¿Renovarse o morir? NO, mejor renovarse y vivir

La creciente introducción de la tecnología en nuestras existencias cada vez más ubicuas nos invita a renovarnos, a cambiar totalmente con una rapidez inusitada, hasta el punto de que lo parido nace casi muerto al instante.

ÓSCAR FAJARDO

Es posible que al leer el titular de este artículo se haya producido una pequeña disonancia en tu pensamiento. Estamos tan acostumbrados a escuchar aquello de “renovarse o morir” que, cualquier alteración en la frase, nos resulta chocante y llamativa. Toda frase hecha esconde tras de sí un arraigo, una realidad que, a fuerza de repetirse, se hace costumbre que no se discute, se acepta y moldea, casi sin quererlo, nuestra forma de pensar e interpretar ciertas cosas.

Más que aquello de que el lenguaje sea el límite de nuestra realidad como afirmaba Wittgenstein, el lenguaje lo que hace, más que limitarla, es apuntalarla, hacerla más presente y normalizarla. Cuando el “renovarse o morir” se instala de manera subconsciente en las mentes de todos nosotros, no se discute, no se piensa ni se reflexiona, simplemente se acepta y, mecánicamente, interpretamos su consigna de manera fiel e inflexible.

Y ¿cuál es esa consigna? Primeramente, que quien no se renueva, muere. ¿Alguien desea morir voluntariamente? Lo normal es que no. Por lo tanto, lo que se graba de manera subyacente en nuestro pensamiento es que, si no deseamos morir, hemos de renovarnos. La renovación es nuestra salvación, por lo que es imperativo que todos y cada uno de nosotros la busquemos.

A ello hay que añadir que solemos entender la renovación como una refundación total y absoluta de aquello que se desea modificar, no como la variación de una pequeña parte. Cuando decimos que tenemos que renovarnos, inmediatamente interpretamos que el cambio ha de ser drástico y total. No valen medias tintas.

A estos dos ingredientes hemos de sumarle la velocidad a la que se exigen esas renovaciones. La creciente introducción de la tecnología en nuestras vidas cada vez más ubicuas nos invita a renovarnos, a cambiar totalmente con una rapidez inusitada, hasta el punto de que lo parido nace casi muerto al instante. Al cambio le sucede la petición de una nueva renovación sin solución de continuidad. Nos hemos instalado en esa “destrucción creativa” de Schumpeter, en la que se nos recuerda que todo acto de creación es precedido de un proceso de destrucción previo. Y ejecutamos ese proceso a una velocidad inusitada.

Lo construido nace ya con el marchamo de su destrucción, de su obsolescencia programada. Así que el renovarse o morir se ha convertido, sin darnos cuenta, en un renovarse para morir.

Esto lleva a que vivamos en la tensión ininterrumpida de construcción-destrucción, provocando que prácticamente nada de lo que creemos posea una voluntad de permanencia. De esta manera, terminamos en una encrucijada en la que tenemos grabado en nuestro pensamiento que hemos de renovarnos para no morir pero, a su vez, cuando nos renovamos, morimos casi totalmente para un renacer demasiado efímero que vuelve a morir al poco.

Este ciclo en el que nos hallamos inmersos, potenciado por grandes dosis de rapidez y fugacidad es, en buena medida, el que nos traslada a una vida poco vivida, inhabitada, experimentada casi en tercera persona. Una existencia por la que pasamos de puntillas a fuerza de una velocidad incesante y una renovación que, lejos de evitarnos esa muerte gracias a la renovación, nos la muestra todos los días a base de destrucciones creativas. Lo construido nace ya con el marchamo de su destrucción, de su obsolescencia programada. Así que el renovarse o morir se ha convertido, sin darnos cuenta, en un renovarse y morir.

La falta de una perspectiva de perdurabilidad de las cosas creadas nos conduce a una existencia que ve todo pasar, que se siente ajena a las cosas porque sabe que durarán tan poco que considera que no merece la pena comprometerse.

Una vida en renovación permanente es una vida que no pisa fuerte, que no deja huella porque no es capaz de visualizar un porvenir. Cuando ideamos un futuro, lo hacemos porque tenemos la esperanza de que aquello que ideamos va a permanecer, al menos en una cierta parte. Si sabemos que nada de lo creado persistirá, si nada nos sobrevive, es imposible vivir una vida con proyección, y sin proyección de un porvenir es inviable proporcionarse una existencia plena, una vida buena.

Por eso debemos alterar nuestro patrón de pensamiento, no interpretar la renovación como lo que nos salva de morir, sabiendo que, como hemos visto, sucede todo lo contrario. Más bien hemos de considerar la renovación como una opción para vivir. Renovarse y vivir es entender la renovación como una combinación de permanencia y novedad, de mantenimiento y alteración, no como una enmienda a la totalidad, como un cambio absoluto y radical. Hemos de huir de esa idea de “destrucción creativa” para pasar a una creación constructiva, donde las cosas nacen con la intención de pervivir, no de ser destruidas al poco tiempo.

Ya decía Chesterton que Roma no fue amada por sus habitantes porque fuera grande, sino que se hizo grande porque fue amada. Para amar, para hacer grandes las cosas, es esencial crear con la intención de pervivencia y de posteridad para comprometerse con su mantenimiento y su mejora. Hay que renovarse y vivir, no renovarse o morir.

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