¿De qué hablamos?

La variedad y la calidad de nuestras conversaciones son directamente proporcionales a nuestra calidad de vida. A través de las conversaciones, del encuentro hablado con los otros no solo nos reflejamos, nos situamos en otros registros y lugares, nos aproximamos a otras realidades, divisamos nuevas perspectivas que nos abren horizontes desconocidos y estimulamos nuestra imaginación y creatividad, sino que también nos espejamos, nos contemplamos a nosotros mismos y nos reconfiguramos, y en todo ese proceso, moldeamos buena parte de lo que somos. Cuando nuestra conversación se puebla de temas variados y variopintos, nuestra existencia se enriquece. Igualmente, una sociedad que conversa y cuida la calidad y variedad de sus conversaciones, deviene en una sociedad más rica y con mayor bienestar.

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De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

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Vidas precarizadas

La tuya, la mía y la de todos. Vivimos vidas precarias. Más allá de disquisiciones metafísicas acerca de la vida y la muerte, su relación y la llegada de la última de manera inadvertida e imprevisible que tiñe nuestra existencia de un halo de ingobernabilidad, un ‘estar en manos de’ que nos hace sentir precarios, esa sensación de precariedad ha saltado el plano de lo metafísico para instalarse en nuestra cotidianeidad, hasta tal punto que se ha transformado en un garante del propio sistema y en una forma indiscutible, aceptada que no aceptable, de vivir.

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Lo suyo y lo contrario

No se nos oculta que la especie humana está esculpida a base de contradicciones. De un ahora sí, ahora no; de dos pasos para adelante y uno para atrás. Es nuestro andar por la vida un deambular entre la decisión y la retracción, entre el miedo y la audacia, entre la libertad y la sumisión. Quizás las contradicciones sean lo que nos hace más humanos y lo que nos permite evolucionar. Cada contradicción es un desacuerdo con uno mismo que nos lleva a una posición incómoda primero, a un replanteamiento después y a un movimiento en última instancia para resolver esa tensión. Y así desde que nacemos hasta que morimos.

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Lo normal y lo social

Frecuencia y número. Todo lo normal en el ámbito social es fruto de la frecuencia y el número. Nada puede ser considerado como normal si no se repite habitualmente, si no acontece frecuentemente. Pero para que lo normal traspase la esfera personal y más íntima y se convierta en social ha de acompañarse de número. Solo cuando un número masivo de personas se adhiere a algo y lo hace de una manera continuada y repetida podemos hablar de que ese algo se ha transformado en normal.

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La paradoja de la influencia

Vivir de la influencia parece un signo exclusivo de nuestros tiempos. Un hecho diferencial que nunca en otra época sucedió. Hoy podemos matricularnos en escuelas de influidores que nos ofrecen adquirir conocimientos y formación para poder convertirnos en profesionales de ello. Pero lo cierto es que la influencia es un fenómeno consustancial al ser humano y no resulta nada nuevo, como tampoco lo es el vivir de esa influencia. Basta con mirar la cohorte de consejeros que existían en las cortes de siglos atrás, donde cada uno pugnaba por influir sobre el monarca de turno. Así era mayor su ascendente sobre el rey, así adquiría mayor relevancia social y más poder detentaba, aunque fuera en la sombra. Ocurre lo mismo con los partidos políticos, con las empresas y con cualquier organización medianamente estructurada.

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Vida inhumana

Lo pienso, lo quiero y lo entiendo. Lo que ejecuto lo he pensado yo, lo que hago lo hago por mi voluntad propia, y eso que hago es entendido por mí. Intención, voluntad y entendimiento. Nada nuevo que no dijera hace años Ortega, pero que a menudo se nos olvida. Son esos tres los componentes fundamentales de los seres humanos. Lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra intencionalidad, el pensar y hacer las cosas para algo; nuestra voluntad, que nos permite decidir por nosotros mismos si queremos y hacemos esto o lo otro, y el entendimiento, que implica conocer el porqué de las cosas que hacemos. Hoy que el mundo se inunda de encuestas y de test de rápida digestión, convendría a menudo preguntarnos a nosotros mismos y como sociedad si aún podemos decir que estos tres componentes fundamentales están presentes en nuestras vidas.

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El hombre endeudado

Una de las muchas características que nuestro ser social lleva aparejada es la de la reciprocidad. Incluso cuando somos regalados desinteresadamente, inmediatamente nos sentimos en deuda con quien nos regala. Nada que no dijera ya aquel refrán de ‘favor con favor se paga’. Existe un código no escrito, que parece grabado en lo más profundo de nuestra forma de ser por el que nos sentimos en la obligación de devolver, poco importa que sea algo nimio o excepcionalmente importante, da igual que sea una llamada de teléfono o un préstamo económico. Es una idea la de la devolución que está inserta tanto en quien da como en quien recibe. Hasta la acción más desinteresada puede albergar en su interior una expectativa de devolución del otro en alguna forma determinada, expectativa que al verse incumplida nos lleva a pensar al otro como un ser desagradecido.

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Vivir afuera y los ‘terceros lugares’

En Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, su protagonista pasa algunos capítulos escondido en una improvisada habitación oculta en un barco con el objeto de no ser visto y devuelto a su casa con sus padres. Lo que en un principio es contemplado por él como una acogedora dependencia se convierte tras su encierro de días en un angustioso lugar del que ansía escapar. El mundo actual nos ha transformado a todos un poco en Gordon Pym. Desde hace ya muchos años, décadas, existe una incitación continua y constante a vivir hacia afuera. Buena parte del tejido económico que nos hemos procurado como sociedad basa su funcionamiento en el estar fuera. Los viajes, los encuentros sociales, las actividades de ocio, la cultura y cualquier otro ámbito donde posemos nuestra mirada refleja esa idea de vivir hacia afuera. Todo lo interesante, todo lo que merece la pena parece que ha de buscarse más allá de las puertas de nuestras casas.

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El descaro

Hubo un tiempo en que el descaro tenía, por ser excepción, un cariz simpático. Gozaba de cierta tolerancia y comprensión, e incluso era considerado cualidad deseable en determinadas circunstancias. Un descaro que matrimoniaba con el atrevimiento, que se reservaba para unos pocos valientes dispuestos a mostrar una disonancia fuera de lo común. Un desafino a la postre admirado en muchas ocasiones. Era su poca habitualidad, su excepcionalidad, lo que le proporcionaba ese halo de ‘aire fresco’, lo que le investía de una cuasi necesidad existencial para poder expandir nuestros límites, romper barreras y generar cambios. El descaro retaba, desafiaba, colocaba el statu quo en tesituras desconocidas y, en no pocas ocasiones, lo empujaba a remozarse y refrescarse.

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