La cabeza y el sombrero

-Es una pena, el sombrero me encanta, pero no me ajusta bien.

-No se preocupe. Siempre puede usted reducir un par de tallas su cabeza.

Este diálogo surrealista e ilógico parecería altamente improbable si visitáramos cualquier sombrerería y su vendedor nos planteara la opción de disminuir nuestra talla de cabeza en lugar de ofrecernos otras tallas de sombrero. Qué distinto es, sin embargo, cuando hablamos del mundo y de la sociedad que nosotros mismos hemos ideado. Olvidamos que los sistemas sociales son creaciones del ser humano, como lo son también los sombreros, y que están hechos para facilitar la vida de las personas, no al revés. Igual que nos resulta disparatado ajustar nuestra cabeza a una única talla de sombrero, debiera resultarnos disparatado el ajustarnos a la talla única de un sistema social que interpretamos como inamovible e incambiable. Un surrealismo, empero, muy real, cuando nos ajustamos irremisiblemente a un sistema creado por el ser humano para servirse a sí mismo, como si este entramado fuera algo diseñado por un ser superior que se nos impone y al que debemos plegarnos y sufrir en él sin remisión.

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La ingestión de lo imposible

Pocas cosas nos resultan tan difíciles de aceptar y digerir como la existencia de lo imposible. Lo imposible resulta impredecible e inmanejable, cuestiones que horadan directamente dos de los pilares del hombre moderno cuales son el afán de conversión de todo suceso en predecible y la ilusión de la gestión. La sociedad actual dibuja una idea de mundo perfecto donde cualquier acontecimiento debe y puede ser anticipado y, como consecuencia, ha de y debe ser manejado y gestionado sin mayores problemas. Todo lo que extralimita este marco de pensamiento se nos vuelve indigesto. La ingestión de lo imposible, curiosa paradoja, resulta en sí misma también imposible.

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La sociedad embudo

Trasvasar líquidos a recipientes de boca estrecha y hacerlo sin apenas derramamiento y desperdicio. Clara y explícita, así es la función del embudo que permite hacer accesible y distribuible lo que de otra forma sería mucho más complejo. Un trasvase en el que todo ha de pasar por el mismo lugar, concentrarse y condensarse, para finalmente hacer que el líquido termine en recipientes más pequeños, que constituyen en sí mismos un nuevo mundo, una nueva realidad más limitada. De la expansión a la contracción, de la extensión a la concentración. ¿Cuestión solo de líquidos? Probablemente no. Basta echar un vistazo al mundo del trabajo. Continuamente se publican listas con los puestos de trabajo más demandados. Si queremos prosperar, tener futuro y vivir bien (¿quién no lo quiere?), hay que procurarse uno de esos empleos (por cierto, cambiantes de semestre en semestre, pero eso daría para otro artículo). Así que todos viramos hacia aquella dirección, las escuelas, las universidades, los alumnos, …

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Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

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“Irreconciliados”

No existe, no la hallaremos en ningún diccionario de la lengua española. Y, sin embargo, no encuentro vocablo mejor, aunque inventado, para definir una de nuestras formas de estar y existir como sociedad. En nuestro mundo actual no gustamos de admitir que algunas cosas puedan ser irreconciliables. No admitimos que dos partes no puedan ponerse de acuerdo porque entendemos la voluntad de acordar y de ceder como una característica intrínseca de nuestra evolución como seres humanos. Así que nos encontramos en una permanente negación de la existencia de cosas irreconciliables pero, de facto, tropezamos diariamente con serias dificultades para conciliar muchas circunstancias. El resultado es esa palabra inexistente, ese “irreconciliados” que define un estado en el que no vislumbramos la reconciliación entre dos cuestiones, pero que consideramos transitorio porque no admitimos que puedan ser irreconciliables. De esta forma y en esa esperanza, andamos siempre en busca de soluciones que no terminamos de definir, y lo hacemos desde una misma perspectiva, puesto que hacerlo desde otra sería reconocer la incapacidad de reconciliarlas.

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La angustia del misterio

Si alguno de mis lectores habituales o esporádicos es fan de Agatha Christie, es posible que no comparta, o sí, mi disgusto por las últimas versiones llevadas a las pantallas de cine y televisión. De impecable factura, su visionado me traslada la sensación de estar viendo otra historia en la que desaparece el espíritu de la autora británica. Versiones que agudizan con profusión los perfiles psicológicos de los personajes y que arrinconan la frescura primigenia de anteriores películas. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no son más que un fiel reflejo de nuestra sociedad actual y de su obsesivo empeño por evitar el misterio a toda costa. El misterio, eso que es recóndito y que no puede ser comprendido ni explicado, hace tiempo que fue expulsado del paraíso de la evolución humana. Si evolucionamos es porque vamos arrinconando el misterio a golpe de evidencias capitaneadas por la ciencia y la tecnología. El comportamiento humano y lo psicológico, lo social y lo antropológico se convierten en lo focal, en el territorio donde nos movemos cómodamente, y donde ausentamos lo misterioso. Nuestras historias, nuestra narrativa ficticia o de vida, se mueve ya solo en esos espacios en los que todo busca su evidencia y explicación. Leer más “La angustia del misterio”

La sociedad piramidal y la reinvención

En pocas ocasiones un estafador es capaz de generar un modelo de estafa tan atractivo y exitoso como para que sea replicado durante más de un siglo, y sea estudiado en los cursos y manuales de economía de forma persistente. A buen seguro, Carlo Ponzi nunca imaginaría que su sistema piramidal ideado en los años veinte del pasado siglo sería la mecánica que regiría nuestra forma de vivir. La fórmula de pagar altos intereses a los inversores con el dinero invertido por los futuros entrantes en el capital sigue en pleno vigor no solo en estafadores desalmados, sino que triste y peligrosamente, capitanea la manera de concebir nuestro funcionamiento como sociedad. Leer más “La sociedad piramidal y la reinvención”

Las burbujas

Es difícil sustraerse de perseguir con nuestra mirada la trayectoria de una burbuja cuando se forma. Posee un atrayente “no sé qué”. Permanecemos absortos durante unos segundos y nuestra vista la sigue admirada no sabe bien si por esa espontaneidad casi mágica y no prevista con la que surge, por su forma esférica, brillante y vacía en su interior, por una proyección inconsciente de un deseo ambivalente de libertad y aislamiento, por la trayectoria caprichosa que dibuja o por la expectativa de comprobar en qué momento va a disolverse y desaparecer. Un ensimismamiento extraño ante algo que no deja de estar vacío por dentro, aislado del resto y que muestra una extraordinaria fragilidad. Quizás sea precisamente eso lo que lo hace tan sugerente. Leer más “Las burbujas”

Los pioneros

Pocas cosas traslucen las huellas de los pioneros con más claridad que los parques y el campo. Si uno pasea tanto por uno como por otro, siempre podrá observar la existencia de un camino principal, una vía reglada, delineada con la escuadra y el cartabón de quien sobre plano imagina y dibuja para mundos ideales y a menudo irreales, de quien ensueña viandantes de comportamientos homogéneos y previsibles. Una calzada ciega a las evoluciones de lo que le rodea, sorda a las voces que gritan las oportunidades de descubrimiento que allí se ocultan. Ciegos y sordos, circulamos ensimismados, día tras noche, por lo trazado con precisión. Pero, con el paso del tiempo, se muestran ante nuestra vista senderos irregulares, apenas perceptibles en sus comienzos, aún cubiertos por hierba, plantas y maleza. Caminos informales, que se saltan lo reglado. Vías que fueron abiertas por pioneros que dejaron de estar ciegos y sordos, que oyeron y vieron, que tuvieron la audacia de aventurarse donde nadie antes lo hizo. Y, de repente, guiados por la curiosidad, otros lo siguen y se les revelan beneficios desconocidos, parajes bellos y atajos que acortan el tiempo de travesía. Son las huellas de los pioneros que abren el camino que luego el resto ensancha y alisa. Leer más “Los pioneros”

Sí, pero… sí

La sociedad de los últimos tiempos, sobre todo desde el comienzo del siglo veintiuno, ha vivido cómoda en el rechazo al compromiso, en el eufemismo, en la equidistancia, en el “nadar y guardar la ropa”. Inmersos en un hiper modernismo donde el fluir parecía la pauta y lo único permanente, el compromiso abierto y fehaciente se antojaba una herencia demasiado pesada cuando las cosas cambiasen, y convenía entonces mantener todas las posiciones abiertas. Todo se barnizaba así de un falso consenso que terminaba en acuerdos tan de mínimos que resultaban inútiles, mientras las estrategias se rebautizaban rimbombantemente con nombres como “geometrías variables” que se modificaban en función de los acontecimientos. Leer más “Sí, pero… sí”