En el reino de la laxitud

Resulta curioso observar cómo algunas palabras son borradas o camufladas de nuestro hablar cotidiano por su carácter especialmente descriptivo y veraz de los tiempos que vivimos. Mencionarlas nos violenta y ofende porque señala aspectos de nuestra forma de desempeñarnos, comportarnos y organizarnos como sociedad que nos desagradan. Basta con asociar a esos vocablos determinado cariz despectivo para que sean borrados de un plumazo de nuestro vocabulario. Como en un juego pueril e inútil, pensamos que escondiendo la palabra hacemos desaparecer el problema, cuando más bien lo contrario, hurtándonos la palabra que a veces señala y denuncia, pero que siempre nombra y distingue, no hacemos más que enmascarar un problema que, lejos de irse, se alimenta en la sombra. Como el cuento de Monterroso, cuando nos despertamos, el dinosaurio todavía está allí, o más bien, aún es más grande.

Así que pocos ejercicios de diagnóstico de lo que nos ocurre son tan efectivos como escudriñar algunas palabras que están faltando en nuestros diálogos, en la opinión pública y que, sin embargo, describen con exactitud mucho de lo que vivimos y señalan algunas de nuestras deficiencias que debieran ser abordadas. Y en esa práctica entre lo filológico, lo social y lo antropológico, es la laxitud una de esos vocablos ausentes y desterrados. Lo laxo recoge lo que es flojo, lo que se encuentra carente de la tensión que debiera poseer. La laxitud supone un relajamiento de lo que es estricto. Hablamos de flexibilidad y de adaptación como actitudes necesarias ante un mundo en constante cambio, y rechazamos en cierta forma lo que es estricto porque lo identificamos con lo que nos sujeta, con lo que es estrecho, con aquello que impide nuestra expansión, nos acota y coarta nuestra libertad. Olvidamos esa otra vertiente de lo estricto que tiene que ver con el rigor, con la precisión y con lo exacto. Ante esa limitación de lo estricto a esa visión de coerción, respondemos con laxitud. Pero esa laxitud es innombrable porque habla de un relajamiento moral que no nos gusta que se señale, y que camuflamos en nombre del respeto a la individualidad y a las libertades.

El resultado es un auténtico reino de la laxitud en el que el concepto de autoridad está degradado hasta tonos que hacen de ella algo casi imperceptible. En el ‘por miedo a’, ‘no vaya a ser que’ y otra serie de construcciones por el estilo que dominan nuestros pensamientos se esconde la laxitud, y tras ella el desorden y el sálvese quien pueda, el conflicto irresoluble, la injusticia, la trampa y, paradójicamente, las actitudes más radicales, incívicas, violentas y beligerantes. Cuando la laxitud se entroniza, suceden las injusticias y se acrecientan las desigualdades entre quienes mantienen un cierto código moral y quienes no lo respetan, entre quienes disponen de privilegios a informaciones y recursos, y quienes no lo tienen.  En el reino de lo que es laxo los gobiernos reflejan temor a gobernar y a tomar decisiones, los jueces a sentenciar, los maestros a enseñar, y así hasta el infinito. Cuando se alza lo laxo, nadie se hace responsable de nada, y son las culpas y acusaciones a lo ajeno las que dominan nuestras relaciones. En lo laxo no hay precisión, ni exactitud, y sin ello no hay zona compartida. La consecuencia es sentirse sin respaldo, atemorizado, con miedo a decir y a decidir, y entonces todo se traslada a la sombra, a las actuaciones en la oscuridad donde nadie pueda ser visto ni controlado. Ante ello, reaccionamos exigiendo más transparencia que se queda en lo puramente formal, porque no puede funcionar sin una aceptación previa de la necesidad de ser algo más estrictos, algo más exactos y rigurosos, sin un reconocimiento de que nuestras vidas han de someterse a un cierto estrechamiento para la convivencia.

El peligro del exceso de laxitud no solo estriba en su presente, sino también en su respuesta futura, donde el exceso de lo laxo se combate, a menudo, con otro exceso, esta vez de lo autoritario. Reconocernos laxos y no tener temor a ello es el primer paso para recuperar la justa dosis de lo estricto si caer en los autoritarismos, y aparcar el miedo a decir, a opinar, a gobernar, a legislar, a educar, a regir … Vivir en la laxitud no solo no garantiza nuestra libertad, sino que la amenaza tan seriamente como lo que es autoritario.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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