El tiempo no es oro

La sociedad actual ha transfigurado el tiempo y su disponibilidad en algo tan valioso y deseado como el oro. Lo ha convertido en un bien extraordinario y escaso, transformándolo en verdadero valor de referencia de todas las cosas, y cada vez más.

ÓSCAR FAJARDO

El oro puede acumularse, el tiempo no. El oro puede tocarse, el tiempo no. El oro es valor refugio y estabilidad ante las incertidumbres, el tiempo solo posee la certidumbre de que se nos escapa a cada momento. El oro tiene un igual significado para todos y cada uno de nosotros, el tiempo ni siquiera es igual para uno mismo dependiendo de la circunstancia. El oro es estático, el tiempo es dinámico. El oro pesa, siempre pesa, el tiempo es a veces pesado y, a veces, tan ligero como el viento.

A pesar de estas y otras muchas evidencias, nuestro mundo ha hecho del concepto del tiempo algo tan valioso como el oro. Lo ha convertido en un metal precioso y lo ha transformado en verdadero valor de referencia de todas las cosas, y cada vez más. Nuestro verdadero patrón no es el dólar, ni el oro, ni cualquier otra materia prima, sino el tiempo. Las onzas, los centavos, los galones apenas representan nada en nuestras vidas si los comparamos con los días, las horas, los minutos y los segundos, auténticas varas de medir, de delimitación y definición de nuestras existencias.

El tiempo como hoy lo entendemos y en el que pretendemos vivir es un tiempo de artificio, una creación humana matemática y exacta que posee sus unidades de medida, que es contable y que, como todo lo contable, se gana y se pierde, se acumula y se conserva. En esa ilusión de tiempo artificial que se limita a lo contable, el tiempo pasa a tener un cariz utilitario, material y mecanicista que, primeramente, introducimos como medida a nuestro servicio para, progresivamente, convertirlo en nuestro principal objeto de deseo, en nuestro juez fundamental y en nuestro principal ordenador de vida.

Valoramos las cosas por el tiempo que se tarda en conseguirlas, por la rapidez con la que son servidas. La diferencia entre esas cosas que recibimos no está ya tanto en si son mejores o peores en sus cualidades y calidades, sino en si se entregan con la exigida velocidad e inmediatez. Hoy todo tiene que ser antes. La diferencia estriba en tardar menos que ayer o que el otro. Si hace siglos el valor lo representaba aquello que se dilataba en el tiempo, lo que se maduraba, lo que era viejo y se mantenía, en el mundo actual es justamente lo contrario. El servicio justo a tiempo, la anticipación de la entrega hasta casi hacerse simultánea a la decisión tomada, son esos los mimbres sobre los que edificamos nuestra existencia presente, y son esos los marcos sobre los que nuestro ser se va alienando y comprimiendo.

En esa ilusión de tiempo artificial que se limita a lo contable, el tiempo pasa a tener un cariz utilitario, material y mecanicista que, primeramente, introducimos como medida a nuestro servicio para, progresivamente, convertirlo en nuestro principal objeto de deseo, en nuestro juez fundamental y en nuestro principal ordenador de vida.

El tiempo, pensamos, se puede medir, contar, gestionar, e inmediatamente se convierte en oro, en algo escaso que hay que ahorrar porque se pueden acumular reservas. Súbitamente, nuestra sociedad se puebla de esos hombres grises que se multiplican por miles y que nos invitan a ahorrarlo como en el Momo de Ende porque “los ahorradores de tiempo viven mejor. Los ahorradores de tiempo son dueños del futuro.” Así que cada minuto y segundo se trasforman en algo que no ha de perderse, que ha de aprovecharse al máximo haciendo lo máximo y en el menor lapso posible. Solo así podremos ser dueños de ese futuro.

Pero, como el propio Momo descubre, todos esos ahorradores de tiempo muestran “caras desagradables, cansadas o amargadas y ojos antipáticos.” Y es que, como el oro, el tiempo jamás es suficiente, siempre falta, y ese ahorro nunca posee límites, por lo que el propio ahorro de tiempo se convierte en un fin en sí mismo que nos amarga, en vez de ser medio para lograr algo que nos realiza. La consecuencia es que no podemos ni sabemos tener tiempo libre. Lo que queda libre está vacío, y el tiempo convertido en oro y su acumulación hecha objetivo en sí mismo nos conduce a llenar constantemente esos vacíos con actividad supuestamente productiva. Todo ello sin olvidar que el tiempo no es oro, que el tiempo se pierde, y que lo que pasa ya no regresa. Que el tiempo solo se acumula en los recuerdos que provienen de las experiencias realmente vívidas y vividas, y que estas solo proceden de lo que no se cuenta ni en minutos ni en segundos.

El tiempo artificioso nos ha alejado del tiempo natural, nos ha encapsulado en nuestra enloquecida realidad ficticia y nos ha convertido en sus esclavos. “La laguna crece y mengua, pero nadie sabe si lo hace de un modo regular y periódico, aunque, como suele pasar, muchos pretenden saberlo” escribía Thoreau. Más allá, o mejor, más acá, existe un tiempo que supera con creces nuestra limitada contabilidad de minutos y segundos, que tiene su propia regularidad que se nos escapa, que nos expande y no nos constriñe, que nos otorga una medida y no nos mide, y que nos procura experiencias que serán recuerdos de una vida bien vivida. Y es que, como afirmó Heidegger, quien existe con propiedad siempre tiene tiempo.     

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