La cabeza y el sombrero

-Es una pena, el sombrero me encanta, pero no me ajusta bien.

-No se preocupe. Siempre puede usted reducir un par de tallas su cabeza.

Este diálogo surrealista e ilógico parecería altamente improbable si visitáramos cualquier sombrerería y su vendedor nos planteara la opción de disminuir nuestra talla de cabeza en lugar de ofrecernos otras tallas de sombrero. Qué distinto es, sin embargo, cuando hablamos del mundo y de la sociedad que nosotros mismos hemos ideado. Olvidamos que los sistemas sociales son creaciones del ser humano, como lo son también los sombreros, y que están hechos para facilitar la vida de las personas, no al revés. Igual que nos resulta disparatado ajustar nuestra cabeza a una única talla de sombrero, debiera resultarnos disparatado el ajustarnos a la talla única de un sistema social que interpretamos como inamovible e incambiable. Un surrealismo, empero, muy real, cuando nos ajustamos irremisiblemente a un sistema creado por el ser humano para servirse a sí mismo, como si este entramado fuera algo diseñado por un ser superior que se nos impone y al que debemos plegarnos y sufrir en él sin remisión.

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La abstracción y la libertad

Decía Schopenhauer que la abstracción era la única capaz de liberar al ser humano de la cárcel de la voluntad y de la razón. Hoy probablemente añadiría a esas dos ‘prisiones internas’ la externa de la evidencia. Nuestro mundo es preeminentemente visual, y nuestra aproximación a las realidades se produce fundamentalmente a través de nuestros ojos. No en vano, una de las principales clasificaciones que hacemos hoy en día es dividir las cosas entre poco y muy visuales. Y cuando algo es calificado como poco visual queda inmediatamente desacreditado porque lo poco visual adquiere un tono peyorativo, una traza negativa que implica que lo creado no luce, no comunica, no envuelve, no impacta. En un mundo hiper poblado de imágenes que se nos abalanzan a cada paso y a cada clic, nada importa más que el impacto. Ser impactante, gritar a través de la visualidad, atrapar nuestra vista (que no nuestra atención, no equivoquemos), mantenernos una milésima de segundo más en esa imagen que en la siguiente.

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La ingestión de lo imposible

Pocas cosas nos resultan tan difíciles de aceptar y digerir como la existencia de lo imposible. Lo imposible resulta impredecible e inmanejable, cuestiones que horadan directamente dos de los pilares del hombre moderno cuales son el afán de conversión de todo suceso en predecible y la ilusión de la gestión. La sociedad actual dibuja una idea de mundo perfecto donde cualquier acontecimiento debe y puede ser anticipado y, como consecuencia, ha de y debe ser manejado y gestionado sin mayores problemas. Todo lo que extralimita este marco de pensamiento se nos vuelve indigesto. La ingestión de lo imposible, curiosa paradoja, resulta en sí misma también imposible.

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Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

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“Irreconciliados”

No existe, no la hallaremos en ningún diccionario de la lengua española. Y, sin embargo, no encuentro vocablo mejor, aunque inventado, para definir una de nuestras formas de estar y existir como sociedad. En nuestro mundo actual no gustamos de admitir que algunas cosas puedan ser irreconciliables. No admitimos que dos partes no puedan ponerse de acuerdo porque entendemos la voluntad de acordar y de ceder como una característica intrínseca de nuestra evolución como seres humanos. Así que nos encontramos en una permanente negación de la existencia de cosas irreconciliables pero, de facto, tropezamos diariamente con serias dificultades para conciliar muchas circunstancias. El resultado es esa palabra inexistente, ese “irreconciliados” que define un estado en el que no vislumbramos la reconciliación entre dos cuestiones, pero que consideramos transitorio porque no admitimos que puedan ser irreconciliables. De esta forma y en esa esperanza, andamos siempre en busca de soluciones que no terminamos de definir, y lo hacemos desde una misma perspectiva, puesto que hacerlo desde otra sería reconocer la incapacidad de reconciliarlas.

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La angustia del misterio

Si alguno de mis lectores habituales o esporádicos es fan de Agatha Christie, es posible que no comparta, o sí, mi disgusto por las últimas versiones llevadas a las pantallas de cine y televisión. De impecable factura, su visionado me traslada la sensación de estar viendo otra historia en la que desaparece el espíritu de la autora británica. Versiones que agudizan con profusión los perfiles psicológicos de los personajes y que arrinconan la frescura primigenia de anteriores películas. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no son más que un fiel reflejo de nuestra sociedad actual y de su obsesivo empeño por evitar el misterio a toda costa. El misterio, eso que es recóndito y que no puede ser comprendido ni explicado, hace tiempo que fue expulsado del paraíso de la evolución humana. Si evolucionamos es porque vamos arrinconando el misterio a golpe de evidencias capitaneadas por la ciencia y la tecnología. El comportamiento humano y lo psicológico, lo social y lo antropológico se convierten en lo focal, en el territorio donde nos movemos cómodamente, y donde ausentamos lo misterioso. Nuestras historias, nuestra narrativa ficticia o de vida, se mueve ya solo en esos espacios en los que todo busca su evidencia y explicación. Leer más “La angustia del misterio”

Las burbujas

Es difícil sustraerse de perseguir con nuestra mirada la trayectoria de una burbuja cuando se forma. Posee un atrayente “no sé qué”. Permanecemos absortos durante unos segundos y nuestra vista la sigue admirada no sabe bien si por esa espontaneidad casi mágica y no prevista con la que surge, por su forma esférica, brillante y vacía en su interior, por una proyección inconsciente de un deseo ambivalente de libertad y aislamiento, por la trayectoria caprichosa que dibuja o por la expectativa de comprobar en qué momento va a disolverse y desaparecer. Un ensimismamiento extraño ante algo que no deja de estar vacío por dentro, aislado del resto y que muestra una extraordinaria fragilidad. Quizás sea precisamente eso lo que lo hace tan sugerente. Leer más “Las burbujas”

Reformular la idea de progreso

¿Qué es progresar? ¿Es el progreso un concepto que realmente se puede objetivar? Dos preguntas de formulación sencilla, donde si respondemos a la segunda, parece que inmediatamente lo hacemos a la primera, puesto que si objetivamos algo es porque previamente hemos definido los campos donde identificamos que se encuentra ese progreso. Esto que parece tan evidente, no lo resulta tanto y, lamentablemente, es ahí donde residen buena parte de nuestros problemas de hoy y de futuro. El concepto de objetivación se ha vuelto tan preponderante en nuestra sociedad actual que hemos condensado la idea de progreso a lo mensurable que aparentemente puede ser compartido por todos. De esta manera, la idea de progreso se ha ido consolidando sobre una limitada base del tener, de lo que es tangible, y de la rapidez, donde el tiempo se cuenta ya por milésimas de segundos. Leer más “Reformular la idea de progreso”

Y siguieron (seguimos) tocando en cubierta

Las alegrías y las penas, las ganancias y las pérdidas, las crisis y las recuperaciones, todo va siempre por barrios. Los naufragios no se viven igual en clase preferente que en tercera. Mientras unos se ahogan y perecen a los pocos minutos de zozobrar, otros permanecen impasibles en cubierta mientras la música continúa sonando como si nada sucediera. Hoy, en nuestro mundo hiper economizado a ese tocar en cubierta se le llama “recuperación en V”, ese ansiado deseo de que nada cambie, de que no haya zozobra ni naufragio para poder mantener el rumbo de la nave hacia ninguna parte en el mejor de los casos, o hacia un abismo desconocido en el peor. Caída abrupta y dolorosa (para unos pocos) y subida vigorosa, como si fuera una mala pesadilla que desaparece con el amanecer. De aprender algo ni hablamos. Leer más “Y siguieron (seguimos) tocando en cubierta”

Estado de desazón

Hay estados que terminan, que son artificiales, que se decretan y se cancelan, que tienen fecha de inicio y fin. La Alarma decretada allá por marzo (que extraño y difuso parece ya ese mes) ya finalizada en nuestros días (y en la esperanza de que no vuelva), nos mantuvo en otro estado, el de alerta y tensión constante, aunque en buena parte confinada, combinado con una frenética huida hacia delante revestida de hiperactividad y optimismo superficial que poco a poco fue diluyéndose según pasaban días y meses. También ese estado, como el de Alarma, se fue. Leer más “Estado de desazón”