Revindicar lo aburrido

“Los viejos iban y se perdían en el olvido; en su reemplazo venían los nuevos, pero también a estos ella se acostumbraba pronto o sufría una decepción; comenzaba entonces a buscar ávidamente nuevos y nuevos personajes, los encontraba y volvía a buscarlos. ¿Para qué?”. La virtud de lo clásico resulta de expresar a su manera única la esencia de lo que no cambia con el pasar del tiempo, aquello que pertenece de siempre a la naturaleza humana y no deja de manifestarse bajo distintas formas. Valgan como muestra estas líneas con las que Chejov dibujaba hace más de un siglo a un personaje de uno de sus cuentos. Leídas hoy parecen describir a la perfección cómo se desempeña la sociedad de nuestros días. La novedad, la búsqueda ávida, el reemplazo, la pronta decepción, la conversión de lo nuevo en lo viejo en un visto y no visto. Una aversión a lo estático, a lo que no se mueve y permanece, una huida de todo ello a través del movimiento y de lo veloz. Un horror vacui existencial que se transforma en una forma de vivir y de relacionarnos.

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Un pedazo de cielo

“Cierto es que en mi casa hay toda clase de cosas inútiles. Sólo falta en ella lo necesario: una gran porción de cielo como aquí. Intente conservar siempre una porción de cielo por encima de su vida, muchacho”. Como todo lo clásico, estas palabras de Por el camino de Swann alcanzan con maestría y sencillez lo esencial, una esencia que se convierte en inmortal a la vez que se renueva a la luz de cada tiempo para permanecer siempre actual. Así son los clásicos y su grandeza, y así también lo es este breve extracto. Tres escuetas líneas que radiografían lo fútil de lo superfluo que es abundante, y la escasez e importancia de lo esencial que tendemos a olvidar.

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Los vagos y el valor de cambio

En los años sesenta, Douglas McGregor estableció sus célebres teorías de la X y de la Y para definir dos interpretaciones distintas a la hora de entender la actitud de las personas hacia el trabajo, y de esta manera, enfocar la forma de dirigirlos. En la teoría de la X, el individuo es considerado como un ser poco activo y con escasa motivación, que esquiva la responsabilidad, que posee aversión al esfuerzo y que carece de ambición. Por el contrario, la teoría de la Y estima al ser humano como alguien implicado en su trabajo, proactivo, motivado y con una disposición positiva hacia el esfuerzo y la toma de responsabilidades. Estas visiones, o más bien interpretaciones de la naturaleza humana, propias de un ámbito de gestión empresarial, se han expandido sin embargo a todos los rincones de nuestra sociedad. En un mundo en el que los mecanismos de mercado han copado cualquier rincón, y las relaciones cada vez resultan más transaccionales, no es extraño que estas teorías hayan saltado el cerco de lo meramente empresarial para contaminar la visión generalizada que poseemos de nosotros mismos como especie. Y con ello, la manera en la que nos regulamos y organizamos socialmente.

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Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

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La sociedad siempre abierta

24/7/365. Números fríos que resultan fiel reflejo de uno de los principales rasgos definitorios de nuestro mundo actual. Abiertos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Siempre abiertos. Lo que comenzó como excepcionalidad tiempo atrás en los espacios físicos es ahora normalidad extendida, seña de identidad de nuestra sociedad. El despliegue masivo y la inundación de nuestras vidas por lo tecnológico ya no deja resquicio para cerrar siquiera un minuto. Ahora se ha de estar disponible a todas horas. La maquinización y la automatización de nuestra realidad extiende la idea de computadoras que no entienden de horarios comerciales ni de descansos. Siempre disponibles, siempre activas. Un fenómeno que, se nos insiste, solo redunda en nuestro confort y comodidad, en nuestra libertad de elección porque ahora, se recuerda, podemos decidir cuándo queremos comprar y disponer de nuestro tiempo de la mejor manera posible, sin hacernos rehenes de los horarios de terceros.

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La intención es lo que cuenta

Es esta una frase repetida hasta la saciedad cuando lo que es ansiado no se consigue. La intención convertida en un consuelo, en un ‘por lo menos’ al que asirse si la cosa no funciona. La intención, al fin, confundida e identificada erróneamente con el intento. El intento sí es consuelo, pero no la intención. Y es que no hay intención sin intento, pero sí intento sin intención. Plagamos nuestro existir de intentos sin intención. Pero la intención no debe entenderse nunca como premio de consolación. Más bien es la intención la protagonista de una existencia plena. Si no se vive con intención, el sentido de lo vivido desaparece. Imposible una vida con sentido sin una intención que la anteceda.

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Vidas sin huella

Ya en su vejez, decía proféticamente Miguel Delibes que, en un futuro, los abuelos apenas tendrían nada que contar. Recordaba su niñez alrededor de su abuelo contando fascinantes historias que mantenían a todos los nietos pegados a sus piernas y a su sofá. Poco importaba que aquellas personas hubieran viajado miles de kilómetros para emigrar o hubieran permanecido en su pueblo, en sus tierras y casa familiar. Todos, absolutamente todos, poseían una historia con mayúsculas que contar. Con ellos los riachuelos eran océanos de aventuras, los gorriones se hacían fastuosos ave fénix, las calles del pueblo se tornaban en escenarios de heroicas batallas y los árboles escondían secretos inconfesables grabados en sus troncos. Todo cobraba una desmedida e irresistible intensidad.

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Reescribir historias

Estos tiempos, y cuáles no, son especialmente propicios para la metáfora y la búsqueda de similitudes. Hoy me viene a la frágil memoria la historia de aquel escritor norteamericano que, tras una azarosa vida en otros oficios, tomó la determinación de encerrarse un par de años en un minúsculo piso de la ciudad para escribir su gran obra. Con dinero escaso, cumplir los plazos fijados para terminarlo era fundamental. Finalizado el manuscrito y antes de que editorial alguna lo hubiera contratado, un fatal incendio destruyó parte de su piso, y con él también su creación. Desolación, frustración, impotencia y enfado fueron las inesperadas invitadas de aquel momento que debía haber sido todo lo contrario. Un incidente ajeno e imprevisto echaba por tierra no solo dos arduos años de trabajo, sino algo más, sus esperanzas y expectativas de arrancar una nueva vida como escritor. Como historia con final feliz (si no, no la hubiéramos conocido), el protagonista del relato decidió volverse a encerrar en su minúsculo inmueble y, a base de tesón, perseverancia e imagino de buenas dosis de desesperación, reescribir la historia que finalmente se convirtió en un éxito. Leer más “Reescribir historias”

Liebres y tortugas

Si Esopo viviera en nuestros días, hubiera tenido que buscar un animal más rápido que la liebre. Demasiado lenta para el mundo dominado por el “equivócate, pero hazlo rápido”, por la adaptabilidad o por las metodologías ágiles como mantras reinantes. Probablemente, incluso, sería la liebre quien habría de ocupar el lugar de la tortuga, mientras que la tortuga habría tenido que extinguirse. Lo cadencioso transformado en exasperante, la espera interpretada como eternidad insoportable y el aburrimiento entendido como pérdida de tiempo conforman una buena parte de la genética de nuestra sociedad actual. Leer más “Liebres y tortugas”

Las citas de “Insatisficción”. Capítulo 5. Pónmelo fácil

“Perseverancia, práctica, repetición, aprendizaje, autoconocimiento y manejo de expectativas son herramientas fundamentales para fortalecer nuestra estima y confianza. Entrar en ese círculo virtuoso nos hace avanzar hacia territorios desconocidos sin temor y nos convierte en más tolerantes al error y a las frustraciones que conlleva este proceso. Quedarnos en lo fácil nos lleva, en cambio, al territorio de la impulsividad y la impaciencia, a pasar de una cosa a otra de manera superficial, sin repetición ni aprendizaje, a no empujarnos contra nuestros límites y a la incapacidad de conocernos a nosotros mismos y de manejar nuestras posibilidades. El resultado, a menudo, es caer en una actividad frenética y desordenada, donde apenas tenemos el control y nos domina la ansiedad y el estrés. Desarrollamos una baja tolerancia a la frustración y una gran resistencia y temor al cambio, lo que acabará afectando a nuestra autoestima y confianza.”

Cita tomada del capítulo 5 “Pónmelo fácil” del libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias, editado por la editorial Oberón del Grupo Anaya.