Ser lo que parece, o al menos un poco

Que las apariencias engañan o que nada es lo que parece no es algo nuevo. Son asertos que conviven con nosotros de mucho tiempo atrás. La apariencia es lo que parece pero no es, lo que es probable, lo que se presume verosímil, lo que se nos enseña solo en el exterior. Esa idea de probabilidad indica la no necesaria concordancia entre lo que se nos muestra y lo que es. Un poder o un no poder ser, una duda, acompañan siempre a la apariencia. Más allá de disquisiciones filosóficas sobre si la apariencia, aun siendo probabilidad y no verosímil, es también una forma de ser, lo cierto es que, en una interpretación más terrenal, las personas nos movemos en un mundo de apariencias, porque si la apariencia es lo externo que se nos muestra, todo lo que tenemos ante los ojos es en cierta manera apariencia.

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Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

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Esperar y no saber

Esperar y no saber son la fuente de la tristeza. Solo quien sabe y no espera evita la tristeza. Para Albert Camus esta era la manera de esquivar la tristeza, y como epítome de esa actitud, situaba al personaje de Don Juan, que sabía y no esperaba. En nuestros días, nuestra sociedad parece comportarse toda ella como un inmenso Don Juan. Pensamos que sabemos todo y actuamos, no esperamos. Resabiados e hiperactivos como modernos donjuanes. Sin embargo, pocas veces la tristeza se anida tanto y con tanto arraigo como en aquellos que sienten y piensan que saben lo esencial, y fruto de ello, no esperan sino que agotan y se agotan en el continuo del hoy para olvidar el mañana. Saber, o más bien creer que se sabe, y no esperar es entregarse al vivir en el escepticismo, en el cinismo, en el descreimiento y en la distancia.  

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¿Grande o pequeño?

Si hay una característica curiosa que define nuestro tiempo es la importancia que otorgamos socialmente a lo que es grande. Hemos convertido lo grande en símbolo y materialización de lo que triunfa y es exitoso. En un mundo cincelado a golpe de primeras impresiones, de encuentros fugaces y de hiper imagen, se necesita transmitir evidencias en tan solo segundos, ser etiquetado con rapidez, territorio donde lo grande juega con ventaja. Lo grande se divisa de inmediato, es deslumbrante e impresiona de un vistazo. Lo grande demanda poca explicación porque nuestro código cultural asocia ya de por sí una idea de poder a todo lo que posee gran tamaño. Grande por fuera y vacío por dentro, poco importa en el mundo de la apariencia donde lo grande reina, es moneda de cambio y aspiración general.

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Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

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Los vacíos

Si hay una constante en el ser humano es la huida persistente del vacío. Interpretamos el vacío como la nada, la ausencia, la falta, la carencia, la oquedad, el abismo y la insustancialidad. En el vacío se vaga sin destino con acompañantes que se visten de tristeza, angustia, vértigo o incertidumbre. Un vacío que es inevitable y consustancial al hombre y a su conciencia. De casi inmediato, el ser humano toma conciencia de la vida y de la muerte, del hecho de nacer y de su destino de morir físicamente. En esa conciencia del inicio y del fin se abre un espacio vacío que ya no nos abandona.

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Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

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La abstracción y la libertad

Decía Schopenhauer que la abstracción era la única capaz de liberar al ser humano de la cárcel de la voluntad y de la razón. Hoy probablemente añadiría a esas dos ‘prisiones internas’ la externa de la evidencia. Nuestro mundo es preeminentemente visual, y nuestra aproximación a las realidades se produce fundamentalmente a través de nuestros ojos. No en vano, una de las principales clasificaciones que hacemos hoy en día es dividir las cosas entre poco y muy visuales. Y cuando algo es calificado como poco visual queda inmediatamente desacreditado porque lo poco visual adquiere un tono peyorativo, una traza negativa que implica que lo creado no luce, no comunica, no envuelve, no impacta. En un mundo hiper poblado de imágenes que se nos abalanzan a cada paso y a cada clic, nada importa más que el impacto. Ser impactante, gritar a través de la visualidad, atrapar nuestra vista (que no nuestra atención, no equivoquemos), mantenernos una milésima de segundo más en esa imagen que en la siguiente.

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Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

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Los culpables son los otros

En el siglo pasado, Nietzsche situaba el origen de la culpa, que identificaba con la mala conciencia, en la imposibilidad del hombre de exteriorizar sus instintos al quedar inserto en un mundo social sometido a unas reglas que le impedían su desahogo. Consecuentemente, el ser humano volcaba contra sí mismo toda esa energía comprimida y reprimida, y aparecía de esta forma el sentimiento de culpa o mala conciencia. En definitiva, la culpa se convertía en el carcelero interior que mantenía a raya a esos instintos cuya manifestación externa impediría nuestra vida en sociedad. Leer más “Los culpables son los otros”