La sofisticación pendiente

Es lo sofisticado un adjetivo peculiar pues en él se recogen tres acepciones que fluctúan desde lo más negativo que refiere a lo que carece de naturalidad y es afectado en sus maneras y formas, hasta lo más positivo que hace hincapié en la idea de elegancia y refinamiento, pasando por lo más neutro que simplemente señala aquello que es complejo y avanzado. Igualmente ha sucedido en nuestra historia donde en algunos tiempos se ha reivindicado su significado más positivo y en otras, justo lo contrario, se ha invocado una recuperación de lo sencillo frente a lo que es artificioso y complejo. Una variación continuada que oscila en nuestros días entre el rechazo a lo complicado y artificioso a través de la invocación permanente al mantenerlo todo simple y a mostrarnos ‘naturales’, y una concepción más neutra en la que se contempla la sofisticación como expresión de lo complejo y avanzado.

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En el reino de la laxitud

Resulta curioso observar cómo algunas palabras son borradas o camufladas de nuestro hablar cotidiano por su carácter especialmente descriptivo y veraz de los tiempos que vivimos. Mencionarlas nos violenta y ofende porque señala aspectos de nuestra forma de desempeñarnos, comportarnos y organizarnos como sociedad que nos desagradan. Basta con asociar a esos vocablos determinado cariz despectivo para que sean borrados de un plumazo de nuestro vocabulario. Como en un juego pueril e inútil, pensamos que escondiendo la palabra hacemos desaparecer el problema, cuando más bien lo contrario, hurtándonos la palabra que a veces señala y denuncia, pero que siempre nombra y distingue, no hacemos más que enmascarar un problema que, lejos de irse, se alimenta en la sombra. Como el cuento de Monterroso, cuando nos despertamos, el dinosaurio todavía está allí, o más bien, aún es más grande.

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¿Nada que celebrar?

Años atrás, los investigadores Bruce Barry y Thomas Bateman decidieron investigar las causas por las cuales había personas que eran capaces de perseverar sin descanso en su propósito durante mucho tiempo, a pesar de que las probabilidades de alcanzarlo fueran harto inciertas. En sus resultados detectaron la influencia de distintas circunstancias relacionadas básicamente con la forma de encarar el presente, y visualizar y situarse en el futuro. En ese presente, el reconocimiento de su tarea por parte de los demás era una de esas condiciones fundamentales. Un reconocimiento que ha de ser profundo y no superficial, que requiere una comprensión no banal de lo que se premia y reconoce, que reclama una intención de destacar lo bueno frente a lo malo, así como un propósito de mantenimiento. Un reconocer que exige altura de miras y generosidad para situar al otro y a su mérito por delante de nosotros mismos. Un reconocer que conlleva, por supuesto, el acto de celebrar.

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Cuando lo explícito devora a lo tácito

¿Dónde fue lo tácito? ¿Dónde aquello que se sobrentendía aunque no fuera dicho, o más bien que no era necesario ser dicho para que fuera entendido? Lo tácito adoptaba multitud de formas, y polinizaba nuestro funcionamiento como sociedad y nuestras relaciones dentro de ella. Lo implícito surgía en una mirada, en un gesto, en un silencio, en la ironía, en la costumbre… No era en apariencia formal, aunque por eso era lo más formal, ni requería de formas regladas para ser comprendido. No estaba escrito, ni tampoco rubricado en papel ni soporte alguno y, sin embargo, cuando existía, poseía la mayor fuerza de cumplimiento, la que nace de la reciprocidad de un entendimiento ya interiorizado.

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Filántropos y voluntarios

Bill y Melinda Gates, Warren Buffett, George Soros o Amancio Ortega, entre otros pocos, continúan la senda de aquellos Rockefeller o Carnegie, y toman un protagonismo filantrópico olvidado en anteriores décadas. Entre tanto, millones de ciudadanos de todo el mundo no necesitan ya adscribirse a asociación alguna para ejercer su voluntariado. Las instituciones demandan y exigen una suerte de despliegue de ‘voluntad ciudadana’, de arrimar el hombro casi obligado para solventar problemas que nos sobrepasan.

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Público y privado

Tiempo atrás, buena parte de nuestras vidas transcurría en espacios públicos, y en ellos sucedían conversaciones e intercambios, surgían relaciones de amistad y sentimentales, se debatía y discutía. Cualquier lugar era bueno, los parques, las aceras, los bancos, … El bien público no solo era algo que se definía por ser de todos o por su gestión estatal, sino también porque allí había público propiamente dicho. Eran espacios que, al ser de todos, eran igualmente ocupados por todos y en ellos discurría en gran medida nuestra existencia. Nuestro comportamiento en estos lugares era también público y, por lo tanto, estaba sometido a unas determinadas normas, a un escrutinio de quienes teníamos más cerca. Lo que allí acontecía estaba supeditado a límites fijados entre la ciudadanía. Éramos ciudadanos porque todos teníamos la capacidad en poco en o en mucho, dependiendo de nuestra implicación, de intervenir en ese control y cuidado de lo público. Éramos controlados, pero también controlábamos. Los ojos y oídos de la vecindad eran los principales garantes del buen funcionamiento de ese espacio público, de su conservación adecuada, de la convivencia armónica.

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¿De qué hablamos?

La variedad y la calidad de nuestras conversaciones son directamente proporcionales a nuestra calidad de vida. A través de las conversaciones, del encuentro hablado con los otros no solo nos reflejamos, nos situamos en otros registros y lugares, nos aproximamos a otras realidades, divisamos nuevas perspectivas que nos abren horizontes desconocidos y estimulamos nuestra imaginación y creatividad, sino que también nos espejamos, nos contemplamos a nosotros mismos y nos reconfiguramos, y en todo ese proceso, moldeamos buena parte de lo que somos. Cuando nuestra conversación se puebla de temas variados y variopintos, nuestra existencia se enriquece. Igualmente, una sociedad que conversa y cuida la calidad y variedad de sus conversaciones, deviene en una sociedad más rica y con mayor bienestar.

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De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

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Vidas precarizadas

La tuya, la mía y la de todos. Vivimos vidas precarias. Más allá de disquisiciones metafísicas acerca de la vida y la muerte, su relación y la llegada de la última de manera inadvertida e imprevisible que tiñe nuestra existencia de un halo de ingobernabilidad, un ‘estar en manos de’ que nos hace sentir precarios, esa sensación de precariedad ha saltado el plano de lo metafísico para instalarse en nuestra cotidianeidad, hasta tal punto que se ha transformado en un garante del propio sistema y en una forma indiscutible, aceptada que no aceptable, de vivir.

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Lo suyo y lo contrario

No se nos oculta que la especie humana está esculpida a base de contradicciones. De un ahora sí, ahora no; de dos pasos para adelante y uno para atrás. Es nuestro andar por la vida un deambular entre la decisión y la retracción, entre el miedo y la audacia, entre la libertad y la sumisión. Quizás las contradicciones sean lo que nos hace más humanos y lo que nos permite evolucionar. Cada contradicción es un desacuerdo con uno mismo que nos lleva a una posición incómoda primero, a un replanteamiento después y a un movimiento en última instancia para resolver esa tensión. Y así desde que nacemos hasta que morimos.

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