Táctiles y retráctiles

Reducir el tacto y su amplitud a la mera adjetivación de lo táctil nos conduce a lo retráctil, a retraernos y escondernos de la vida, a ser ajenos a los demás y a nosotros mismos.

ÓSCAR FAJARDO

“Señor mío, en modo alguno puedo decirle si ha llovido. Vivo tan resueltamente fuera de las contingencias físicas, que mis sentidos no se molestan en notificármelas.” Estas palabras escritas por Marcel Proust en Por la parte de Swann adquieren una nueva dimensión a la luz de nuestro mundo atribulado de pantallas. Podríamos estar calados hasta los huesos por una lluvia pertinaz y, sin embargo, saber de ello no por nuestras prendas y cuerpos humedecidos, sino porque la aplicación de turno así nos lo indica.

Quizás parezca exagerado, pero no lo es en absoluto. Solo basta comprobar que, a veces, cuando la meteorología tiene a bien contradecir la previsión del tiempo que el móvil nos enseña, tendemos incluso a poner en duda la propia realidad en favor de lo que la pantalla nos indica. Si llueve pero la predicción de nuestro dispositivo nos muestra sol, existe una tendencia inconsciente a atribuir el error no a la previsión, sino al propio tiempo. La realidad se trasmuta en virtualidad, y la virtualidad en realidad, hasta el punto de superar lo que Proust apuntaba, puesto que ya no solo vivimos fuera de las contingencias físicas, no solo las obviamos, sino que incluso ponemos en duda su existencia, aunque nuestras prendas y nuestros cuerpos se encuentren empapados.

Hemos colocado una pantalla entre la realidad y nosotros que, poco a poco, ha ganado espacios en nuestro día a día, gracias a la movilidad y a la conectividad, y nos ha situado en un nuevo lugar en el que palpar las cosas, sentirlas en la propia piel, dejarse calar por ellas con sus placeres y sus dolores ha sido sustituido por la visualidad. No palpamos la vida ni la tocamos, simplemente la vemos. La pantalla provoca un acceso a una realidad no enteramente real, sino representada a través de imágenes que sustituyen lo que antes se tocaba por lo que se ve.

El tacto ha sido reemplazado por su cualidad, por lo táctil, que no es más que una adjetivación que reduce el tacto a su mera acción de despliegue. Una reducción acrecentada por su limitación a la pantalla. La infinitud de contactos que nos propone la realidad material se ha virtualizado en una pantalla a la que se accede con la mirada, no con el tacto, aunque para esos accesos usemos nuestra tactilidad.

Esa reducción de la riqueza del tacto a la funcionalidad de lo táctil ha disminuido nuestros contactos con la vida. Contactar es llegar a tocarse, tocar y ser tocado conjuntamente con el otro. Somos seres cada vez más táctiles, pero con menos tacto, con menos contacto con la realidad material que nos rodea y con las personas con las que nos relacionamos.

Hemos colocado una pantalla entre la realidad y nosotros que, poco a poco, ha ganado espacios en nuestro día a día, gracias a la movilidad y a la conectividad, y nos ha situado en un nuevo lugar en el que palpar las cosas, sentirlas en la propia piel, dejarse calar por ellas con sus placeres y sus dolores ha sido sustituido por la visualidad.

El mundo de las pantallas y la tactilidad nos hace perder el ritmo de la vida, su palpitar. El palpitar procede de palpar, que no es otra cosa que tantear con las manos, tocar y acariciar. La vida palpita, la vida vibra porque es tocada por nosotros y nosotros somos tocados por ella. La vida es estar conectado con la realidad que nos rodea, y estar conectado es palpar, tocar, tener tacto. Tener tacto está íntimamente relacionado con poseer y desplegar sensibilidad. No en vano, decimos que alguien tiene tacto cuando trata a las personas y a las cosas con cuidado, con cariño y afecto, cuando es capaz de empatizar y adoptar otras posiciones. El tacto liga directamente con la delicadeza hacia los demás y, consecuentemente, con la delicadeza hacia uno mismo.

Cultivar el tacto es cultivar la relación profunda con el entorno y con las personas, es sentir que esa lluvia que cae nos está calando, y tener la certeza de ello no por lo que nos dice la pantalla, sino porque nos empapamos. Cuando vivimos con tacto tenemos consciencia de la vida, la sentimos profundamente y nos integramos en ella con totalidad.

Nada de ello sucede con la existencia táctil en la que nos situamos en un tercer lugar, como un extranjero de todo lo que nos sucede, un espectador que ve las cosas de manera ajena. Lo táctil nos desconecta del mundo porque no nos permite tocar y ser tocados conjuntamente, no nos permite contactar. Reducir el tacto y su dimensión a una mera adjetivación como es lo táctil nos ha llevado a lo retráctil, a retraernos y escondernos de la vida, a ser ajenos a los demás y a nosotros mismos.

El mundo no es como los escaparates, algo que se mira, pero no se toca. El mundo y la vida han de ser mirados y también tocados, porque solo así son realmente sentidos, experimentados y convividos.

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