¿Grande o pequeño?

Si hay una característica curiosa que define nuestro tiempo es la importancia que otorgamos socialmente a lo que es grande. Hemos convertido lo grande en símbolo y materialización de lo que triunfa y es exitoso. En un mundo cincelado a golpe de primeras impresiones, de encuentros fugaces y de hiper imagen, se necesita transmitir evidencias en tan solo segundos, ser etiquetado con rapidez, territorio donde lo grande juega con ventaja. Lo grande se divisa de inmediato, es deslumbrante e impresiona de un vistazo. Lo grande demanda poca explicación porque nuestro código cultural asocia ya de por sí una idea de poder a todo lo que posee gran tamaño. Grande por fuera y vacío por dentro, poco importa en el mundo de la apariencia donde lo grande reina, es moneda de cambio y aspiración general.

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Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

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Los vacíos

Si hay una constante en el ser humano es la huida persistente del vacío. Interpretamos el vacío como la nada, la ausencia, la falta, la carencia, la oquedad, el abismo y la insustancialidad. En el vacío se vaga sin destino con acompañantes que se visten de tristeza, angustia, vértigo o incertidumbre. Un vacío que es inevitable y consustancial al hombre y a su conciencia. De casi inmediato, el ser humano toma conciencia de la vida y de la muerte, del hecho de nacer y de su destino de morir físicamente. En esa conciencia del inicio y del fin se abre un espacio vacío que ya no nos abandona.

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Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

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La abstracción y la libertad

Decía Schopenhauer que la abstracción era la única capaz de liberar al ser humano de la cárcel de la voluntad y de la razón. Hoy probablemente añadiría a esas dos ‘prisiones internas’ la externa de la evidencia. Nuestro mundo es preeminentemente visual, y nuestra aproximación a las realidades se produce fundamentalmente a través de nuestros ojos. No en vano, una de las principales clasificaciones que hacemos hoy en día es dividir las cosas entre poco y muy visuales. Y cuando algo es calificado como poco visual queda inmediatamente desacreditado porque lo poco visual adquiere un tono peyorativo, una traza negativa que implica que lo creado no luce, no comunica, no envuelve, no impacta. En un mundo hiper poblado de imágenes que se nos abalanzan a cada paso y a cada clic, nada importa más que el impacto. Ser impactante, gritar a través de la visualidad, atrapar nuestra vista (que no nuestra atención, no equivoquemos), mantenernos una milésima de segundo más en esa imagen que en la siguiente.

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Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

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Los culpables son los otros

En el siglo pasado, Nietzsche situaba el origen de la culpa, que identificaba con la mala conciencia, en la imposibilidad del hombre de exteriorizar sus instintos al quedar inserto en un mundo social sometido a unas reglas que le impedían su desahogo. Consecuentemente, el ser humano volcaba contra sí mismo toda esa energía comprimida y reprimida, y aparecía de esta forma el sentimiento de culpa o mala conciencia. En definitiva, la culpa se convertía en el carcelero interior que mantenía a raya a esos instintos cuya manifestación externa impediría nuestra vida en sociedad. Leer más “Los culpables son los otros”

De vuelta a los dilemas

Resulta extraordinariamente llamativo cómo nuestra sociedad actual, a pesar de hacer de la libertad de elegir y de la multitud de opciones a seleccionar una de sus principales señas de identidad, es incapaz de convivir con la existencia de dilemas. Los dilemas entendidos como situaciones en las que existen distintas posibilidades que presentan similares razones a favor o en contra para su selección existen desde tiempos inmemoriales, pero nuestros tiempos parecen evitar todo aquello que obligue a tomar decisiones donde entren en juego la responsabilidad moral, la asunción de incertidumbres y la renuncia. Leer más “De vuelta a los dilemas”

El exceso de presente

Pararse a pensar es divisar paradojas. Están a raudales, nos rodean y de tantas que hay, casi concluyo creer que la paradoja es nuestro ser, nuestro estado natural, nuestra esencia. Lo suyo y lo contrario, la contradicción tan solo aparente, lo ilógico que sucede. Hoy más que nunca, parecen más visibles para quien quiera y pueda observarlas, para quien quiera y pueda escribirlas o contarlas. Leer más “El exceso de presente”

El peligro de dar las cosas por sentado

El ser humano necesita dar muchas cosas por hecho para poder sobrevivir y evolucionar. Fisiológicamente, nuestro cuerpo sería incapaz de subsistir, de producir toda la energía que demandaría estar repreguntándose de continuo por todo aquello que acontece y que nos rodea. Tampoco nuestra evolución sería posible si de permanente discutiéramos y replanteáramos cada aspecto de nuestra existencia. Avanzamos porque nos apoyamos en fundamentales que no discutimos, que forman una base sólida sobre la que ir edificando el futuro.

Ocurre a veces, sin embargo, que algunos axiomas y postulados que acompañaron a la humanidad durante siglos se discuten, y de esa controversia surgen nuevos preceptos que sustituyen a los anteriores y provocan un salto cuantitativo en nuestro progreso. Es ese equilibrio dinámico, a veces inestable, entre dar las cosas por sentado y la discusión y sustitución de algunas de ellas lo que genera el movimiento evolutivo de nuestras sociedades. Leer más “El peligro de dar las cosas por sentado”