Visibilidad y frivolidad

Las mayorías se mueven por emociones y sentimentalismos, no poseen tiempo ni espacio para razonar profundamente, y sus movilizaciones son tan ‘sentidas’ como fugaces. Algo que la tecnología y los hashtags han favorecido aún más.

ÓSCAR FAJARDO

En su obra Vida líquida, Bauman trata la paradoja a la que se enfrentan los creadores de cultura. Como tales creadores, deben agitar el mundo, navegar en los márgenes, proponer perspectivas que hagan tambalearse algunas de las certezas que sostienen el statu quo. Pero, a su vez, esos creadores necesitan de dos cosas: visibilidad y subsistencia. Sin una cierta visibilidad, resulta imposible que sus propuestas resuenen y puedan empujar el cambio. Igualmente, sin la posibilidad de que su trabajo sea mínimamente remunerado, el creador de cultura no puede subsistir y, por lo tanto, le resulta inviable seguir creando. Esto conduce a la paradoja de que el creador de cultura requiere de un sistema al que ‘atacar’ desde la periferia, pero a la vez demanda de ese mismo sistema y de sus resortes los recursos para adquirir visibilidad y poder subsistir. Esa tensión es la que los creadores culturales y la propia cultura sufren y padecen casi desde sus primeras manifestaciones siglos atrás. Un equilibrio inestable, difícil y doloroso. No renunciar a la esencia versus integrarse en la estructura social establecida es un dilema de difícil resolución, una aparente aporía.

Algo similar sucede con las causas sociales y las demandas que se encuentran al filo de lo periférico y, por lo tanto, resultan invisibles para la gran mayoría de las personas. En esa vida periférica y en la frontera, existe una tensión asfixiante puesto que quienes padecen esos problemas sociales y hacen de ello una causa, necesitan sobrevivir y aprovecharse de los medios del sistema para hacerlo, igual que anhelan visibilidad para ser tenidos en cuenta. En ese estado anhelante, su problema no es la autenticidad de su mensaje y de su reivindicación que, por decirlo de alguna forma, se mantiene ‘pura’. Metafóricamente, es como esa agua del regato que sale cristalina y limpia por su cercanía del manantial. Y como ese regato que, en su descenso, se acaudala y hace grande, toda causa social ansía también ese hacerse grande y ser visible, pues es así como puede se piensa que será satisfecha su demanda en los términos adecuados.

El incremento de visibilidad convierte a la causa social en un mainstream, y entonces el problema ya no está en ser altamente visibles, sino en evitar su frivolización, en conservar esa esencia que tenía en sus inicios, como el regato recién salido del manantial.

Muchas de esas causas y demandas sociales permanecen invisibles y puras por siempre, y decaen y declinan. Otras se mantienen en un equilibrio virtuoso y otras evolucionan hasta alcanzar, sin saber muy bien por qué, un tipping point, un umbral a partir del cual se disparan y se hacen visibles masivamente. Llegadas a ese punto masivo, las causas pierden, como el regato metafórico, parte de su ‘pureza’ y de su esencia a cambio de un aumento de su caudal. El incremento de visibilidad convierte a la causa social en un mainstream, y entonces el problema ya no está en ser altamente visibles, sino en evitar su frivolización, en conservar esa esencia que tenía en sus inicios, como el regato recién salido del manantial. Es en ese momento en el que los movimientos viven sus disensiones internas, sus escisiones y rupturas para, al poco, dejar de ser tendencia mayoritaria y desaparecer, mientras algunas de esas escisiones se convierten en un nuevo movimiento minoritario en la periferia, que volverá a desear ser visible.

Visibilizar las cosas y las causas, cuando alcanzan un nivel que supera ese umbral y se pasan al terreno de lo mayoritario, conlleva inevitablemente un grado de frivolización de la causa en sí, una desnaturalización. Las mayorías se mueven por emociones y sentimentalismos, no poseen tiempo ni espacio para un razonamiento profundo, y sus movilizaciones son tan ‘sentidas’ como fugaces. Algo que la tecnología y la adhesión a golpe de hashtag han favorecido aún más. Lo que se hace visible para la mayoría queda reducido a una amalgama de conceptos superfluos y vacíos de buena parte de su contenido inicial. Solo así puede ser manejado por la masa, y solo así es aceptado por la estructura social imperante, porque de esta manera puede fagocitarla, traducirla a sus claves y ofrecer soluciones aparentes.

Poco importa que hablemos de feminismo, de salud mental, de cambio climático, de libertad o de igualdad. Cuando se llega al tipping point, cuando se rebasa el umbral y algo se hace visible, se frivoliza y desnaturaliza, con el añadido de que los problemas reales y urgentes, aquellos que le daban razón de ser y de existir, permanecen sin resolver pero, sin embargo, la sociedad y el mundo han ‘corrido turno’ y, entonces, dirigen su mirada ya hacia otra cosa. La visibilidad masiva de las causas sociales encierran el peligro de hacerlas morir de éxito, y dejar sin solucionar aquello para lo que nacieron.

¿Supone esto que, efectivamente, nos encontramos ante una aporía, ante una imposibilidad de resolución? No necesariamente. Como antes hemos leído, existen causas y movimientos virtuosos, que se encuentran en un lugar en el que son lo suficientemente visibles para obtener lo necesario para mantenerse vivos y, a su vez, poseen el margen y control necesario para no desnaturalizarse ni frivolizarse. Quizás la clave no sea pensar y hacer para mayorías inmensas, sino pensar y hacer para inmensas minorías.

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