Entrevista a Carlos J. González Serrano

Entrevista a Carlos J. González Serrano, filósofo, profesor, escritor, articulista, asesor cultural y director del podcast de RNE A la luz del pensar, donde repasamos la realidad social actual desde un enfoque humanístico y filosófico.

ÓSCAR FAJARDO

“Soy un pesimista metafísico porque somos lo que somos, pero no antropológico, porque creo que en la acción nos la jugamos y podemos cambiar las cosas.” Quien así se define es Carlos J. González Serrano, filósofo, profesor, director de proyectos culturales, asesor de cultura y comunicación, consultor de equipos, conferenciante, editor, escritor, articulista, traductor… Su trayectoria y quehacer diversos son reflejo de su interés por abarcar distintos saberes y por cultivar un pensamiento y una acción profundos, amplios y críticos. Actualmente podemos escucharlo en el podcast A la luz del pensar que él mismo dirige en RNE y también podemos verlo en el programa Para todos La2 de RTVE. En esta entrevista repasamos con él aspectos diversos de la sociedad actual desde un enfoque humanístico y filosófico.

Los alemanes poseen la palabra Zeitgeist para nombrar el “espíritu del tiempo”. Ese espíritu captura lo que es predominante cultural, social, espiritual e intelectualmente y que, por su cualidad, define cada época. Carlos, ¿qué cuestiones crees que definen el espíritu de nuestro tiempo actual?

Si leemos testimonios milenarios o recurrimos a obras clásicas e inmortales como la epopeya de Gilgamesh o La Ilíada y La Odisea de Homero, las pasiones humanas que nos asedian siguen siendo las mismas que en aquellos remotos tiempos: ira, temor, incertidumbre, zozobra, amor, odio, etc.

Sin embargo, la manera en que se dan o la forma en que se manifiestan son distintas. Por ejemplo, la influencia de las redes sociales ha hecho que las dinámicas de expresión se modifiquen radicalmente. Y no sólo en las generaciones más jóvenes, sino también en gran parte de los adultos que emplean estos medios de comunicación masivos. Hasta hace dos décadas, las emociones formaban parte del ámbito privado. Contábamos nuestras intimidades o confesábamos nuestros estados anímicos a nuestro círculo de confianza. Con el auge y normalización de las redes sociales, parece que la vida emocional se ha hecho pública. Es más, da la impresión de que mostrarse emocionalmente en las redes es un imperativo de nuestro tiempo. De este asunto ha escrito con gran acierto Byung-Chul Han al respecto del concepto de transparencia. Nuestra sociedad se ha hecho ‘pornográfica’, en el sentido de que nos hemos convertido en los aparatos reproductores de un sistema que se propaga a través de nuestras publicaciones en redes sociales.

Con ello, el ámbito emocional se ha politizado. Esto quiere decir que ahora que nuestras emociones son más públicas que nunca, hay que hacer algo con ellas desde el punto de vista no sólo individual, sino también y sobre todo, desde el ámbito social y político. Vivimos un momento histórico en el que, como apuntan médicos, psicólogos, sociólogos y psiquiatras, se ha normalizado un malestar que encierra una característica tan molesta como elocuente, no nos encontramos bien y, sin embargo, somos capaces de seguir adelante con nuestras vidas. La creciente precariedad laboral, la ruptura de numerosos lazos sociales, el creciente sentimiento de soledad, la pauperización de la salud mental, la masiva conexión que ha dado lugar, paradójicamente, a una menor hondura en los nexos humanos, las ciudades como espacios donde se compra y consume pero que en ocasiones resultan inhabitables, … son factores que han hecho de nuestra vida un hervidero de malestares que, como digo, nos hacen vivir con una constante e insidiosa sensación de desazón.

Por eso, creo que la nota característica de nuestra época es la conciencia de que hay cosas que mejorar, y que lo tenemos que hacer de manera comunitaria, que no sirven las recetas facilonas y dulzonas de la autoayuda al estilo del ‘cree en ti mismo’, sino que debemos asociarnos, relacionarnos y comunicarnos sobre todo aquello que nos afecta emocional, afectiva y políticamente para poder plantear vías de cambio estructural. La filosofía, en este sentido, cobra una importancia central, pensarnos comunitariamente para trazar vías de transformación social.

Comentas que la filosofía cobra una importancia central para pensarnos comunitariamente y trazar vías de transformación social pero, en nuestro mundo actual ¿qué lugar real ocupa la filosofía? Y ¿qué espacio piensas que debería ocupar?

A pesar de mi defensa constante y militante de la filosofía, tanto en los itinerarios académicos de enseñanza media y superior como en nuestra vida personal, no hay que tomarla como una receta o como una suerte de disciplina profética y mesiánica que puede salvar nuestras vidas o que puede encumbrarse como la solución a todos nuestros problemas. Eso significaría convertirla en todo lo contrario de lo que pide el talante filosófico, es decir, significaría transformar la filosofía en un dogmatismo más entre otros, y la filosofía, por definición, es eminentemente contra-dogmática. Esto no quiere decir que la filosofía quiera destruir los dogmas de nuestra época o de cualquier otra, sino cuestionarlos. Ya escribió Unamuno que pensar es pensar contra algo o contra alguien.

Esta preposición es fundamental. No se trata de un ‘contra’ beligerante, que busque deliberadamente la lucha o el conflicto, sino de un ‘contra’ que nos sitúa, o aún mejor, que nos obliga a situarnos. Que nos re-ubica. Esto quiere decir que la filosofía encierra una vertiente disidente y cuestionadora, que procura pensar la pluralidad y complejidad de la realidad en toda su amplitud.

En este sentido, es imprescindible que, como disciplina histórica, en primer lugar, encuentre un lugar en los planes de estudio de la enseñanza media y superior universitaria. Hay quien no duda en criticar el estudio riguroso y erudito de la historia del pensamiento, pero somos lo que somos por la influencia de un torrente de ideas que se dieron a lo largo del devenir histórico y que no podemos pasar por alto. El afán de conocimiento es importante, pero también lo es contar con la amplitud histórica suficiente como para poder evaluar nuestro presente. Por ello, es importante enseñar desde edades tempranas que siempre existieron individuos que se impusieron como tarea principal pensar la realidad, y que el pensar se manifiesta en acción a través de tratados, movimientos políticos y sociales, mediante la creación de escuelas y academias, …

La filosofía es una disciplina esencialmente teórica. Ahora bien, una filosofía que se quede en lo teórico es, a mi juicio, inoperante. Como explicó Aristóteles, la filosofía es una “ciencia no productiva”, es decir, la actividad que la filosofía pone en marcha es el propio pensar, consiste en poner la realidad entre paréntesis para pensarla. Pero eso no quiere decir que sea, a su vez, una disciplina inactiva o pasiva, conservadora. Todo lo contrario. Una teoría o un pensamiento que no nos empuja a la acción es una teoría o un pensamiento vacuos, vacíos. La gran tarea de quienes enseñamos filosofía es mostrar que ese pensar y pensarnos repercute enormemente en la forma en que nos manifestamos. Es decir, la filosofía puede cambiar la manera en que nuestra vida se da y, con ello, también puede cambiar la vida de quienes nos rodean. Y este es un punto tan bello como fundamental en la enseñanza de la filosofía: que crea comunidad en un mundo en el que cada vez estamos más sujetos a la disgregación, la atomización y el fomento de la individualidad, a veces traducida en soledad endémica.

El pensar filosófico nos enseña a sentirnos menos solos. Más aún, la filosofía nos invita a asociarnos para pensar en común sobre los asuntos que a todos nos repercuten. Y a hacerlo imperativamente. Para actuar.

La nota característica de nuestra época es la conciencia de que tenemos que mejorar las cosas, y lo tenemos que hacer de manera comunitaria, que no sirven las recetas facilonas y dulzonas de la autoayuda, sino que debemos asociarnos, relacionarnos y comunicarnos sobre todo aquello que nos afecta emocional, afectiva y políticamente para poder plantear vías de cambio estructural.

Marcuse afirma que el mundo mercantilista y utilitario reduce la dimensión del lenguaje para instrumentalizarlo a su favor y evitar que las palabras y sus profundos significados y matices se conviertan en amenaza para el sistema. Es algo que vemos con palabras tan profundas y llenas de matices como la libertad, democracia, igualdad, que ven limitado su significado a un uso vacuo y manipulado para reforzar los intereses del sistema de turno. ¿Cómo pueden tomar posición en ese mundo, que todo lo descafeína y lo devora para hacerlo superfluo y digerible, la filosofía y el filósofo, que justamente requieren de esa profundidad y esos matices para desplegarse?

Como siempre defiendo con vehemencia, los profesores y profesoras de Filosofía y las personas que nos dedicamos al fomento del estudio de esta disciplina no podemos ser tan ilusos, presuntuosos e irresponsables como para creernos los salvadores de nada ni de nadie. Ahora bien, en sí misma, la filosofía sí esconde un talante transformador. Cuando nuestras ideas cambian, también cambia, o puede cambiar potencialmente, la manera en que vivimos. Y este es un punto en el que no se hace el suficiente hincapié. Pensar es una labor comprometida y, por qué no decirlo, también en ocasiones dolorosa o desazonadora, en tanto que nos hace conscientes de los malestares que nos acucian. Ahora bien, es una tristeza activa, una tristeza que llama a la transformación. O si no se quiere hablar de tristeza, podemos referirnos a la melancolía. El talante filosófico nos sume en una melancolía de potencia transformadora porque nos lanza a un horizonte en el que las cosas pueden llegar a mejorar. Por tanto, es una melancolía no anquilosante, una melancolía que ansía, una aspiración a lo mejor, tan utópica como necesaria. La filosofía hace que nos tomemos la realidad de manera comprometida, que desarrollemos un juicio propio y la suficiente autonomía como para querer hacer algo desde y con nuestra vida desde una perspectiva activa, individual y socialmente.

La filosofía nos invita a no ser meros receptáculos de estímulos que reaccionan frente a lo dado, sino que nos empuja a ser agentes activos que, como apuntó María Zambrano, no quieren resignarse a ser arrastrados por la inercia social o histórica. Tanto en lo social como en lo histórico, somos aquello que hacemos de nosotros, no estamos sujetos sin más al imperativo biológico, sino que también contamos con un acervo cultural que nos invita a participar del mundo como individuos activos.

Hay un concepto que a veces se menosprecia, quizá porque se ha empleado con demasiada imprecisión y con cierto abuso, pero que puede servir para explicar nuestra relación con el lenguaje, y es el concepto de ‘resignificación’. No se trata de renombrar la realidad o de buscar pomposos neologismos para explicar nuestra realidad. Se trata, más bien, de rescatar las palabras y conceptos fundamentales de nuestra tradición para repensarlos y reasignar su significación en base a lo que vivimos en la actualidad. De alguna forma, el lenguaje crea la realidad y la dota de sentido, o al menos la designa y la enclava dentro de la significación conceptual que cada época posee. La filosofía problematiza esa relación unívoca que mantenemos con el lenguaje, de forma que encontremos grietas de sentido que impidan adocenar y homogeneizar nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Problematizar el lenguaje y nuestras categorías lingüísticas es, también, comenzar a problematizar las circunstancias en las que vivimos. Por eso es tan importante que la filosofía esté en las aulas desde edades tempranas, al menos desde la primera etapa adolescente, para enseñar a nuestra juventud a mantener una relación de contingencia con el lenguaje, a pensar nuestras categorías y conceptos más firmemente establecidos.

La filosofía encierra una vertiente disidente y cuestionadora, que procura pensar la pluralidad y complejidad de la realidad en toda su amplitud.

FUENTE: CARLOS J. GONZÁLEZ SERRANO

Algunas de las características de este espíritu del tiempo del que antes hablamos son la velocidad, la incapacidad de la espera y la preeminencia de las respuestas sobre las preguntas. La filosofía es, sobre todo, pregunta y diálogo con uno mismo, con los demás y con el entorno. Eso requiere de calma, quietud y espacios. ¿Cómo crees que podemos proporcionarnos esa calma y esos espacios para practicar la pregunta y el diálogo?

No hay duda de que la rapidez o agilidad cognitiva es importante en algunos procesos vitales. Debemos decidir rápido para poder actuar en situaciones de dificultad o de presión. De hecho, la soltura y celeridad a la hora de responder a las demandas de nuestro entorno son mecanismos funcionales y altamente adaptativos. Este no es el problema, aquí no reside el punto conflictivo.

Lo oneroso y preocupante de las velocidades rápidas es que hemos introducido la aceleración y la urgencia en procesos que, esencialmente, responden a otras necesidades temporales. Por ejemplo, la lectura o la escritura, la escucha de música, la contemplación de un bello paisaje o incluso las relaciones interpersonales. Todo es susceptible de quedar sujeto a estas tiránicas dinámicas de rapidez. La mercadotecnia publicitaria nos asedia por todas partes con mensajes que invitan a hacer mucho en poco tiempo o, incluso, a hacer muchas cosas a la vez para, como nos dicen, ‘ahorrar tiempo’. Con ello, se está perdiendo la hondura y profundidad de ciertas actividades que exigen constitutivamente un tiempo no sujeto a las prisas para desarrollar todas sus potencialidades. La tiranía de la velocidad encierra, en el fondo, la tiranía del continuo consumo y la permanente producción.

La educación, sobre todo en casa, es fundamental en este aspecto. Y el ejemplo es muy importante. De manera inconsciente, estamos dejando como herencia cultural a las nuevas generaciones esta ansia por un continuo e irrelevante hacer que, en ocasiones, resulta vacío por su propia dinámica. En mis clases procuro mostrar a mi alumnado la necesidad de parar, de frenar en medio de un escenario que nos exige continua urgencia a la hora de llevar a cabo cualquier tarea y, como digo, no todas las tareas demandan el mismo ritmo. Por eso, les pongo música y les pido que, simplemente escuchen, aunque se duerman, u observamos un cuadro y lo estudiamos desde todos los ángulos, sin prisa, para practicar la pausa. Pasear sin rumbo y sin más intención que la de deambular, en el sentido del Wanderer decimonónico, errante, sin un propósito de ir hacia algún lugar, por el gusto de movernos y ejercitar el cuerpo y observar nuestro alrededor, es otra actividad muy efectiva que fomenta la pausa. Y, por supuesto, la escritura a mano, agarrar un bolígrafo y redactar sobre nuestras vivencias, o simplemente copiar alguna cita que nos guste. Los ‘diarios de citas’ donde se anotan reflexiones de otros autores y autoras son un mecanismo muy efectivo que nos activan cognitivamente, potencian la memoria, mantienen activa la habilidad y movilidad manual y, además, pueden ser muy gratificantes emocional e intelectualmente.

La gran tarea de quienes enseñamos filosofía es mostrar que ese pensar y pensarnos repercute enormemente en la forma en que nos manifestamos.

Mencionabas antes que el ser humano está sometido a la tiranía del consumo, algo que también afirma Erich Fromm cuando escribe que el hombre moderno está preso de cadenas invisibles que toman forma de necesidades y consumo artificial. Igualmente, has hablado de Byung-Chul Han, quien opina que las personas nos hemos convertido en nuestras principales explotadoras. Sumisión invisible y autoexplotación caracterizan esta postmodernidad y, ante ello, se nos propone la autoayuda, el pensamiento positivo o la medicalización de nuestra vida para sobrellevarnos a nosotros mismos. Carlos, ¿puede jugar la filosofía un papel sanador en esta dinámica destructiva?

Como he comentado varias veces en esta entrevista, no soy partidario de tomar la filosofía como remedio de nada. Sobre todo, para mantener su necesaria independencia. Es cierto que, en algunas ocasiones, por el formato propio de las redes sociales, puede parecer que propongo la filosofía como una ‘contra receta’ para, a su vez, acometer el imperio de otras recetas que me parecen muy perniciosas individual y socialmente. Pero no, la filosofía no es remedio, prescripción o un meloso medio sanador. La filosofía es, por su propia constitución y etimológicamente, un afán o impulso por saber, y en ese camino que lleva al saber, sea este lo que sea, topamos con numerosos problemas y cuestiones sin resolver que nos inquietan, que no dejan el ánimo apaciguado, como antes expliqué, y en tanto que no resulta una disciplina inocua ni inocente, nos desazona y nos pone en guardia.

El problema no es el consumo en sí mismo, sino la compulsión a la que nos arroja. Actuar compulsivamente nos aleja de un pensamiento lento, y cuando acostumbramos a nuestro cerebro a la rapidez es difícil hacerlo desaprender y volver a recuperar dinámicas de pensamiento más sanas, más lentas, más propias de nuestro neocórtex. Disponemos de una corteza prefrontal que nos ha permitido frenar los impulsos de la amígdala, del cerebro límbico, relacionado sobre todo con nuestras emociones.

Fomentar la pausa es también fomentar que nuestro cerebro se acostumbre a tomar en consideración todas las posibilidades disponibles y elegir la respuesta más adaptativa y adecuada. Por eso también se apela desde la política institucional a clichés y eslóganes que nos obligan a elegir rápidamente entre las diferentes opciones. De alguna manera, nos obligan a elegir rápidamente, nos adocenan y nos exponen a la continua polarización para tener que decantarnos acríticamente por una opción u otra. Combatir la compulsión y la rapidez significa hacernos menos susceptibles, más conscientes y menos manipulables.        

Escribía Virginia Woolf que cualquier día tiene más de ‘no-ser’ que de ser puesto que nos pasamos la jornada viviendo de manera inconsciente o, como decimos ahora, con el piloto automático. ¿Cómo podemos recuperar ese ‘ser consciente’ en un universo gobernado cada vez más por las tecnologías en el que nos asomamos al mundo en ‘tercera persona’, a través de las pantallas?

Mirar las pantallas es una opción entre las muchas que tenemos a la hora de actuar. En esto me muestro muy taxativo: elegimos nosotros, nadie nos empuja a hacerlo. Pero para ello hay que entrenarse. Y mostrar el resto de posibilidades que tenemos a la mano, tanto en las familias como en colegios, institutos y universidades. Recomiendo siempre a mi alumnado que intenten dormir con el móvil en modo avión para que eviten estar preocupados, en la medida de lo posible, de si tienen o no una nueva notificación que consultar.

Toda acción que tenga que ver con centrar nuestra atención y concentración en algo determinado durante un tiempo más o menos dilatado supone un paso más hacia la reconquista de nuestra autonomía. No creo que las pantallas sean peligrosas. El cine nos ha brindado algunos de los mejores momentos de nuestras vidas, o la posibilidad de relacionarnos con millones de personas en el mundo mediante las redes sociales. El peligro es que nos contentemos con llamar ‘generación digital’ o ‘nativos digitales’ a los niños y niñas de nuestro presente sin que reciban una educación sobre el uso que están haciendo de instrumentos como el teléfono móvil. Corremos el riesgo de crear analfabetos funcionales, sujetos que sepan leer y pensar pero que no quieran hacerlo en el futuro porque, sencillamente, todo se les da en pequeñas píldoras que no requieren esfuerzo intelectual alguno y, además, en recetas de fácil adquisición y sencilla puesta en práctica.

El peligro no es la pantalla. El peligro es ponernos ante ella de manera acrítica y, por tanto, bajo riesgo de quedar anestesiados por el dulce resbalar que nos proporcionan las nuevas tecnologías.

La filosofía hace que nos tomemos la realidad de manera comprometida, que desarrollemos un juicio propio y la suficiente autonomía como para querer hacer algo desde y con nuestra vida desde una perspectiva activa, individual y socialmente.

Precisamente esa vida a través de las pantallas está situando al ser humano en un estado de ‘no lugar’, de tránsito perenne donde está en todos y en ningún sitio a la vez. Y esto le está conduciendo a una extraña posición en la que no sabe estar solo ni tampoco acompañado, en la que se siente extranjero en todos los sitios y momentos. ¿Puede ayudarnos la filosofía a darnos posición, a generar un nuevo lugar donde nos sintamos a gusto y con bienestar?

La cuestión es muy importante porque nos enfrenta a uno de los males endémicos de nuestro tiempo, y es la sensación de soledad. Nos sentimos cada vez más solos en un escenario en el que, curiosamente, cada vez permanecemos más conectados. Es decir, más vínculos, pero cada vez menos significativos, más superfluos, con menos hondura.

Quizá esta respuesta suene algo tópica, pero vivimos un momento en el que se hace muy importante recuperar nuestra interioridad como un lugar habitable. Que estemos expuestos a tantos estímulos también quiere decir que nuestras exigencias afectivas y estéticas son también más redirigidas para cumplir ciertos cánones considerados socialmente aceptables e incluso deseables. Los casos de TCA (trastornos de la conducta alimentaria) y de TOC (trastornos obsesivo-compulsivos) se han visto incrementados en las últimas dos décadas, en parte, por intentar cumplir con tales exigencias, casi siempre estipuladas o emanadas de intereses económicos. Por eso, es importante recuperar nuestra intimidad como un lugar de habitabilidad placentero, y esto se consigue conociendo que todos esos estímulos responden a voluntades crematísticas muy claras. Las nuevas espiritualidades, cuando son empleadas como un simplón y mercantilista mecanismo de resistencia frente a lo dado (coaching, mindfulness, autoayuda, etc.), inhabilita nuestra potencia crítica para cuestionar qué estamos haciendo de nosotros. Quizá no tengamos que resistir todo, sino aprender a distinguir qué debemos y qué no debemos resistir, tanto a nivel individual como social. En este sentido, la filosofía nos proporciona herramientas argumentales con las que contrarrestar el influjo de los imperativos de nuestro tiempo y a recuperar el juicio propio como instrumento para construir una interioridad desde la que cuestionar lo establecido. Por tanto, la filosofía como un instrumento de autoconocimiento y de conocimiento del mundo para ejercer una acción comprometida con todo aquello que acontece. La mirada esperanzada al futuro forma parte de nuestras funciones adaptativas, pero no como una mera función de resistencia, sino como una herramienta de constitución de comunidad sana y acorde a nuestras potencias intelectuales, esto es, no sujetas al influjo constante del entramado económico y publicitario.

Por otro lado, y de su mano, reinstaurar la necesidad y urgencia de trenzar lazos comunitarios y sociales debe situarse en la agenda prioritaria de colegios e institutos. Generar vínculos sociales que nos repercutan en la tarea comunitaria de construir una sociedad cuyos miembros estén implicados en los asuntos que a todos y todas nos repercuten.

De manera inconsciente, estamos dejando como herencia cultural a las nuevas generaciones esta ansia por un continuo e irrelevante hacer que, en ocasiones, resulta vacío por su propia dinámica.

Otra de las cuestiones recurrentes en la filosofía es la relación del ser humano con el tiempo. La filosofía pone a dialogar pasado, presente y futuro, un diálogo que hemos perdido para habitar en un presentismo absoluto y autorefencial donde nos sentimos ahogados y solo vemos lo distópico. ¿Puede la filosofía ayudarnos a recuperar la utopía, a recobrar las referencias del pasado y la mirada esperanzada al futuro?

Una breve puntualización, y es que pienso que, a pesar del presentismo en el que nos abocan a vivir con un desear todo aquí y ahora, quererlo todo ya, la permanente disponibilidad, como si el mundo fuera algo que está a nuestra entera y permanente disposición, resulta prioritario y esencial recuperar el presente como lugar y herramienta desde los cuales pensamos y actuamos. Es decir, un presente no puramente pasivo, sino fundamentalmente activo y responsable.

Precisamente, desde la publicidad y las corporaciones empresariales intentan impedirnos que contemos con ese necesario tiempo para construir nuestro deseo, un tiempo muy relevante en nuestras vidas. No sólo por cuanto nos ayuda a conocernos y a actuar en consecuencia, sino también y sobre todo por cuanto la felicidad nos es presentada como un producto más de consumo que tenemos al alcance de la mano en función de nuestro poder adquisitivo. La felicidad es esencialmente, y esto lo sabemos desde Aristóteles, una actividad, un proceso, un camino. La felicidad es el proceso, no el resultado, y esta relación con el tránsito se ha perdido o ha quedado muy desdibujada e incluso menospreciada.

La felicidad, de ser algo, se da en el acto de constituirse como ser feliz, es decir, de ser que aspira a algo en consonancia con los propios intereses, pasiones, afectos y emociones. La felicidad no tiene que ver con sentirse colmado por todo cuanto se desea, sino que más bien estriba en tener las condiciones adecuadas para construir nuestro deseo. Tal es mi convicción. Es feliz quien puede pensar en los medios para alcanzar lo que desea, y nuestra actualidad se caracteriza, al contrario, por una precariedad económica y emocional que nos impide situarnos con libertad en ese horizonte de posibilidades. De ahí se deriva el auge de la autoayuda o el coaching emocional, porque la gente necesita sentirse bien con aquello que hace, aunque lo que haga no tenga nada que ver con sus aspiraciones y deseos. Estas técnicas cifran su cometido en procurarnos mecanismos emocionales para soportar nuestro malestar. Lo que defiendo es justamente que deberíamos contar con los instrumentos emocionales e intelectuales necesarios para poder investigar y cuestionar las estructuras que hacen posible ese malestar.

Carlos, antes has mencionado el concepto de deambular. En una de tus lecturas de un texto de Alejandra Pizarnik subrayas la ansiedad y malestar que sentía la autora cuando visitaba una librería y era urgida por el comerciante a que tomara decisiones de compra, lo que le impedía perderse en los libros a su gusto. En el mundo actual hay que saber lo que se quiere y hay que tener siempre un fin en mente, lo cual resulta agotador. ¿Necesitamos recuperar esa idea de deambular? ¿Qué piensas que nos aporta el deambular a la hora de completarnos como personas?

El hecho de deambular encierra una característica que considero indispensable. No es la inutilidad, como defienden algunos pensadores, sino la pura gratuidad. Por supuesto, no hablo en términos económicos, sino emocionales. Existen acciones que llevamos a cabo por el puro placer que nos reportan, al margen del rédito que podamos extraer de ellas. Por tanto, no se trata tanto de reconocer la utilidad de lo inútil como de recuperar el carácter de gratuidad que se da en algunas acciones en y de las que, sencillamente, no esperamos nada a cambio.

Nos hemos acostumbrado peligrosamente a que todo esté mediatizado por diversos intereses. Pero lo que hacemos con auténtico placer y a lo que nos entregamos sin reservas es aquello que hacemos sin anhelar ninguna recompensa, ninguna gratificación: lo hacemos por hacer, por el puro goce de hacerlo. Cuando dos amantes hacen el amor y se pierden en su puro disfrute, en la presencia y el tacto del cuerpo ajeno, no piensan en qué sacarán de provecho de esa unión, de esos momentos de intimidad. Sin más, se entregan a sus emociones y sensaciones. También el paseante que sale de casa, mira al cielo y respira, disfruta de su entorno y no tiene una meta definida hace del propio paseo el fin de su acción. El paseo no está mediatizado por ningún interés, pasea por el gusto de pasear. O, en fin, la lectura. Son actividades en las que, además, el tiempo queda difuminado, o incluso desaparece nuestra dimensión temporal. Sólo cuando dejamos de hacer el amor, de pasear o de leer nos damos cuenta de que ha pasado el tiempo, a lo que, elocuentemente, Baudelaire llamó “la caída en el tiempo” o “la tiranía del reloj”.

Combatir la compulsión y la rapidez significa hacernos menos susceptibles, más conscientes y menos manipulables.

Otro de lo conceptos que escuchamos con asiduidad en nuestros días es el de pensamiento crítico, pero su sentido queda constreñido a una mera fórmula enseñable que distinga lo verdadero de lo falso, las fake news de las no fake. Carlos, ante esa visión empequeñecida ¿qué es para ti pensar críticamente? 

En primer lugar, como ya señalé anteriormente, la filosofía nos alarma. Y esto sólo en su faceta teórica. Es decir, cuando examinamos nuestro presente con las armas intelectuales con las que nos dota la historia del pensamiento, cuando pensamos críticamente la realidad. Esta concepción del pensamiento crítico se ha banalizado con su uso excesivo y superfluo, pero lo cierto es que, bien explicado, es uno de los elementos más relevantes de la actividad filosófica. Criticar es, etimológicamente, cribar, es decir, pasar por el cedazo del pensamiento nuestro mundo. O, dicho de otro modo, es situar nuestra realidad frente a un tribunal que, en palabras de Kant, es o debería ser insobornable, y ese tribunal es nada más y nada menos que el de nuestras potencias racionales. La razón nos exige explicaciones no sólo para saber qué pasa, sino cómo y por qué pasa. Esto, y no otra cosa, es el pensamiento crítico, y no esa meliflua actitud con la que se intenta vender la filosofía como un edulcorante intelectual.

Cuando se presenta la filosofía como un mero pensar crítico se convierte en un dogma más. Ejercitar la crítica es un proceso que llega tras estudiar la realidad y tras examinar la historia del pensamiento y de la cultura. Es el camino, no el resultado, no una receta ni un mandamiento. No por ser filósofo o por ser profesor de Filosofía se es experto en el pensar crítico. Hay muchos médicos, periodistas, psicólogas, psiquiatras, sociólogas o científicos que observan la realidad con el mismo sentido crítico que un filósofo o un profesor de Filosofía. La actitud crítica no es exclusiva del pensar filosófico, sino del compromiso que va asociado al saber: cuando nos comprometemos en y con el camino de saber más y mejor, surge inevitablemente el pensar crítico. El pensamiento crítico no es un terreno acotado ni reservado para la gente dedicada a la filosofía. Defender lo contrario supone caer en un gremialismo estúpido y en una visión muy pobre, dogmática y restrictiva.

Por tanto, lo que hay que enseñar es la importancia de desarrollar esa capacidad crítica en y desde cualquier disciplina. Y esto tiene más de actitud que de aptitud y, por tanto, es algo que puede y debe mostrarse con ejemplaridad, tanto en el ejercicio de nuestras profesiones como en las aulas de colegios, institutos y universidades. Las experiencias más enriquecedoras que he tenido a la hora de practicar el pensamiento crítico no ha sido con colegas de profesión, sino con amigos y amigas de otras disciplinas. Por ejemplo, recientemente he participado en un apasionante proyecto en el que se daban cita biólogos, bioquímicos y astrofísicos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) y del Centro de Astrobiología (CAB), con quienes cuestioné varios interrogantes a raíz de la posibilidad de que exista vida fuera de la Tierra, de donde surgieron preguntas como qué es la vida, si haría falta una legislación interplanetaria, si nuestros cánones morales cambiarían, etc. Esto es pensar críticamente. Querer saber, estudiar y escrutar la realidad, interrogarla y examinarla, ejercer ese conocimiento activamente y ponerlo en práctica. El resto son recetas facilonas que, sin más, quieren vender la filosofía como un producto más de consumo.

El peligro no es la pantalla. El peligro es ponernos ante ella de manera acrítica y, por tanto, bajo riesgo de quedar anestesiados por el dulce resbalar que nos proporcionan las nuevas tecnologías.

Carlos, para finalizar, permíteme dos últimas preguntas. La primera tiene que ver con aquello que afirmaba Kierkegaard de que para alcanzar algo más que la medianía, hay que querer una sola cosa. En un mundo de estímulos como el que habitamos, ¿qué propone la filosofía para recuperar esa concentración y profundidad en una sola cosa?

No sé exactamente qué propone la filosofía, y sería muy pretencioso por mi parte hacerme poseedor de ese parecer. Pero sí puedo decir qué propone la actitud filosófica tal y como yo la entiendo. Somos máquinas deseantes, individuos mediatizados por un deseo que nos atraviesa de una parte a otra de nuestro ánimo y de nuestra inteligencia. El deseo es parte constitutiva de nuestra animalidad, de nuestro ser biológico, y hay que tomarlo con naturalidad. La sobrestimulación no es perniciosa en sí misma, aunque pueda responder a intereses perversos y perfectamente articulados, desde luego, pero sí es pertinente mostrar y repetir que somos nosotros quienes elegimos hacernos cargo de unos estímulos y desechar otros. Es decir, está a nuestro alcance la elección de entregarnos al permanente y asediante influjo al que nos empujan la publicidad, las noticias, las redes sociales, las grandes corporaciones empresariales, … Y a esto se aprende, y todo lo que se aprende puede, de alguna manera, enseñarse, bien sea en un entorno académico o mediante el ejemplo y la experiencia.

Siempre defiendo que el auténtico negocio de nuestra actualidad reside en hacerse con el monopolio de nuestra atención. Es nuestra atención, como mecanismo cognitivo básico, el que se ha puesto en venta y con el que mercadean desde diversas instancias políticas y económicas. De hecho, quienes están detrás de estas técnicas que se adueñan de nuestra atención son psicólogos, sociólogos y filósofos, es decir, gente que sabe cómo funciona nuestro cerebro a nivel individual y social y que, si me permites la expresión, trafica con nuestro deseo o capacidad de desear, que es potencialmente infinita o, al menos, indeterminada. Nuestro deseo es al principio y precisamente indeterminado. Es el deseo del propio deseo, nuestra potencia para querer y desear. Ya escribió Nietzsche muy acertadamente, aunque él se refería a algunas ilusiones metafísicas que, por cierto, también pululan por nuestro presente en forma de autoayuda salvífica, coaching emocional y nuevas espiritualidades de tan diverso como cuestionable calado, que el ser humano prefiere querer la nada a no querer.

Lo que hacen estas maquinarias propagandísticas y publicitarias es, en primer lugar, espolear ese deseo, es decir, ponerlo en movimiento, sobre todo con técnicas de oposición y conflicto del tipo ‘este individuo tiene algo que tú no y que por tanto ansías y anhelas’ y, en segundo lugar, redirigen nuestro deseo muy astutamente hacia aquello que se vende. Y todo ello se hace emocionalmente, apelando a nuestra parte más afectiva. No solemos desear cuanto nos promocionan en virtud de una larga meditación sobre eso mismo que deseamos, sino por pura impulsividad y, finalmente, por compulsión. Tras este entramado tan bien orquestado de conquista de nuestra atención y nuestro deseo se esconden técnicas tan básicas como el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante, es decir, técnicas de modificación de nuestro comportamiento que tienen que ver, respectivamente, con la asociación de emociones positivas a la vista de un producto cualquiera o con la gratificación tras haberlo obtenido. Por eso es tan importante que enseñemos la asignatura de Psicología en colegios e institutos, e incluso en la universidad, para mostrar los fundamentos básicos con los que la publicidad y las empresas juegan con nuestro deseo, el cual pretenden secuestrar.

Por ello, debemos llevar a cabo actividades que potencien la capacidad para recuperar nuestra atención y concentración, como la lectura, el paseo, una buena conversación, la escritura o la escucha pausada de piezas musicales. Todo lo que fomente la pausa y detenga la hipertrofia de nuestra atención se traduce en un camino de recuperación y reconquista de nuestra atención, lo que, a fin de cuentas, puede desembocar en una reconquista de una acción y de un pensamiento conscientes y comprometidos. El auténtico negocio es hoy el de nuestra atención, es ella la que está a la venta. Dotar a nuestros niños y jóvenes de herramientas intelectuales y emocionales para que puedan hacer frente a este aluvión es prioritario si no queremos que los individuos funcionemos de manera autómata a fuerza de habernos acostumbrado, sin más, a reaccionar, y no a actuar autónomamente, con el ejercicio del juicio propio.

La felicidad es el proceso, no el resultado, y esta relación con el tránsito se ha perdido o ha quedado muy desdibujada e incluso menospreciada.

FUENTE: CARLOS J. GONZÁLEZ SERRANO

Finalmente, déjame terminar apelando a la belleza. Nuestra sociedad entregada a la productividad, la funcionalidad, el diseño y lo útil parece haber perdido la capacidad de contemplación, asunto que Schopenhauer consideraba condición sine qua non para disfrutar la belleza. Carlos, ¿cómo podemos encontrarnos a diario con la belleza?

He de confesar que, aunque Schopenhauer ha sido un maestro en muchos asuntos a lo largo de mi carrera, casi un espíritu tutelar, cada vez me declaro menos ‘schopenhaueriano’, sobre todo en lo referido a su acendrado pesimismo, que llama, en última instancia, a una vía de negación del mundo a través del ascetismo. El pesimismo que defiendo tiene más que ver con raíces metafísicas que antropológicas. No considero que el ser humano sea constitutivamente malo, aunque sí cuenta con una voluntad que le empuja a desear de manera continua y, en ocasiones, desaforada. Modular esta voluntad, y nuestros deseos en general, sí puede ser una lección justa y pertinente de Schopenhauer para nuestros tiempos.

Me parece que el pensamiento ha de mover a la acción, más allá de que, por ejemplo y en mi caso, sea pesimista. Ahora bien, es un pesimismo que observa el horizonte con la vehemencia propia del pensamiento comprometido, pero también con ilusión y de manera esperanzada. Es posible que no podamos cambiar lo que somos, pero sí nos somos capaces de modificar nuestra conducta para adecuarla a las necesidades de nuestro tiempo y de nuestros semejantes, de “nuestros compañeros de pesadilla”, como defendió Cioran. Y para observarla con un tono irónico y de humor muy necesario. En ocasiones una sonrisa es la mejor respuesta a los sinsabores de la existencia, que parece jugar con nosotros de forma azarosa. Por tanto, sí, me declaro pesimista en términos metafísicos, somos lo que somos, pero no antropológicos puesto que en la acción nos jugamos todo, y en esa acción el pensamiento filosófico cobra una relevancia primordial. El conocimiento transforma, o puede llegar a hacerlo, el modo en que nos comportamos.

Respecto a la belleza, es un concepto desdibujado en términos estéticos y que siempre ha estado en boca de pensadores y filósofos. Más que plantear una definición estrictamente estética, técnica y rigurosa, me decanto por una definición experiencial que tiene que ver más con lo emocional que con lo teórico o lo erudito. Por supuesto, podemos desarrollar todo tipo de reflexiones sesudas sobre la categoría estética de lo bello, pero ahora me interesa qué sentimos cuando eso que llamamos bello, o que sentimos como bello, nos asalta. En este sentido, presentaría la belleza como un sentimiento de exaltación interior que potencia y engrandece todo nuestro entramado emocional. Si algo hace la belleza es expandir nuestro ánimo y ensanchar nuestras posibilidades intelectuales, afectivas y emocionales. Por eso la belleza y la experiencia de lo bello, sea en un museo, escuchando una pieza musical, en el contacto con el cuerpo amado o en la contemplación de un paisaje, nos permite dejar a un lado todo aquello que, al contrario, constriñe, limita y acota nuestra experiencia. La belleza nos aleja, al menos momentáneamente de lo perentorio, de lo urgente, de las necesidades más violentas de la existencia, y nos aproxima un mundo anímico en el que transitamos un universo distinto, incluso etéreo, pero muy accesible en términos emocionales. Cuando la belleza aparece y se apodera de nosotros, el imperativo de utilidad queda despreciado, empequeñecido e incluso queda desactivado. Fomentar las experiencias que nos acercan a la belleza es enseñar a ver el mundo sin los anteojos del beneficio o la pérdida, significa alejarnos de las cadenas de la productividad. Hay una cita de María Zambrano que me obsesiona y que me recuerdo muchas veces. Creo que será un digno cierre de esta también bella entrevista: “El que ha sabido mirar, siquiera sea un árbol, ya no muere”.

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2 comentarios en «Entrevista a Carlos J. González Serrano»

  1. Estupenda e inspiradora entrevista. Uno de esos textos que aportan luz y significado en un mundo convulso. Reivindicar el papel de la filosofia como el modo y la actitud donde re-ubicarnos, como comenta Carlos J. González, desde la disidencia y el cuestionamiento de nuestra realidad , tal vez sea la mejor manera de explicar para que sirve la filosofia. Gilles Deleuze dijo al respecto que la filosofía sirve para entristecer. Una filosofia que no entristece o no contraria a nadies no es una filosofia»

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