La felicidad y el ritmo de las cosas

El ritmo artificial que crea el ser humano, su movimiento acelerado y discontinuo, nos invita a vivir siempre de paso, en un permanente “estar sin estar”. Con ello, nos sentimos constantemente desintegrados e infelices, y buscamos formas artificiosas de agrupación que no nos satisfacen.

ÓSCAR FAJARDO

Toda cosa posee su ritmo, todo ritmo posee su cadencia. La cadencia implica la repetición de determinados fenómenos con una cierta regularidad en un intervalo de tiempo y a una velocidad concreta. Curiosamente, a pesar de la alergia que nuestro mundo actual muestra a la repetición y a la espera, la cadencia, que es justamente repetición y espera, aún se mantiene virgen de cualquier cariz peyorativo.

Escuchar la palabra cadencia despierta en nosotros una curiosa y extraña sensación que nos conduce a abandonar nuestra visión antropocentrista para situarnos como una parte más del conjunto total, como un actor de reparto más que abandona su rol protagonista y ególatra. Nos disponemos a respetar un ritmo natural que nos es ajeno en su origen y al que debemos supeditarnos. En cierta manera, la cadencia nos coloca en la posición de ser integrante, no de ser dominante.

Esta diferencia entre la integración y la dominación posee una íntima relación con la felicidad en nuestras vidas. Sentirse integrado, formar parte de algo, es una de las maneras más arcaicas e intrínsecas que el ser humano posee para encontrar cierta felicidad. Integrarse supone plegarse voluntariamente a algo que nos es externo, algo que, en cierta forma, nos es impuesto, pero no como una sumisión dura y artificial ante la que revelarnos, sino como una acomodación suave a algo que nos viene dado.

El reconocimiento del ritmo de ese orden superior al que nos plegamos y en el que nos desplegamos es un ejercicio necesario de desprendimiento de uno mismo, de entrega a lo que no depende de nosotros. Esa entrega nos libera de la tensión permanente del “yoísmo”, del empoderamiento absoluto del ser humano como responsable de todo lo que le acontece a cada minuto. Nos descansa de esa responsabilidad abrumadora, asfixiante e irreal (es imposible ser responsable de cada segundo de nuestra existencia) que nos conduce a la permanente auto explotación y a encontrarnos cada vez más aislados y exhaustos.

Sentirse integrado, formar parte de algo, es una de las maneras más arcaicas e intrínsecas que el ser humano posee para encontrar cierta felicidad.

Sin embargo, nuestro momento actual potencia la idea del hombre como ser dominador del conjunto, no como ser integrante del mismo. Ser dominador supone imponer nuestro propio ritmo a las cosas e intentar humanizar la vida natural aunque, lo más que hemos conseguido, es desnaturalizar nuestras vidas. Nuestro ritmo es artificioso, carece de cadencia porque rehúye la espera y la repetición mientras privilegia el sobresalto y la ausencia de tiempo libre y de espacios también libres y vacíos.

Nuestro ritmo frenético es un ritmo de huida mientras que el ritmo natural de las cosas es un ritmo de acogida. Nuestro ritmo es cambio, alteración y sorpresa, en tanto que el de las cosas es repetición, permanencia y previsibilidad. Nuestra seña moderna es el correr superfluo y superficial por las cosas, mientras que la cadencia nos invita al detenimiento y a la estancia. El ritmo artificial que crea el ser humano, su movimiento acelerado y discontinuo, nos invita a vivir siempre de paso, en un permanente “estar sin estar”. Con ello, nos sentimos constantemente desintegrados e infelices, y buscamos formas artificiosas de agrupación que no nos satisfacen.

El ritmo natural de las cosas y su cadencia nos convoca a estar plenamente, a detenernos y a contemplar sin la carga del “siguiente movimiento”, sin la responsabilidad y el peso de que cada acontecimiento y cada minuto ha de ser fijado por uno mismo. La cadencia de las cosas despierta en nosotros, e incluso se asemeja fonéticamente, a la caricia. La cadencia de las cosas nos acaricia y se desliza por nosotros con detenimiento, igual que nosotros lo hacemos sobre ella. En ese intercambio pleno y profundo, nada superficial, nos liberamos de la carga de autodirigirnos a cada minuto y nos proporcionamos dicha y felicidad.

El ritmo del ser humano como ser dominador tiende a acortar los tiempos para llegar a no se sabe dónde. En cambio, el ritmo de las cosas ya ha llegado donde quiere, y trata de alargar ese tiempo. Las personas necesitamos alargar los tiempos y poseer una cadencia integrada con aquello que nos rodea, con el ritmo de las cosas.

Pocos textos resultan más pertinentes hoy en día que aquello que escribía Michael Ende en su magistral Momo, cuando recordaba que, en el mundo moderno, todo está planificado y calculado en cada centímetro y en cada instante. Y con ello, nadie parece darse cuenta de que, en lugar de ahorrarnos tiempo, nos estamos ahorrando cosas muy diferentes. Que en ese ahorro lo que nos proporcionamos son vidas más pobres, más monótonas y frías. Que hemos de recordar que el tiempo es vida, que la vida reside en el corazón y que, cuanto más tiempo ahorramos, menos corazón y vida tenemos.

Deja un comentario