligación de devolver, poco importa que sea algo nimio o excepcionalmente importante, da igual que sea una llamada de teléfono o un préstamo económico. Es una idea la de la devolución que está inserta tanto en quien da como en quien recibe. Hasta la acción más desinteresada puede albergar en su interior una expectativa de devolución del otro en alguna forma determinada, expectativa que al verse incumplida nos lleva a pensar al otro como un ser desagradecido.

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Vivir afuera y los ‘terceros lugares’

En Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, su protagonista pasa algunos capítulos escondido en una improvisada habitación oculta en un barco con el objeto de no ser visto y devuelto a su casa con sus padres. Lo que en un principio es contemplado por él como una acogedora dependencia se convierte tras su encierro de días en un angustioso lugar del que ansía escapar. El mundo actual nos ha transformado a todos un poco en Gordon Pym. Desde hace ya muchos años, décadas, existe una incitación continua y constante a vivir hacia afuera. Buena parte del tejido económico que nos hemos procurado como sociedad basa su funcionamiento en el estar fuera. Los viajes, los encuentros sociales, las actividades de ocio, la cultura y cualquier otro ámbito donde posemos nuestra mirada refleja esa idea de vivir hacia afuera. Todo lo interesante, todo lo que merece la pena parece que ha de buscarse más allá de las puertas de nuestras casas.

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¿Grande o pequeño?

Si hay una característica curiosa que define nuestro tiempo es la importancia que otorgamos socialmente a lo que es grande. Hemos convertido lo grande en símbolo y materialización de lo que triunfa y es exitoso. En un mundo cincelado a golpe de primeras impresiones, de encuentros fugaces y de hiper imagen, se necesita transmitir evidencias en tan solo segundos, ser etiquetado con rapidez, territorio donde lo grande juega con ventaja. Lo grande se divisa de inmediato, es deslumbrante e impresiona de un vistazo. Lo grande demanda poca explicación porque nuestro código cultural asocia ya de por sí una idea de poder a todo lo que posee gran tamaño. Grande por fuera y vacío por dentro, poco importa en el mundo de la apariencia donde lo grande reina, es moneda de cambio y aspiración general.

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Lo auto infligido

Los psicólogos hablan de disociación, de la sensación de sentirse perdido, solo, vacío e irreal, así como del sentimiento de angustia, agobio e incapacidad de lidiar con las circunstancias como causas más comunes de las auto lesiones. Cuando una persona cae en ello, consigue propiciarse un falso alivio ya sea porque le hace sentir real y vivo o porque cree recuperar cierto control que le evite la angustia. Un remedio envenenado cuyo resultado no hace más que agravar la causa que lo originó, porque lejos de solucionarla, añade a ella el problema derivado por ese daño auto infligido. La sociedad, como cuerpo que es, está sometido a muchas de esas tensiones que sufren los seres humanos, y como ellos, a menudo se auto lesiona y se auto inflige daños que desde lo lejano nos resultan incomprensibles.

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Vidas sin huella

Ya en su vejez, decía proféticamente Miguel Delibes que, en un futuro, los abuelos apenas tendrían nada que contar. Recordaba su niñez alrededor de su abuelo contando fascinantes historias que mantenían a todos los nietos pegados a sus piernas y a su sofá. Poco importaba que aquellas personas hubieran viajado miles de kilómetros para emigrar o hubieran permanecido en su pueblo, en sus tierras y casa familiar. Todos, absolutamente todos, poseían una historia con mayúsculas que contar. Con ellos los riachuelos eran océanos de aventuras, los gorriones se hacían fastuosos ave fénix, las calles del pueblo se tornaban en escenarios de heroicas batallas y los árboles escondían secretos inconfesables grabados en sus troncos. Todo cobraba una desmedida e irresistible intensidad.

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Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

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La sumisión silenciosa

La existencia del ser humano solo puede entenderse como una constante búsqueda de equilibrio entre libertad y sumisión. A cada espacio de libertad ganada le aparece una trastienda oscura de sumisión, a veces de más superficie y a veces de menos. Penetramos en ese espacio tenebroso bien por nuestros temores a sentirnos absolutamente responsables de nuestra existencia (aquel miedo a la libertad que proclamaba Fromm), bien porque poseemos una inclinación surgida de la mezcla de tendencia natural y experiencias pasadas en forma de creencias, o bien porque la situación externa a nosotros nos fuerza a ello, a pesar de que siempre nos quede esa libertad interior que proclamaba Frankl.

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