Revindicar lo aburrido

“Los viejos iban y se perdían en el olvido; en su reemplazo venían los nuevos, pero también a estos ella se acostumbraba pronto o sufría una decepción; comenzaba entonces a buscar ávidamente nuevos y nuevos personajes, los encontraba y volvía a buscarlos. ¿Para qué?”. La virtud de lo clásico resulta de expresar a su manera única la esencia de lo que no cambia con el pasar del tiempo, aquello que pertenece de siempre a la naturaleza humana y no deja de manifestarse bajo distintas formas. Valgan como muestra estas líneas con las que Chejov dibujaba hace más de un siglo a un personaje de uno de sus cuentos. Leídas hoy parecen describir a la perfección cómo se desempeña la sociedad de nuestros días. La novedad, la búsqueda ávida, el reemplazo, la pronta decepción, la conversión de lo nuevo en lo viejo en un visto y no visto. Una aversión a lo estático, a lo que no se mueve y permanece, una huida de todo ello a través del movimiento y de lo veloz. Un horror vacui existencial que se transforma en una forma de vivir y de relacionarnos.

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En el reino de la laxitud

Resulta curioso observar cómo algunas palabras son borradas o camufladas de nuestro hablar cotidiano por su carácter especialmente descriptivo y veraz de los tiempos que vivimos. Mencionarlas nos violenta y ofende porque señala aspectos de nuestra forma de desempeñarnos, comportarnos y organizarnos como sociedad que nos desagradan. Basta con asociar a esos vocablos determinado cariz despectivo para que sean borrados de un plumazo de nuestro vocabulario. Como en un juego pueril e inútil, pensamos que escondiendo la palabra hacemos desaparecer el problema, cuando más bien lo contrario, hurtándonos la palabra que a veces señala y denuncia, pero que siempre nombra y distingue, no hacemos más que enmascarar un problema que, lejos de irse, se alimenta en la sombra. Como el cuento de Monterroso, cuando nos despertamos, el dinosaurio todavía está allí, o más bien, aún es más grande.

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¿Nada que celebrar?

Años atrás, los investigadores Bruce Barry y Thomas Bateman decidieron investigar las causas por las cuales había personas que eran capaces de perseverar sin descanso en su propósito durante mucho tiempo, a pesar de que las probabilidades de alcanzarlo fueran harto inciertas. En sus resultados detectaron la influencia de distintas circunstancias relacionadas básicamente con la forma de encarar el presente, y visualizar y situarse en el futuro. En ese presente, el reconocimiento de su tarea por parte de los demás era una de esas condiciones fundamentales. Un reconocimiento que ha de ser profundo y no superficial, que requiere una comprensión no banal de lo que se premia y reconoce, que reclama una intención de destacar lo bueno frente a lo malo, así como un propósito de mantenimiento. Un reconocer que exige altura de miras y generosidad para situar al otro y a su mérito por delante de nosotros mismos. Un reconocer que conlleva, por supuesto, el acto de celebrar.

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Público y privado

Tiempo atrás, buena parte de nuestras vidas transcurría en espacios públicos, y en ellos sucedían conversaciones e intercambios, surgían relaciones de amistad y sentimentales, se debatía y discutía. Cualquier lugar era bueno, los parques, las aceras, los bancos, … El bien público no solo era algo que se definía por ser de todos o por su gestión estatal, sino también porque allí había público propiamente dicho. Eran espacios que, al ser de todos, eran igualmente ocupados por todos y en ellos discurría en gran medida nuestra existencia. Nuestro comportamiento en estos lugares era también público y, por lo tanto, estaba sometido a unas determinadas normas, a un escrutinio de quienes teníamos más cerca. Lo que allí acontecía estaba supeditado a límites fijados entre la ciudadanía. Éramos ciudadanos porque todos teníamos la capacidad en poco en o en mucho, dependiendo de nuestra implicación, de intervenir en ese control y cuidado de lo público. Éramos controlados, pero también controlábamos. Los ojos y oídos de la vecindad eran los principales garantes del buen funcionamiento de ese espacio público, de su conservación adecuada, de la convivencia armónica.

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Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

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De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

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La intención es lo que cuenta

Es esta una frase repetida hasta la saciedad cuando lo que es ansiado no se consigue. La intención convertida en un consuelo, en un ‘por lo menos’ al que asirse si la cosa no funciona. La intención, al fin, confundida e identificada erróneamente con el intento. El intento sí es consuelo, pero no la intención. Y es que no hay intención sin intento, pero sí intento sin intención. Plagamos nuestro existir de intentos sin intención. Pero la intención no debe entenderse nunca como premio de consolación. Más bien es la intención la protagonista de una existencia plena. Si no se vive con intención, el sentido de lo vivido desaparece. Imposible una vida con sentido sin una intención que la anteceda.

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Vivir en titulares

Cuesta creer que hubiera un tiempo en el que no existían los titulares. Apenas cien años atrás comenzaban a balbucear los primeros destacados en alguna prensa y publicidad. El titular era una excepción en un mundo donde la atención no era un bien preciado, o más bien en extinción como hoy nos sucede. No hace falta remontarse tan lejos para comprobar cómo hemos cambiado. Revisar los telediarios de comienzos de los pasados años ochenta es descubrir que no existían los titulares, mientras que una década después los titulares apenas ocupaban cincuenta segundos. Hoy todo es diferente. Los titulares se extienden por espacio de más de cinco minutos y se convierten en un informativo condensado y jibarizado para permitir el abandono de una buena parte de la audiencia una vez finalizados. Una suerte de invitación al escape. Y es que hoy nuestra existencia se vive en titulares.

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La dependencia hipermoderna

La dependencia es un fenómeno consustancial y requerido en la naturaleza humana. El ser humano necesita depender de alguien o de algo, y también que un alguien o un algo dependa de él. Sobre dependencias se ha ido construyendo nuestra evolución como especie. Desde que nacemos, nos vemos insertos en un núcleo familiar del que dependemos para luego ir ampliando esas dependencias a esferas menos próximas, desde los lazos sentimentales y amistosos hasta los laborales o los administrativos, entre otros muchos.

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El hombre endeudado

Una de las muchas características que nuestro ser social lleva aparejada es la de la reciprocidad. Incluso cuando somos regalados desinteresadamente, inmediatamente nos sentimos en deuda con quien nos regala. Nada que no dijera ya aquel refrán de ‘favor con favor se paga’. Existe un código no escrito, que parece grabado en lo más profundo de nuestra forma de ser por el que nos sentimos en la obligación de devolver, poco importa que sea algo nimio o excepcionalmente importante, da igual que sea una llamada de teléfono o un préstamo económico. Es una idea la de la devolución que está inserta tanto en quien da como en quien recibe. Hasta la acción más desinteresada puede albergar en su interior una expectativa de devolución del otro en alguna forma determinada, expectativa que al verse incumplida nos lleva a pensar al otro como un ser desagradecido.

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