La crisis de la pregunta

La pregunta conforma espacios de silencio y reflexión. Cuando preguntamos nos abrimos a la duda, al pensamiento y al razonamiento. El interrogante es el puerto desde el que zarpa la ignorancia para convertirse en sabiduría.

ÓSCAR FAJARDO

De todas las crisis que copan titulares y preocupaciones de nuestro mundo actual, existe una que nos pasa desapercibida y de la que, posiblemente, se desprendan todas las demás. Nuestra sociedad presente anhela respuestas y certezas, y repudia las preguntas. La pregunta está en crisis. ¿Qué?, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿dónde? y ¿por qué? Estos seis ‘sirvientes honestos’ como los denominaba Kipling, siguen siendo tan honestos como siempre, pero han dejado de servirnos.

Nos hemos transformado en seres de acción que hacen sin preguntar, que priman la emoción sobre la reflexión, que replican por miles en sus mensajes el símbolo de la admiración y olvidan el de la interrogación. Si existiera una aplicación que contara, igual que hace con los pasos, la cantidad de preguntas que nos realizamos a nosotros mismos o a los demás a lo largo del día, nos sorprenderíamos de su exigüidad. Preguntamos poco o nada, y lo poco que se pregunta posee más bien un carácter retórico que sirve para apuntalar respuestas inflexibles y ya determinadas.

Hemos desarrollado un enfoque absoluto hacia la respuesta, tanto que respondemos incluso a lo que no se nos ha preguntado. El conjunto resultante es un monólogo perpetuo, una comunidad de sordos que ya ni siquiera es capaz de escucharse a sí misma. Nuestra sociedad es fundamentalmente emisora incluso cuando recibe mensajes. El arrinconamiento de la pregunta nos ha conducido a la inexistencia de la conversación. Dado que no hay interrogantes, tampoco esperamos contestaciones, tan solo aguardamos a que la otra persona finalice para iniciar nuestra propia emisión.

La pregunta conforma abismos, espacios de silencio y de reflexión. Cuando preguntamos abrimos el lugar a la duda, al pensamiento y al razonamiento. El interrogante es el puerto desde el que zarpa la ignorancia para convertirse en sabiduría. La pregunta sincera que busca conocimiento y es movida por la curiosidad es la mayor muestra de humildad y respeto al prójimo, pues cedemos de manera franca nuestro tiempo y nuestro espacio al otro, y en esa cesión de tiempo y de espacio no solo profundizamos en el conocimiento de los demás, sino que conformamos nuestro propio ser. Somos tanto como tanto somos capaces de preguntarnos pues no es más sabio quien más responde, sino quien mejor pregunta.

Una sociedad que olvida las preguntas es una sociedad inhumana en sí misma puesto que las características primordiales de la naturaleza humana dimanan de la cualidad fundamental que posee el hombre de interrogarse. Ningún otro ser vivo puede hacerlo, y es desde esas preguntas desde las que emerge toda la esencia humana. Razón y pensamiento, conciencia, intención y moral surgen de nuestra posibilidad de interrogarnos. Un ser humano que no se pregunta es un ser sin conciencia, instintivo y amoral.

Una sociedad que olvida las preguntas es una sociedad inhumana en sí misma puesto que las características primordiales de la naturaleza humana dimanan de la cualidad fundamental que posee el hombre de interrogarse.

Paradójicamente, rehuir la pregunta y vivir en la ilusión de hallar respuestas que nos proporcionen certezas absolutas nos sitúa en la incerteza y el relativismo. Las respuestas nunca alcanzan y al poco se muestran insuficientes, lo que nos sume en una permanente incertidumbre y, consecuentemente, en una perspectiva de relativismo asfixiante.

La pregunta, por el contrario, lejos de alumbrar la incerteza y el relativismo como parecería en un principio, nos procura certezas. Los interrogantes nos permiten aclarar las cosas e incrementar nuestro conocimiento sobre ellas. Las preguntas son los escalones que nos llevan de un descubrimiento a otro, de una certeza a otra puesto que lo cierto es aquello que se nos presenta con claridad. No hay claridad sin pregunta, no hay conocimiento seguro sin interrogante. Cuando la pregunta introduce la duda, dicha duda clausura una certeza para situarnos durante un breve tiempo en una búsqueda de una nueva certeza que, en un proceso sin fin, será superada para hallar otra. La pregunta es el puente que nos traslada de una certeza a otra, por eso, cuando preguntamos, alejamos las incertidumbres pues establecemos el camino que nos lleva de una certeza a otra.

Toda crisis, sea del ámbito que sea, proviene siempre de una ausencia de preguntas. Quien se pregunta ya se encuentra en el camino de la solución, ya está proporcionando nuevas vías, perspectivas y horizontes para crear salidas y caminos diferentes. Las soluciones no provienen de los problemas sino de las preguntas que nos hacemos acerca de esos problemas.

Igualmente, no hay cosa más incierta que la ignorancia, y no hay mayor ignorante que quien no sabe que no sabe. Saber que no se sabe es el comienzo de la sabiduría, y ese comienzo se inicia con la pregunta. Y es que la mejor respuesta a la incertidumbre es una buena pregunta.

Deja un comentario