Centros y periferias

Desde sus primeros asentamientos, la especie humana posee una tendencia innata a la concentración. El concentrarse implica un ‘estar todos y estar juntos’ que origina lo que hoy entendemos como centralidad. Los centros surgen como consecuencia del juntarse y de hacerlo todos, o una mayoría. El centro no es, pues, un concepto fijo ni inmóvil, en tanto en cuanto su nacimiento proviene de una concentración que lo antecede. Lo que hoy es centro mañana puede no serlo porque, lo que es central, lo es siempre respecto a algo, y ese algo viene dado por la concentración, que es caprichosa y movible. El centro queda así entendido como aquello donde está todo, donde estamos juntos. Pero a la acción de concentrarse y de crear un centro le es consustancial la periferia, que es todo lo que queda fuera de él. Centro y periferia no se entienden uno sin el otro. La concentración crea dispersión fuera de ella por lo que al acto de concentrarse le es intrínseca su propia periferia. Y todo ello resulta en un proceso sin fin porque en la periferia de un centro grande existe un centro más pequeño que posee a su vez su propia periferia más reducida. Centro y periferia actúan como matrioskas en un movimiento infinito de imposible atajo, por más que creemos instancias cada vez más minúsculas. No hay centro sin periferia, ni periferia sin centro.

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Revindicar lo aburrido

“Los viejos iban y se perdían en el olvido; en su reemplazo venían los nuevos, pero también a estos ella se acostumbraba pronto o sufría una decepción; comenzaba entonces a buscar ávidamente nuevos y nuevos personajes, los encontraba y volvía a buscarlos. ¿Para qué?”. La virtud de lo clásico resulta de expresar a su manera única la esencia de lo que no cambia con el pasar del tiempo, aquello que pertenece de siempre a la naturaleza humana y no deja de manifestarse bajo distintas formas. Valgan como muestra estas líneas con las que Chejov dibujaba hace más de un siglo a un personaje de uno de sus cuentos. Leídas hoy parecen describir a la perfección cómo se desempeña la sociedad de nuestros días. La novedad, la búsqueda ávida, el reemplazo, la pronta decepción, la conversión de lo nuevo en lo viejo en un visto y no visto. Una aversión a lo estático, a lo que no se mueve y permanece, una huida de todo ello a través del movimiento y de lo veloz. Un horror vacui existencial que se transforma en una forma de vivir y de relacionarnos.

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En el reino de la laxitud

Resulta curioso observar cómo algunas palabras son borradas o camufladas de nuestro hablar cotidiano por su carácter especialmente descriptivo y veraz de los tiempos que vivimos. Mencionarlas nos violenta y ofende porque señala aspectos de nuestra forma de desempeñarnos, comportarnos y organizarnos como sociedad que nos desagradan. Basta con asociar a esos vocablos determinado cariz despectivo para que sean borrados de un plumazo de nuestro vocabulario. Como en un juego pueril e inútil, pensamos que escondiendo la palabra hacemos desaparecer el problema, cuando más bien lo contrario, hurtándonos la palabra que a veces señala y denuncia, pero que siempre nombra y distingue, no hacemos más que enmascarar un problema que, lejos de irse, se alimenta en la sombra. Como el cuento de Monterroso, cuando nos despertamos, el dinosaurio todavía está allí, o más bien, aún es más grande.

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Ser lo que parece, o al menos un poco

Que las apariencias engañan o que nada es lo que parece no es algo nuevo. Son asertos que conviven con nosotros de mucho tiempo atrás. La apariencia es lo que parece pero no es, lo que es probable, lo que se presume verosímil, lo que se nos enseña solo en el exterior. Esa idea de probabilidad indica la no necesaria concordancia entre lo que se nos muestra y lo que es. Un poder o un no poder ser, una duda, acompañan siempre a la apariencia. Más allá de disquisiciones filosóficas sobre si la apariencia, aun siendo probabilidad y no verosímil, es también una forma de ser, lo cierto es que, en una interpretación más terrenal, las personas nos movemos en un mundo de apariencias, porque si la apariencia es lo externo que se nos muestra, todo lo que tenemos ante los ojos es en cierta manera apariencia.

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Un pedazo de cielo

“Cierto es que en mi casa hay toda clase de cosas inútiles. Sólo falta en ella lo necesario: una gran porción de cielo como aquí. Intente conservar siempre una porción de cielo por encima de su vida, muchacho”. Como todo lo clásico, estas palabras de Por el camino de Swann alcanzan con maestría y sencillez lo esencial, una esencia que se convierte en inmortal a la vez que se renueva a la luz de cada tiempo para permanecer siempre actual. Así son los clásicos y su grandeza, y así también lo es este breve extracto. Tres escuetas líneas que radiografían lo fútil de lo superfluo que es abundante, y la escasez e importancia de lo esencial que tendemos a olvidar.

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¿Nada que celebrar?

Años atrás, los investigadores Bruce Barry y Thomas Bateman decidieron investigar las causas por las cuales había personas que eran capaces de perseverar sin descanso en su propósito durante mucho tiempo, a pesar de que las probabilidades de alcanzarlo fueran harto inciertas. En sus resultados detectaron la influencia de distintas circunstancias relacionadas básicamente con la forma de encarar el presente, y visualizar y situarse en el futuro. En ese presente, el reconocimiento de su tarea por parte de los demás era una de esas condiciones fundamentales. Un reconocimiento que ha de ser profundo y no superficial, que requiere una comprensión no banal de lo que se premia y reconoce, que reclama una intención de destacar lo bueno frente a lo malo, así como un propósito de mantenimiento. Un reconocer que exige altura de miras y generosidad para situar al otro y a su mérito por delante de nosotros mismos. Un reconocer que conlleva, por supuesto, el acto de celebrar.

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Perder el tiempo

En nuestro obsesivo afán por objetivarlo todo, el tiempo no es excepción. Hacer la cosa objetiva nos procura certezas aparentes, insufla seguridades y anega nuestra vida de evidencias. La objetivación desea eliminar los actos de fe y las convicciones para convertirlo todo en demostración y empirismo. Lo objetivo unido a lo evidente niega la discusión para agarrarse a la frialdad del dato. Así damos con que, en la objetivación, cualquier cuestión ha de entenderse desde su vertiente medible y contable. Y lo que no es medible ni contable termina por hacerse inútil e indeseable, porque nos sitúa en el terreno huido de la incerteza, del no saber, de la probabilidad y el ‘puede ser’. Lo que no se mide no cuenta, es pérdida o así lo queremos entender.

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Cuando lo explícito devora a lo tácito

¿Dónde fue lo tácito? ¿Dónde aquello que se sobrentendía aunque no fuera dicho, o más bien que no era necesario ser dicho para que fuera entendido? Lo tácito adoptaba multitud de formas, y polinizaba nuestro funcionamiento como sociedad y nuestras relaciones dentro de ella. Lo implícito surgía en una mirada, en un gesto, en un silencio, en la ironía, en la costumbre… No era en apariencia formal, aunque por eso era lo más formal, ni requería de formas regladas para ser comprendido. No estaba escrito, ni tampoco rubricado en papel ni soporte alguno y, sin embargo, cuando existía, poseía la mayor fuerza de cumplimiento, la que nace de la reciprocidad de un entendimiento ya interiorizado.

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Público y privado

Tiempo atrás, buena parte de nuestras vidas transcurría en espacios públicos, y en ellos sucedían conversaciones e intercambios, surgían relaciones de amistad y sentimentales, se debatía y discutía. Cualquier lugar era bueno, los parques, las aceras, los bancos, … El bien público no solo era algo que se definía por ser de todos o por su gestión estatal, sino también porque allí había público propiamente dicho. Eran espacios que, al ser de todos, eran igualmente ocupados por todos y en ellos discurría en gran medida nuestra existencia. Nuestro comportamiento en estos lugares era también público y, por lo tanto, estaba sometido a unas determinadas normas, a un escrutinio de quienes teníamos más cerca. Lo que allí acontecía estaba supeditado a límites fijados entre la ciudadanía. Éramos ciudadanos porque todos teníamos la capacidad en poco en o en mucho, dependiendo de nuestra implicación, de intervenir en ese control y cuidado de lo público. Éramos controlados, pero también controlábamos. Los ojos y oídos de la vecindad eran los principales garantes del buen funcionamiento de ese espacio público, de su conservación adecuada, de la convivencia armónica.

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Los vagos y el valor de cambio

En los años sesenta, Douglas McGregor estableció sus célebres teorías de la X y de la Y para definir dos interpretaciones distintas a la hora de entender la actitud de las personas hacia el trabajo, y de esta manera, enfocar la forma de dirigirlos. En la teoría de la X, el individuo es considerado como un ser poco activo y con escasa motivación, que esquiva la responsabilidad, que posee aversión al esfuerzo y que carece de ambición. Por el contrario, la teoría de la Y estima al ser humano como alguien implicado en su trabajo, proactivo, motivado y con una disposición positiva hacia el esfuerzo y la toma de responsabilidades. Estas visiones, o más bien interpretaciones de la naturaleza humana, propias de un ámbito de gestión empresarial, se han expandido sin embargo a todos los rincones de nuestra sociedad. En un mundo en el que los mecanismos de mercado han copado cualquier rincón, y las relaciones cada vez resultan más transaccionales, no es extraño que estas teorías hayan saltado el cerco de lo meramente empresarial para contaminar la visión generalizada que poseemos de nosotros mismos como especie. Y con ello, la manera en la que nos regulamos y organizamos socialmente.

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