Los estados de la felicidad

Si el deseo no se apaga, ni tampoco puede satisfacerse de continuo, parece bastante plausible que esa infelicidad que flota como el aire denso y rodea toda nuestra existencia sea algo que defina nuestra naturaleza.

ÓSCAR FAJARDO

No sé si la infelicidad es el ser natural del hombre, como afirman algunas corrientes de pensamiento, aunque sí parece claro que la infelicidad flota sobre nuestras existencias como un aire denso que nos envuelve y que está presente siempre en nuestro derredor. Un aire denso que nos transpira y que solo olvidamos en momentos puntuales, donde notamos que desaparece momentáneamente esa sensación más o menos opresiva.

No sucede lo mismo con la felicidad, que se nos presenta como ese rayo de sol que se cuela repentinamente por entre las nubes para deslumbrarnos y abrigarnos. Los instantes de felicidad no siempre o, mejor dicho, casi nunca, se acompañan de una conciencia plena del momento. Pocas veces hay una consonancia entre ese estado de felicidad tenido y nuestra afirmación plena de ‘soy feliz’ en el mismo instante en el que se vive ese acontecimiento dichoso. Es verdad que todos hemos vivido alguna vez esa consonancia absoluta entre el sentimiento de plenitud y felicidad, y la conciencia de él. Pero, las más de las ocasiones, el sentimiento de felicidad posee un cariz retrospectivo y viene envuelto en la memoria y el recuerdo. Más que el ‘soy feliz’, practicamos el ‘fui feliz’. El pasar del tiempo y el trabajo de colocación de la experiencia vivida en nuestra memoria nos permiten catalogar aquello vivido como algo feliz. Una felicidad que, aunque pasada, sigue proporcionando momentos placenteros en su recuerdo.

Así pues, la infelicidad podría ser, efectivamente, un ser natural del hombre, y la felicidad, un estado que, como tal, puede estar o no estar, aparecer o desaparecer. Un estado que toma fundamentalmente cuerpo cuando se mira con retroactividad a ese momento feliz aunque, en ocasiones excepcionales, suceda ese casamiento entre experiencia y conciencia que nos permite la afirmación plena del ‘ahora, en este momento, soy feliz’.

Es posible que esa infelicidad provenga, probablemente, del hecho de que nuestra vida es un intento continuado e incesante por satisfacer deseos. El ser humano es ávido por naturaleza, es una máquina de querer, y para bien y para mal, ese es su motor, lo que le pone en movimiento. No es posible vivir con ausencia de deseo. Incluso hasta quien vive con el tedio a cuestas posee el deseo de recuperar el interés por las cosas. Si el deseo no se apaga, ni tampoco puede satisfacerse de continuo, parece bastante plausible que esa infelicidad que flota como el aire denso y rodea toda nuestra existencia sea algo que defina nuestra manera de estar en el mundo. No podemos dar rienda suelta a todos nuestros deseos, ni tampoco podemos acallarlos, a lo sumo narcotizarlos o adormecerlos en un autoengaño peligroso.

Más que el ‘soy feliz’, practicamos el ‘fui feliz’. El pasar del tiempo y el trabajo de colocación de la experiencia vivida en nuestra memoria nos permite catalogar aquello vivido como algo feliz. Una felicidad que, aunque pasada, sigue proporcionando momentos placenteros en su recuerdo.

Asumida esta realidad, reconocemos que los estados de la felicidad son puntuales, es decir, que no siempre están, y se sitúan en algún estadio cambiante entre determinados extremos (nada que no dijera ya Aristóteles). Cambiante porque ese estado de felicidad no se alcanzará en un mismo punto repetido, ya que depende de contingencias, de nuestra naturaleza y de nuestros estados vitales en ese momento. Así pues, no solo el estado de felicidad es puntual y valorado fundamentalmente de manera retrospectiva, sino que es movible y lo que hoy nos sirve, mañana puede que no lo haga.

Muchas son las dualidades entre las que el ser humano se mueve en su vida y le pueden proporcionar estados de felicidad pero, sin ánimo de ser exhaustivo, me atrevería a reflejar en ese artículo unos pocos en los que cada uno de nosotros debemos calibrarnos y situarnos a nuestro modo, con el fin de obtener el máximo de felicidad. Todos, sin excepción, poseemos deseos simultáneos de ambos polos, cosa de imposible consecución, y nuestra felicidad estriba en procurarnos una posición que sea adecuada para alcanzar nuestro particular equilibrio de deseos.

Individualidad y colectividad. La existencia es un continuado ir y venir entre la afirmación de nuestra unicidad, de lo que nos hace únicos, y la necesidad de sentirse integrado en la comunidad y en el colectivo.

Movimiento y estatismo. Si bien muchos filósofos y físicos afirman la imposibilidad de que algo esté totalmente estático, sí es cierto que anhelamos tanto el movernos como el detenernos. Esta misma dualidad es la que podemos observar entre nuestra ansia de rapidez y nuestra demanda de vivir más despacio.

Propiedad y desprendimiento. Las personas encontramos satisfacción en la posesión de cosas porque nos proyectamos en ellas y ganamos control, pero también hallamos satisfacción justamente en lo contrario, en tomar el control desprendiéndonos de las cosas y evitando que ellas nos controlen a nosotros.

Altruismo y utilidad. Nuestra naturaleza humana necesita realizar actividades que sienta y compruebe que son útiles para el devenir del mundo más inmediato, pero también requiere perderse en hacer cosas que en nada contribuyen a esa utilidad productiva.

Novedad y repetición. Quien más o quien menos anhela enfrentarse cada cierto tiempo a algo nuevo que le sorprenda, pero también deseamos sentir la sensación del regreso a algo conocido y previsible que solo nos provee la repetición.

Responsabilidad y dejación. Otra de las dialécticas que el hombre enfrenta es la del deseo de sentirse al mando y al control, frente al descanso y la despreocupación que conlleva el dejar a otros la responsabilidad y someternos a ellos. Tanto nos angustia disponer de responsabilidad como nos ansía el no tenerla.

Creatividad y mecanización. Otra característica de nuestra especie es la de navegar entre la querencia de crear por nosotros mismos y el gusto porque las cosas se nos den hechas. El impulso creativo es innato y nos empuja a imaginar, pero también demandamos a menudo tareas que no nos hagan pensar.

Ahorro y gasto. Finalmente, habitamos en la dialéctica entre el conservar y el consumir. Guardamos porque buscamos cierta seguridad y sensación de posesión y tenencia, y gastamos con el fin inconsciente de liberarnos del miedo atávico a la pérdida.

La búsqueda de esos estados de felicidad consistiría pues en delimitar posiciones entre nuestros deseos antagónicos para intentar acordarlos lo máximo posible teniendo en cuenta nuestro momento vital, nuestra propia naturaleza y la contingencia. Solo así podremos despejar la constante bruma de la infelicidad.

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