Revindicar lo aburrido

“Los viejos iban y se perdían en el olvido; en su reemplazo venían los nuevos, pero también a estos ella se acostumbraba pronto o sufría una decepción; comenzaba entonces a buscar ávidamente nuevos y nuevos personajes, los encontraba y volvía a buscarlos. ¿Para qué?”. La virtud de lo clásico resulta de expresar a su manera única la esencia de lo que no cambia con el pasar del tiempo, aquello que pertenece de siempre a la naturaleza humana y no deja de manifestarse bajo distintas formas. Valgan como muestra estas líneas con las que Chejov dibujaba hace más de un siglo a un personaje de uno de sus cuentos. Leídas hoy parecen describir a la perfección cómo se desempeña la sociedad de nuestros días. La novedad, la búsqueda ávida, el reemplazo, la pronta decepción, la conversión de lo nuevo en lo viejo en un visto y no visto. Una aversión a lo estático, a lo que no se mueve y permanece, una huida de todo ello a través del movimiento y de lo veloz. Un horror vacui existencial que se transforma en una forma de vivir y de relacionarnos.

Es en definitiva la generación intensa y constante de acontecimientos y sucesos, un relleno incesante de huecos que, paradójicamente, cada vez son más numerosos porque cada vez creamos más espacios susceptibles de ser llenados. La replicación de medios y formas de comunicación y su multiplicación por millones crea el círculo vicioso por el que cuantas más ventanas para comunicar abrimos, más huecos surgen por llenar, y cuantos más llenamos, más huecos necesitamos volver a crear para abrir más espacio y hacernos ver y, en ese crecer infinito, también crece en proporción directa el temor a encontrar esos vacíos, al permanecer estático. Son esos espacios sin llenar, esos vacíos, los que erróneamente hemos bautizado como aburrimiento, hasta el punto de que la propia RAE entiende el aburrimiento como un cansancio de ánimo originado por la falta de estímulo y de distracción. En prolongación lógica de esa causa-efecto, si vivimos sin estímulo y sin distracciones tendremos como consecuencia el cansancio de ánimo que todo el mundo desea evitar a toda costa.

De esta forma, la gran cruzada de nuestros tiempos es llenar esos vacíos y huecos, luchar contra esa acepción perversa del aburrimiento a base de estímulos y distracciones variadas y diversas. Un no parar que va desde nuestro tiempo libre al que le quitamos el apéndice de libre para sustituirlo por ocupado, hasta nuestras agendas políticas, sociales e informativas, pasando por las relaciones sociales que se miden por cantidad y no cualidad, o la misma educación que tritura currículums sin piedad y sin sentido. Todo ha de ser ocupación, estímulo y distracción cuando estudiamos, cuando trabajamos, cuando nos divertimos, cuando nos informamos. Es una de nuestras principales necesidades el sentirse ocupado, y ante la avalancha de estímulos, ya ni siquiera nos procuramos nosotros la ocupación, sino que nos la procuran. Consecuencia esta última nada baladí y achacable precisamente a la distracción y el estímulo. Quien habita distraído su existencia es poco probable que sea capaz de alcanzar un conocimiento propio y de su circunstancia lo suficientemente profundo como para estimularse por sí mismo, como para encontrar su propio camino de realización que se salga de lo propuesto. Con distracción y estímulo constante no hay reflexión, y sin reflexión no hay autonomía para crearse uno su propia ocupación.

Y es que aburrirse no debiera ser el objeto de la cruzada, sino todo lo contrario. La aceptación del aburrimiento como un estadio más del ser humano, una de las seis pasiones del alma que decía Jacques Lacan, requiere reservarle su propio espacio y no achicarlo hasta hacerlo invisible. No hay fórmula más directa de llegar al hastío y al vacío que a través de la negación del aburrimiento en nuestras vidas.

Aburrirse es en su origen etimológico separarse de aquello que nos asusta, alejarse de lo que nos crea horror y temor. Huir del aburrimiento a base de distracciones y estímulos constantes, opera justamente lo contrario a lo querido, nos aproxima a lo que nos asusta y nos crea terror, horror y desazón. Reivindicar lo aburrido es reivindicar un espacio para uno mismo y su circunstancia, para alejarse de lo que nos asusta y crear un lugar seguro sobre el que construirnos y reconstruirnos. Un lugar que huya de los efectismos y de los destellos para buscar una luz que alumbre y no deslumbre. Y es que, de regreso a Chejov, no hay mejor efecto que la ausencia de efecto. No hay peor aburrimiento que el no aburrirse.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias.

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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