Los vagos y el valor de cambio

En los años sesenta, Douglas McGregor estableció sus célebres teorías de la X y de la Y para definir dos interpretaciones distintas a la hora de entender la actitud de las personas hacia el trabajo, y de esta manera, enfocar la forma de dirigirlos. En la teoría de la X, el individuo es considerado como un ser poco activo y con escasa motivación, que esquiva la responsabilidad, que posee aversión al esfuerzo y que carece de ambición. Por el contrario, la teoría de la Y estima al ser humano como alguien implicado en su trabajo, proactivo, motivado y con una disposición positiva hacia el esfuerzo y la toma de responsabilidades. Estas visiones, o más bien interpretaciones de la naturaleza humana, propias de un ámbito de gestión empresarial, se han expandido sin embargo a todos los rincones de nuestra sociedad. En un mundo en el que los mecanismos de mercado han copado cualquier rincón, y las relaciones cada vez resultan más transaccionales, no es extraño que estas teorías hayan saltado el cerco de lo meramente empresarial para contaminar la visión generalizada que poseemos de nosotros mismos como especie. Y con ello, la manera en la que nos regulamos y organizamos socialmente.

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¿De qué hablamos?

La variedad y la calidad de nuestras conversaciones son directamente proporcionales a nuestra calidad de vida. A través de las conversaciones, del encuentro hablado con los otros no solo nos reflejamos, nos situamos en otros registros y lugares, nos aproximamos a otras realidades, divisamos nuevas perspectivas que nos abren horizontes desconocidos y estimulamos nuestra imaginación y creatividad, sino que también nos espejamos, nos contemplamos a nosotros mismos y nos reconfiguramos, y en todo ese proceso, moldeamos buena parte de lo que somos. Cuando nuestra conversación se puebla de temas variados y variopintos, nuestra existencia se enriquece. Igualmente, una sociedad que conversa y cuida la calidad y variedad de sus conversaciones, deviene en una sociedad más rica y con mayor bienestar.

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Los nuevos centros comerciales

¿Zonas comerciales? Millones, una por cada casa habitada y conectada. Cada una de nuestras habitaciones es ya en sí misma un local comercial donde comprar. Nuestros salones son sucedáneos de salas de cine y de restaurantes. Nuestras casas se están transformando a velocidades inusitadas en los nuevos centros comerciales. La multiplicación exponencial de pantallas interconectadas crean nuestros particulares Times Square o Picadilly Circus.

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El mundo abstracto y la banalidad

Hace ya unos cuantos años escribía Erich Fromm acerca de la idea de enajenación a la que definía como el sentirse ajeno a las cosas que nos rodeaban. Incidía especialmente en cómo la economía de mercado, que tasaba y valoraba todo por su precio, por su valor de cambio a cada momento, permitía comparar bienes y cosas sumamente distintas en sus funciones y en sus formas, y con ello situaba dicha comparación en un grado de abstracción tan acentuado que, inevitablemente, nos alejaba de las cosas en sí mismas. El mercado y su extensión por nuestra vida era entonces fuente de enajenación, origen de un alejamiento del mundo real.

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Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

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La sociedad siempre abierta

24/7/365. Números fríos que resultan fiel reflejo de uno de los principales rasgos definitorios de nuestro mundo actual. Abiertos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Siempre abiertos. Lo que comenzó como excepcionalidad tiempo atrás en los espacios físicos es ahora normalidad extendida, seña de identidad de nuestra sociedad. El despliegue masivo y la inundación de nuestras vidas por lo tecnológico ya no deja resquicio para cerrar siquiera un minuto. Ahora se ha de estar disponible a todas horas. La maquinización y la automatización de nuestra realidad extiende la idea de computadoras que no entienden de horarios comerciales ni de descansos. Siempre disponibles, siempre activas. Un fenómeno que, se nos insiste, solo redunda en nuestro confort y comodidad, en nuestra libertad de elección porque ahora, se recuerda, podemos decidir cuándo queremos comprar y disponer de nuestro tiempo de la mejor manera posible, sin hacernos rehenes de los horarios de terceros.

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De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

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Esperar y no saber

Esperar y no saber son la fuente de la tristeza. Solo quien sabe y no espera evita la tristeza. Para Albert Camus esta era la manera de esquivar la tristeza, y como epítome de esa actitud, situaba al personaje de Don Juan, que sabía y no esperaba. En nuestros días, nuestra sociedad parece comportarse toda ella como un inmenso Don Juan. Pensamos que sabemos todo y actuamos, no esperamos. Resabiados e hiperactivos como modernos donjuanes. Sin embargo, pocas veces la tristeza se anida tanto y con tanto arraigo como en aquellos que sienten y piensan que saben lo esencial, y fruto de ello, no esperan sino que agotan y se agotan en el continuo del hoy para olvidar el mañana. Saber, o más bien creer que se sabe, y no esperar es entregarse al vivir en el escepticismo, en el cinismo, en el descreimiento y en la distancia.  

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El lugar público

“El espacio es vacío. El lugar es una construcción de significado social.” Hace años ya recordaba el filósofo Henri Lefebvre que los lugares no existían, que tan solo eran espacios vacíos si no los dotábamos de significado como sociedad. El lugar nace de la necesidad del ser humano de referenciarse, de ubicarse, pero también de encontrarse, de mezclarse, de participar, de integrarse, de pertenecer. Sin lugar no es posible pertenecer, arraigarse, mezclarse, participar, ‘ser parte de’, ubicarse. Sin lugar solo existe el vacío, la no referencia, la no pertenencia, el desarraigo, el aislamiento y la desorientación. Un lugar que es construcción social y que solo puede ser concebido desde lo que es público, porque solo lo público hace a todos partícipes, permite un acceso sin privilegios y reparte responsabilidades por igual. Los lugares solo son lugares cuando son de todos, cuando nadie tiene más derecho ni posibilidad que el otro para estar en él, para participar en él.

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El apego imposible

El apego se teje del hilo invisible de lo que retorna, de lo que regresa. El apego necesita de memoria y de recuerdo. Nace de la ida y de la vuelta, de un irse tan solo temporal para una vuelta a lo querido y apreciado. Es el apego un vínculo, un ligarse de forma duradera con el afecto como bandera. El apego duele cuando aquello a lo que nos vinculamos se pierde, porque lo que es apegado no es sustituido, no es reemplazado, y el tiempo no cura ese dolor, simplemente lo acostumbra, que decía Delibes. En el apego hay gozo y sufrimiento, seguridad y atadura. Sin retorno ni regreso, sin vuelta, no hay memoria ni recuerdo, y sin ellos se ahuyenta el apego. Hoy el apego resulta imposible y, además, cosecha mala prensa.

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