La sofisticación pendiente

Es lo sofisticado un adjetivo peculiar pues en él se recogen tres acepciones que fluctúan desde lo más negativo que refiere a lo que carece de naturalidad y es afectado en sus maneras y formas, hasta lo más positivo que hace hincapié en la idea de elegancia y refinamiento, pasando por lo más neutro que simplemente señala aquello que es complejo y avanzado. Igualmente ha sucedido en nuestra historia donde en algunos tiempos se ha reivindicado su significado más positivo y en otras, justo lo contrario, se ha invocado una recuperación de lo sencillo frente a lo que es artificioso y complejo. Una variación continuada que oscila en nuestros días entre el rechazo a lo complicado y artificioso a través de la invocación permanente al mantenerlo todo simple y a mostrarnos ‘naturales’, y una concepción más neutra en la que se contempla la sofisticación como expresión de lo complejo y avanzado.

No existe hoy aspiración de sofisticación excepción hecha de lo tecnológico. Lo sofisticado se ha relegado en exclusiva a la tecnología porque en ella lo sofisticado es identificado con la idea de progreso. El anhelo de lo sofisticado solo encuentra su lugar en la tecnología. Allí todo lo que huele y suena a sofisticado nos fascina y nos admira a partes iguales, despierta en la humanidad la idea de evolución y de avance.

Fuera de ese espectro técnico, todo lo demás ha de mostrársenos simple. Incluso la misma tecnología sofisticada ha de presentarse al particular como algo que posea un manejo fácil. Mantenemos y hacemos funcionar en nuestras manos dispositivos que sabemos y gustamos que sean sofisticados en su interior, pero exigimos a su vez que se nos presenten sencillos y simplificados ante nuestros ojos y nuestro uso. Más allá de lo técnico y lo tecnológico, la cultura imperante rechaza lo sofisticado y con ello no solamente reivindica lo fácil, lo sencillo y lo natural frente a lo complicado y lo artificioso, sino que produce inadvertidamente una progresiva vulgarización de nuestros modos y nuestras formas. Hemos equivocado la huida de lo artificioso con la entrega en brazos de lo vulgar, dejando abandonadas las bondades de lo sofisticado, que también las posee. La demonización de lo sofisticado en nuestro espectro cultural y social, su arrinconamiento como valor solo al ámbito tecnológico, convierte lo vulgar en el hecho dominante. Identificamos erróneamente que la alternativa a lo artificioso, a lo fingido, a lo complejo, a lo excesivamente afectado es lo vulgar. Hablamos de ser naturales y en ese intento de serlo confundimos la naturalidad, que no existe sin respeto al otro y a uno mismo, con una progresiva vulgarización que acaba por dominar todo nuestro despliegue social. En cambio, olvidamos que ser sofisticado tiene también que ver con desarrollar un cierto grado de sensibilidad, de refinamiento y de elegancia. Una elegancia que, curiosamente, también en su seno denota sencillez y sentido de la proporción. Una sofisticación sencilla y proporcionada que debe ser accesible a todos, no a unos pocos. No en vano es la ausencia de esta sofisticación extendida y accesible la que provoca un mayor grado de desigualdad entre quien la posee y quien no la posee o, en el peor de los casos, una igualación en lo vulgarizado.  

Aspirar a un poco más de sofisticación, a un alejamiento de la vulgarización, a una búsqueda de la sencillez y de la proporción que se encierra en la elegancia es algo que lamentablemente hemos perdido y que hemos de recuperar. No una sofisticación artificiosa, pomposa y compleja, sino una sofisticación que busca y encuentra una elegancia proporcionada y sencilla. Elegancia y belleza en el lenguaje que empleamos, en los medios de comunicación que escuchamos, leemos y vemos, en la literatura y los ensayos que se escriben, en las distintas manifestaciones artísticas que van desde el teatro hasta la pintura, desde la música a la arquitectura. Sofisticación elegante, bella y sencilla en la forma de hacer política, en la manera en la que nos relacionamos y conversamos, en las imágenes, textos y mensajes que compartimos por las redes sociales, en la publicidad que recibimos, en la manera de consumir, en el tiempo que nos dedicamos y que dedicamos a los demás, en nuestros modales hacia los otros. Como sociedad, hemos de recuperar un poco de sofisticación y hacerla extensiva y accesible a todos para igualarnos en la elegancia y en la belleza sencilla que enriquece, no en la vulgaridad que empobrece.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias.

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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