Los pioneros

Pocas cosas traslucen las huellas de los pioneros con más claridad que los parques y el campo. Si uno pasea tanto por uno como por otro, siempre podrá observar la existencia de un camino principal, una vía reglada, delineada con la escuadra y el cartabón de quien sobre plano imagina y dibuja para mundos ideales y a menudo irreales, de quien ensueña viandantes de comportamientos homogéneos y previsibles. Una calzada ciega a las evoluciones de lo que le rodea, sorda a las voces que gritan las oportunidades de descubrimiento que allí se ocultan. Ciegos y sordos, circulamos ensimismados, día tras noche, por lo trazado con precisión. Pero, con el paso del tiempo, se muestran ante nuestra vista senderos irregulares, apenas perceptibles en sus comienzos, aún cubiertos por hierba, plantas y maleza. Caminos informales, que se saltan lo reglado. Vías que fueron abiertas por pioneros que dejaron de estar ciegos y sordos, que oyeron y vieron, que tuvieron la audacia de aventurarse donde nadie antes lo hizo. Y, de repente, guiados por la curiosidad, otros lo siguen y se les revelan beneficios desconocidos, parajes bellos y atajos que acortan el tiempo de travesía. Son las huellas de los pioneros que abren el camino que luego el resto ensancha y alisa. Leer más “Los pioneros”

Los advenedizos

Revolver en los diccionarios, práctica en franco derrumbe en la época de los primeros resultados de búsqueda, depara agradables sorpresas las más de las ocasiones y es extraordinaria fuente para quien escribe y enfrenta periódicamente la hoja en blanco. Sin motivo aparente pero existente, sobreviene a mi cabeza la idea de advenedizo. Como tantas ocasiones, una palabra suelta tiene preparado un plan para mí, se deja caer en el momento más insospechado para empujarme a hablar sobre algo que aún no veo pero que está, que terminará en negro sobre blanco. Leer más “Los advenedizos”

Sí, pero… sí

La sociedad de los últimos tiempos, sobre todo desde el comienzo del siglo veintiuno, ha vivido cómoda en el rechazo al compromiso, en el eufemismo, en la equidistancia, en el “nadar y guardar la ropa”. Inmersos en un hiper modernismo donde el fluir parecía la pauta y lo único permanente, el compromiso abierto y fehaciente se antojaba una herencia demasiado pesada cuando las cosas cambiasen, y convenía entonces mantener todas las posiciones abiertas. Todo se barnizaba así de un falso consenso que terminaba en acuerdos tan de mínimos que resultaban inútiles, mientras las estrategias se rebautizaban rimbombantemente con nombres como “geometrías variables” que se modificaban en función de los acontecimientos. Leer más “Sí, pero… sí”

Las distancias

La distancia, ese espacio que separa un algo de otro algo, posee una cierta dosis de contradicción y paradoja. Nuestra sociedad ha desarrollado una relación ambivalente con la distancia. Así, la distancia y su acortamiento es sinónimo de progreso cuando hablamos del tiempo y de los lugares. Gran parte de las innovaciones se han dirigido a acortar las distancias físicas entre espacios y también a rebajar el tiempo transcurrido entre las causas y los efectos, de tal forma que entendemos que el mundo evoluciona cuando la inmediatez hace de las distancias algo insignificante. La carrera del progreso se explica en este sentido como una competición hacia la rapidez e inmediatez, hacia la reducción de la distancia. Leer más “Las distancias”

Los culpables son los otros

En el siglo pasado, Nietzsche situaba el origen de la culpa, que identificaba con la mala conciencia, en la imposibilidad del hombre de exteriorizar sus instintos al quedar inserto en un mundo social sometido a unas reglas que le impedían su desahogo. Consecuentemente, el ser humano volcaba contra sí mismo toda esa energía comprimida y reprimida, y aparecía de esta forma el sentimiento de culpa o mala conciencia. En definitiva, la culpa se convertía en el carcelero interior que mantenía a raya a esos instintos cuya manifestación externa impediría nuestra vida en sociedad. Leer más “Los culpables son los otros”

Reformular la idea de progreso

¿Qué es progresar? ¿Es el progreso un concepto que realmente se puede objetivar? Dos preguntas de formulación sencilla, donde si respondemos a la segunda, parece que inmediatamente lo hacemos a la primera, puesto que si objetivamos algo es porque previamente hemos definido los campos donde identificamos que se encuentra ese progreso. Esto que parece tan evidente, no lo resulta tanto y, lamentablemente, es ahí donde residen buena parte de nuestros problemas de hoy y de futuro. El concepto de objetivación se ha vuelto tan preponderante en nuestra sociedad actual que hemos condensado la idea de progreso a lo mensurable que aparentemente puede ser compartido por todos. De esta manera, la idea de progreso se ha ido consolidando sobre una limitada base del tener, de lo que es tangible, y de la rapidez, donde el tiempo se cuenta ya por milésimas de segundos. Leer más “Reformular la idea de progreso”

La sociedad viscosa

Si algo ha caracterizado nuestro mundo desarrollado de los últimos tiempos ha sido la idea del fluir, de la modernidad líquida que tan bien definiera hace años Bauman. Un universo poblado de velocidad y rapidez, del cambio como única constante, de la capacidad de adaptación y flexibilidad como habilidades fundamentales, de la obsolescencia y renovación perenne como patrón del existir. En la vida líquida, todo era precariedad y provisionalidad, y lejos de discutirla, alimentábamos el autoengaño de que el problema no era esa provisionalidad, sino la incapacidad de vivir con ella. Entronizada la incertidumbre como destino inexorable, el ser humano había de aceptarlo, de renunciar a la idea pasada de solidez que es pesada, robusta e inmóvil. Una solidez que atentaba contra el progreso y contra la libertad del individuo, al que parecía encorsetar. Ante ello, era necesario desarrollar un ser flexible que suponía, como recordaba Bauman, estar comprometido con la nada porque nada es definitivo. Leer más “La sociedad viscosa”

El deber y la esperanza

Decía Borges que, ante circunstancias extremadamente difíciles, al hombre se le imponía el “deber terrible de la esperanza”. La esperanza entendida como deber terrible resulta una idea extraña, contraproducente y perturbadora. Una concepción que solo puede ser entendida cuando la esperanza, parte esencial del ser humano, no encuentra sostén sobre el que mantenerse. La esperanza sola, sobre el alambre y sin red, envasada al vacío. Una exigencia de nuestra época que, como la felicidad y otras tantas, se exige y casi obliga como un deber, a pesar de que apenas haya nada que la sostenga. Leer más “El deber y la esperanza”

Las sillas rotas

Ahora mismo, mientras escribo a primera hora de la mañana, la tengo frente a mí. Desde el ventanal puedo divisar una silla de plástico que un día fue rojo grana y hoy está teñida del blanco desgastado que pinta el paso del tiempo y el efecto de sol del estío. Apoyada sobre una barandilla, la silla rota en su base y sin una pata, absolutamente inservible, absolutamente antiestética, domina desde una posición privilegiada, como si de un trono se tratara, toda la perspectiva de la comunidad de vecinos desde hace ya algunos días. Leer más “Las sillas rotas”

Filosofías de camiseta

Si Hipócrates levantara la cabeza no dejaría de sorprenderse del enorme éxito que en nuestra época cosecha ese concepto de aforismo por él inventado hace ya unos cuantos siglos atrás. Hoy la difusión del saber es aforística, de frase corta, de ciento cuarenta caracteres, de pechera de camiseta. Son fogonazos, llamadas que capturan nuestra atención durante escasos segundos, que llaman a una reflexión de cartón piedra, a una inspiración que navega en los lugares comunes e interpela lo puramente emocional, lo que queda en la epidermis. Leer más “Filosofías de camiseta”