Inseguridad y orden social

Nada descubrimos al decir que buena parte del orden social desplegado por las sociedades en la historia de la humanidad ha encontrado su origen en la preservación de la seguridad. Aquel concepto hobbesiano del hombre entendido como ser que busca incrementar su propia reputación, que compite y que desconfía de los demás, fue base y fundamento de un contrato social que, con sus variaciones y modificaciones, ha llegado hasta nuestros días. La idea de inseguridad, el temor a lo que pueda suceder, el miedo a perder lo que es propiedad de uno, la desconfianza hacia el otro y lo otro, así como la angustia por lo desconocido configuran una forma de organizarnos, de ordenarnos, que marca nuestras instituciones y fundamentos políticos, nuestras relaciones y comunicaciones, nuestras normas y nuestras leyes. Ante el peligro del desmán, del mal funcionamiento que provocan conductas individualistas no deseadas, oponemos la garantía de la ley, de las normas, de las instituciones. Una inseguridad que se entiende como un efecto secundario inevitable de la naturaleza humana, de su comportamiento egoísta basado en un deseo individual que algunos tratan de satisfacer a costa del resto.

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Centros y periferias

Desde sus primeros asentamientos, la especie humana posee una tendencia innata a la concentración. El concentrarse implica un ‘estar todos y estar juntos’ que origina lo que hoy entendemos como centralidad. Los centros surgen como consecuencia del juntarse y de hacerlo todos, o una mayoría. El centro no es, pues, un concepto fijo ni inmóvil, en tanto en cuanto su nacimiento proviene de una concentración que lo antecede. Lo que hoy es centro mañana puede no serlo porque, lo que es central, lo es siempre respecto a algo, y ese algo viene dado por la concentración, que es caprichosa y movible. El centro queda así entendido como aquello donde está todo, donde estamos juntos. Pero a la acción de concentrarse y de crear un centro le es consustancial la periferia, que es todo lo que queda fuera de él. Centro y periferia no se entienden uno sin el otro. La concentración crea dispersión fuera de ella por lo que al acto de concentrarse le es intrínseca su propia periferia. Y todo ello resulta en un proceso sin fin porque en la periferia de un centro grande existe un centro más pequeño que posee a su vez su propia periferia más reducida. Centro y periferia actúan como matrioskas en un movimiento infinito de imposible atajo, por más que creemos instancias cada vez más minúsculas. No hay centro sin periferia, ni periferia sin centro.

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Filántropos y voluntarios

Bill y Melinda Gates, Warren Buffett, George Soros o Amancio Ortega, entre otros pocos, continúan la senda de aquellos Rockefeller o Carnegie, y toman un protagonismo filantrópico olvidado en anteriores décadas. Entre tanto, millones de ciudadanos de todo el mundo no necesitan ya adscribirse a asociación alguna para ejercer su voluntariado. Las instituciones demandan y exigen una suerte de despliegue de ‘voluntad ciudadana’, de arrimar el hombro casi obligado para solventar problemas que nos sobrepasan.

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Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

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Nuevas lógicas

Si hay una peculiaridad de las ciencias sociales es su incapacidad de ser exactas por no poder ser plenamente empíricas en la demostración de sus hipótesis. El material con el que trabaja, los seres humanos y sus relaciones, y el propio ámbito de estudio y experimentación, donde la sociedad es el laboratorio, lo hacen improbable. Así, las lógicas que rigen nuestro cuerpo social, esas ideas que se expresan sin que haya entre ellas contradicción aparente y que se manifiestan de forma coherente, no dejan de ser algo mucho más cercano a la creencia que a la comprobación empírica. Esto supone que para nuestro correcto funcionar, hemos de construir lógicas a las que le damos una consistencia indiscutible, pero que se basan en creencias de escasa base demostrada. Leer más “Nuevas lógicas”

Hacia una nueva universalización

“La sociedad no existe. Solo hay hombres, mujeres y familias”. Con esta frase expresaba Margaret Thatcher el papel que otorgaba a la sociedad en sus enfoques neoliberales que tuvieron su par reflejo los EE.UU. de Reagan, y que poco a poco se fueron extendiendo de la mano de economistas como Friedman y su escuela de Chicago por todo el mundo. Esas políticas fueron enterrando, palada tras palada disfrazadas de libertad individual, de meritocracia, de productividad, de riqueza, de progreso y de eficiencia, la idea de ciudadanía social que desde la Segunda Guerra Mundial se había ido construyendo con esmero de la mano de un liberalismo mucho más social, que entendía que la sociedad era un cuerpo básico y fundamental sin el cual no era posible la libertad real del individuo. Un entierro que cavó aún más profunda su fosa gracias a un economicismo exacerbado que medía todo en clave de rentabilidad, beneficios y utilidad, a una globalización que aumentaba la competitividad entre países y que llevaba a recortar gastos para atraer inversiones, a una potenciación de la economía financiera sobre la economía real y a un resquebrajamiento total de los sistemas comunistas con los que desaparecía cualquier contrapeso ideológico. Leer más “Hacia una nueva universalización”

A flor de piel

“En ebullición”, “a punto de” o “a flor de piel”. Cualquiera de estas tres expresiones populares serviría para renombrar el estado en el que nuestra sociedad actual se encuentra. Hemos vivido muchos años en una especie de limbo, en esa idea de “en suspensión” que tan bien definiera Maalouf, donde se aventaban alteraciones y movimientos que nunca acababan de producirse, donde se profetizaban cambios de sistema y, de una u otra forma, el sistema terminaba por reforzarse (basta recordar el mundo postcrisis 2008). Un tiempo en el que la sociedad encontraba un difícil acomodo porque convivía con una pesada y exasperante sensación de provisionalidad, con un extraño habitar en un “no lugar”, esos espacios que son de paso y que, inesperadamente, se hacen morada permanente. En ese “no lugar” nada se asienta, todo se discute, cualquier cosa parece mucho para quedarse en la nada y viceversa también, la nada se hace mucho. En el “no lugar” donde todo es tránsito no se avistan futuros, ni tampoco se acuerdan pasados, tan solo se está. Pero ese estar social en el “no lugar” no puede durar indefinidamente. Y en esas estamos ahora, en ese “a flor de piel”, en ese desplazarnos a un lugar que no sea de paso. Leer más “A flor de piel”

Los nuevos napoleones

Aunque ninguna época repita exactamente acontecimientos anteriores, nunca resulta ser totalmente nueva. Nuestra avidez en tiempos convulsos (o al menos la de algunos) por encontrar paralelismos en tiempos pretéritos, por hallar luz perdida entre las páginas de algún libro olvidado es reflejo fiel de esa intuición humana de saber que alguien debió haber pasado por eso antes, de que somos especiales, pero no tanto, y de que en algún momento ya algunos debieron pensar acerca de circunstancias similares a las que hoy vivimos. En su Napoleón de Notting Hill, Chesterton imagina un nuevo Rey de Inglaterra cuya única ideología es el “humorismo” con el que cubre de banalidad los asuntos más relevantes. Como juego infantil y entretenimiento, convierte cada uno de los distritos de Londres en un reino independiente, les inventa su propia historia y designa un gobernador por cada territorio. La cosa se complica cuando el gobernador de Notting Hill no comprende ese “humorismo”, lo toma como misión cuasi divina, y todo termina con cruentas e innecesarias batallas con los otros reinos de Londres en defensa de la cultura y el sentimiento “nacional” de Notting Hill. Leer más “Los nuevos napoleones”

La nueva acción colectiva

La riqueza se concentrará, el nivel de explotación crecerá, los capitalistas se harán más ricos y poderosos y las capas intermedias se verán empujadas al proletariado. Mientras, la sobreproducción y explotación, sumada a la capacidad cada vez mayor de organización de los trabajadores, hará que la dinámica del capitalismo firme su propia defunción. Transcurrido algo más de un siglo, estas palabras de Marx resuenan ahora con una fuerza inesperada en nuestros días, y en especial aquello referido a la concentración de la riqueza, que se aparece ante nosotros como una profecía tristemente cumplida. Condensada en un uno por ciento de la población global el ochenta y dos por ciento de la riqueza total en el mundo, con una producción que crea ya más excedentes de lo que se consume y con un ascensor social totalmente averiado, nuestra sociedad actual ve evaporarse las clases medias, mientras que el precariado es la nueva forma de empleo, a pesar de presumirse de ser la época con los trabajadores más formados de la historia. Leer más “La nueva acción colectiva”

Empleocéntricos

“Es el empleocentrismo, estúpido”, podríamos decir parafraseando aquella famosa sentencia de “es la economía, estúpido” que con tanto éxito empleara Clinton en su campaña electoral a la Casa Blanca allá por el año 1992. Cuán errados estábamos al creer que éramos antropocentristas herederos de aquella centralidad humana surgida en el Renacimiento. No, el individuo ha sido desplazado del centro, de su ansiado cetro, que ha sido tomado sigilosa y progresivamente por el empleo.  Los seres humanos gravitamos ahora en su órbita y bailamos a su son. Todos, sin exclusión. Del rico al pobre, del empleador al empleado, nadie se libra de esa gravitación. Si buscamos la causa principal de nuestra zozobra, inquietud, incertidumbre y desorientación en este confinamiento involuntario e imprevisto no encontraremos una mejor que el empleocentrismo. Leer más “Empleocéntricos”