El lugar público

“El espacio es vacío. El lugar es una construcción de significado social.” Hace años ya recordaba el filósofo Henri Lefebvre que los lugares no existían, que tan solo eran espacios vacíos si no los dotábamos de significado como sociedad. El lugar nace de la necesidad del ser humano de referenciarse, de ubicarse, pero también de encontrarse, de mezclarse, de participar, de integrarse, de pertenecer. Sin lugar no es posible pertenecer, arraigarse, mezclarse, participar, ‘ser parte de’, ubicarse. Sin lugar solo existe el vacío, la no referencia, la no pertenencia, el desarraigo, el aislamiento y la desorientación. Un lugar que es construcción social y que solo puede ser concebido desde lo que es público, porque solo lo público hace a todos partícipes, permite un acceso sin privilegios y reparte responsabilidades por igual. Los lugares solo son lugares cuando son de todos, cuando nadie tiene más derecho ni posibilidad que el otro para estar en él, para participar en él.

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El apego imposible

El apego se teje del hilo invisible de lo que retorna, de lo que regresa. El apego necesita de memoria y de recuerdo. Nace de la ida y de la vuelta, de un irse tan solo temporal para una vuelta a lo querido y apreciado. Es el apego un vínculo, un ligarse de forma duradera con el afecto como bandera. El apego duele cuando aquello a lo que nos vinculamos se pierde, porque lo que es apegado no es sustituido, no es reemplazado, y el tiempo no cura ese dolor, simplemente lo acostumbra, que decía Delibes. En el apego hay gozo y sufrimiento, seguridad y atadura. Sin retorno ni regreso, sin vuelta, no hay memoria ni recuerdo, y sin ellos se ahuyenta el apego. Hoy el apego resulta imposible y, además, cosecha mala prensa.

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Vidas precarizadas

La tuya, la mía y la de todos. Vivimos vidas precarias. Más allá de disquisiciones metafísicas acerca de la vida y la muerte, su relación y la llegada de la última de manera inadvertida e imprevisible que tiñe nuestra existencia de un halo de ingobernabilidad, un ‘estar en manos de’ que nos hace sentir precarios, esa sensación de precariedad ha saltado el plano de lo metafísico para instalarse en nuestra cotidianeidad, hasta tal punto que se ha transformado en un garante del propio sistema y en una forma indiscutible, aceptada que no aceptable, de vivir.

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Lo suyo y lo contrario

No se nos oculta que la especie humana está esculpida a base de contradicciones. De un ahora sí, ahora no; de dos pasos para adelante y uno para atrás. Es nuestro andar por la vida un deambular entre la decisión y la retracción, entre el miedo y la audacia, entre la libertad y la sumisión. Quizás las contradicciones sean lo que nos hace más humanos y lo que nos permite evolucionar. Cada contradicción es un desacuerdo con uno mismo que nos lleva a una posición incómoda primero, a un replanteamiento después y a un movimiento en última instancia para resolver esa tensión. Y así desde que nacemos hasta que morimos.

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Vivir en titulares

Cuesta creer que hubiera un tiempo en el que no existían los titulares. Apenas cien años atrás comenzaban a balbucear los primeros destacados en alguna prensa y publicidad. El titular era una excepción en un mundo donde la atención no era un bien preciado, o más bien en extinción como hoy nos sucede. No hace falta remontarse tan lejos para comprobar cómo hemos cambiado. Revisar los telediarios de comienzos de los pasados años ochenta es descubrir que no existían los titulares, mientras que una década después los titulares apenas ocupaban cincuenta segundos. Hoy todo es diferente. Los titulares se extienden por espacio de más de cinco minutos y se convierten en un informativo condensado y jibarizado para permitir el abandono de una buena parte de la audiencia una vez finalizados. Una suerte de invitación al escape. Y es que hoy nuestra existencia se vive en titulares.

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La dependencia hipermoderna

La dependencia es un fenómeno consustancial y requerido en la naturaleza humana. El ser humano necesita depender de alguien o de algo, y también que un alguien o un algo dependa de él. Sobre dependencias se ha ido construyendo nuestra evolución como especie. Desde que nacemos, nos vemos insertos en un núcleo familiar del que dependemos para luego ir ampliando esas dependencias a esferas menos próximas, desde los lazos sentimentales y amistosos hasta los laborales o los administrativos, entre otros muchos.

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Lo normal y lo social

Frecuencia y número. Todo lo normal en el ámbito social es fruto de la frecuencia y el número. Nada puede ser considerado como normal si no se repite habitualmente, si no acontece frecuentemente. Pero para que lo normal traspase la esfera personal y más íntima y se convierta en social ha de acompañarse de número. Solo cuando un número masivo de personas se adhiere a algo y lo hace de una manera continuada y repetida podemos hablar de que ese algo se ha transformado en normal.

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La hiper prevención peligrosa

Cuando una sociedad se instala en la idea de que el mañana es siempre indicativo de progreso, de mejora, e interioriza que éste que habita es el mejor de los mundos, que cualquier tiempo pasado fue, además de pasado, peor, termina por convertirse en una sociedad temerosa. Si adicionamos una opinión pública negativizada, fundida a negro con un pesimismo pesado y permanente, aderezada con su buena dosis de individualismo de salón y de ensalzamiento de unas libertades súper individualizadas que han horadado a cualquier referente comunitario o institucional, y con unas burbujas tecnológicas que nos han encerrado en nuestro propio universo particular, acabamos por vivir con tanto miedo que cualquier prevención es poca.

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La paradoja de la influencia

Vivir de la influencia parece un signo exclusivo de nuestros tiempos. Un hecho diferencial que nunca en otra época sucedió. Hoy podemos matricularnos en escuelas de influidores que nos ofrecen adquirir conocimientos y formación para poder convertirnos en profesionales de ello. Pero lo cierto es que la influencia es un fenómeno consustancial al ser humano y no resulta nada nuevo, como tampoco lo es el vivir de esa influencia. Basta con mirar la cohorte de consejeros que existían en las cortes de siglos atrás, donde cada uno pugnaba por influir sobre el monarca de turno. Así era mayor su ascendente sobre el rey, así adquiría mayor relevancia social y más poder detentaba, aunque fuera en la sombra. Ocurre lo mismo con los partidos políticos, con las empresas y con cualquier organización medianamente estructurada.

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Vida inhumana

Lo pienso, lo quiero y lo entiendo. Lo que ejecuto lo he pensado yo, lo que hago lo hago por mi voluntad propia, y eso que hago es entendido por mí. Intención, voluntad y entendimiento. Nada nuevo que no dijera hace años Ortega, pero que a menudo se nos olvida. Son esos tres los componentes fundamentales de los seres humanos. Lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra intencionalidad, el pensar y hacer las cosas para algo; nuestra voluntad, que nos permite decidir por nosotros mismos si queremos y hacemos esto o lo otro, y el entendimiento, que implica conocer el porqué de las cosas que hacemos. Hoy que el mundo se inunda de encuestas y de test de rápida digestión, convendría a menudo preguntarnos a nosotros mismos y como sociedad si aún podemos decir que estos tres componentes fundamentales están presentes en nuestras vidas.

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