Elogio de la regularidad. Los 8 beneficios de ser regulares

Nuestro mundo demandante de sobre excitación y de lo extraordinario ha dejado de lado la importancia de la regularidad, y ha olvidado lo fundamental que resulta para que podamos vivir una vida significativa y con bienestar.

EQUIPO DE REDACCIÓN

A menudo, los deportes sirven para poner de relieve circunstancias que en nuestro día a día apenas apreciamos, aunque sucedan con bastante frecuencia. Subamos por un instante nuestros pies a los pedales y fijemos nuestra mirada en el ciclismo, en concreto, en su prueba más señera, el Tour de Francia. A no ser que el lector sea un aficionado excepcional a este deporte, al resto de los mortales nos es imposible recordar quién fue el último ganador del premio a la regularidad. Sin embargo, es seguro que, a poco que uno vea o lea los deportes, sepa quién ha sido el ganador de la prueba e incluso el vencedor del premio a mejor escalador.

Los propios maillots dicen mucho sobre este asunto. El color amarillo del líder lo destaca por encima del resto, lo identifica con lo más alto, con el sol, con el oro, con la energía y el optimismo. El liderazgo es resaltado, mirado y admirado allá por donde va. Tampoco pasa desapercibido quien gana la montaña. El mejor escalador viste su maillot blanco con lunares rojos y es también inmediatamente identificado y admirado. El rojo sobre el blanco resalta el esfuerzo, la pasión, la garra, la lucha, el poder, la fuerza y el drama de quien se pelea y gana en las más pronunciadas pendientes.

Pero… ¿qué hay de la regularidad? ¿Qué color le es asignado? El ciclista más regular va enfundado en un maillot verde que transmite serenidad, calma, paz y estabilidad. Por eso, entre la maraña de ciclistas que pueblan el pelotón, distinguimos con facilidad al admirado líder o al esforzado escalador, pero apenas nos percatamos del campeón de la regularidad.

Como la vida misma. Nuestro mundo actual construido a base de lo emocional, del sobresalto, del hito tras el hito, de los “partidos del siglo” que se repiten continuamente, necesita y demanda héroes esforzados que coronen montañas escarpadas, líderes a los que colocarles el oro que los destaque. Requiere de la generación de gestas temporales que nazcan y mueran con rapidez. Si nuestra sociedad tuviera un único corazón y pudiéramos hacerle un electrocardiograma, la pantalla se llenaría constantemente de picos de subida y de caídas abruptas casi sin solución de continuidad.

Ser regular es hoy algo casi peyorativo, identificado con ser del montón en el peor de los casos, y en el más benévolo con el ser aburrido y ser previsible, justo lo contrario de lo que se nos acostumbra en el mundo del sobresalto que habitamos. Sin embargo, como sociedad e individuos demandamos mayor previsibilidad, mayor estabilidad, algo que solo puede provenir de practicar esa regularidad que, a la vez, rechazamos.

La regularidad, por el contrario, es esa línea casi plana que no busca la alteración como forma de vivir y de significarse, sino que se mantiene relativamente estable y en un mismo tono. Sin grandes picos, sin grandes caídas. Sin grandes llamadas de atención, sin grandes sorpresas de las que admirarse o lamentarse.

Por eso, hoy en día, esa regularidad pasa desapercibida entre todos los estímulos que se nos proponen, entre todas esas caídas y subidas abruptas que buscan mantener nuestra tensión emocional y nuestra excitación en niveles máximos. Ese paso a segundo plano de la regularidad provoca que también olvidemos la necesidad que tenemos de ella para dotarnos de una vida significativa y con bienestar, y para contribuir a un mundo y una sociedad más habitable y próspera.

Ser regular es hoy algo casi peyorativo, identificado con ser del montón en el peor de los casos, y en el más benévolo con el ser aburrido y ser previsible, justo lo contrario de lo que se nos acostumbra en el mundo del sobresalto que habitamos. Sin embargo, como sociedad e individuos demandamos mayor previsibilidad, mayor estabilidad, algo que solo puede provenir de practicar esa regularidad que, a la vez, rechazamos.

Los 8 beneficios de ser regulares

Ser regular posee una serie de beneficios que mejoran nuestra vida significativamente, no solo como individuos, sino también como parte integrante y activa de la sociedad.

  • Innovación. Puede que en primera instancia nos resulte contradictorio, pues tendemos a identificar regularidad con repetición, algo que parece lo contrario a la innovación, que se refiere a la creación de algo nuevo. Pero la innovación requiere alterar algo, y ese algo que ha de alterarse solo puede ser conocido si se lo visita con frecuencia, si se es regular en esa visita. La regularidad y la repetición nos señalan el camino para detectar dónde ha de producirse la innovación.   
  • Creatividad. La creatividad ha de partir de algo, de una base firme, para luego expandirse y superar esos límites. Sin base firme no hay creatividad, y sin regularidad no hay base firme. Necesitamos ser regulares porque nos proporciona el asidero desde el que lanzarnos a crear algo distinto y diferente. No podemos crear nada diferente si no sabemos de lo queremos diferenciarnos, y ese conocimiento de lo que queremos diferenciarnos solo lo otorga la regularidad y la repetitividad.
  • Autoestima. La autoestima es la percepción sentimental que tenemos de nosotros mismos. Cuando somos regulares en nuestra vida, cuando repetimos patrones y lo hacemos de continuo, nos proporcionamos confiabilidad hacia nosotros mismos, nos dotamos del poder de la propia previsibilidad que nos confiere seguridad. Mostrarnos regulares en nuestra vida es una fuente de autoestima.
  • Mejora continua. Como dice Óscar Fajardo en su libro Vivir sin arrepentirse, la aparente insignificancia del paso más que damos cada día es el que, sumado uno tras otro, hace el camino. Igual que la fábula de la liebre y la tortuga, ser regulares en nuestro paso, ser firmes, nos conduce a cubrir las mayores distancias. No hay posibilidad de mejora continua si no hay regularidad.
  • Aumento del control y de nuestra zona de influencia. Era Stephen Covey quien en su libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, hablaba de los círculos de influencia como los ámbitos en los que las personas poseen capacidad de influir en las situaciones. Cuanto más vivamos en ellos, más significativa será nuestra vida puesto que tendremos más control sobre ella. Una manera de aumentar esa zona de influencia es mediante la regularidad. La regularidad implica poseer patrones que se cumplen, y la idea de patrón y de cumplimiento crea una zona, un círculo en el que pasamos buena parte de nuestra vida y en el que podemos influir y controlar lo que en ella sucede.
  • Bienestar. Una de las fuentes de bienestar es el deber cumplido. Cuando nos fijamos una serie de obligaciones y las realizamos, vaciamos nuestra mente de preocupaciones, sentimos que hemos cumplido y eso nos relaja y hace sentir bien. Ser regulares nos permite establecer obligaciones y deberes que, cuando los llevamos a cabo, nos hacen sentir liberados de cualquier otra carga, y vivir el momento y el presente de una forma plena.
  • Mejores y más profundas relaciones. Quien es regular se convierte en alguien confiable porque se puede prever su comportamiento y saber lo que se puede esperar de esa persona en determinadas situaciones. La regularidad nos hace confiables para los demás, y solo en la confiabilidad nace la intimidad que hace las relaciones mejores y más profundas.
  • Crear comunidad. Una de las cosas que más satisfacción nos produce es formar parte de una comunidad. Pero una comunidad bien constituida necesita de previsibilidad, de cumplimiento de unas expectativas de comportamiento por parte de cada individuo que la conforma. La regularidad otorga esta confirmación de expectativas. Quien es regular permite a la comunidad contar con él, y saber dónde, cuándo y cómo hacerlo, lo que contribuye a la configuración, ordenación y consolidación de dicha comunidad.

De regreso al mundo del deporte, esta vez a la esfera del tenis, preguntado Rafael Nadal por su éxito tan prolongado a pesar de la competitividad creciente y de su edad, su respuesta no fue otra que la capacidad que había mostrado en su carrera para ganar partidos en los que jugaba mal. No hay mayor manifestación de la regularidad que esa. Quien es regular siempre termina por ganar la partida de su propia vida.  

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