Ser lo que parece, o al menos un poco

Que las apariencias engañan o que nada es lo que parece no es algo nuevo. Son asertos que conviven con nosotros de mucho tiempo atrás. La apariencia es lo que parece pero no es, lo que es probable, lo que se presume verosímil, lo que se nos enseña solo en el exterior. Esa idea de probabilidad indica la no necesaria concordancia entre lo que se nos muestra y lo que es. Un poder o un no poder ser, una duda, acompañan siempre a la apariencia. Más allá de disquisiciones filosóficas sobre si la apariencia, aun siendo probabilidad y no verosímil, es también una forma de ser, lo cierto es que, en una interpretación más terrenal, las personas nos movemos en un mundo de apariencias, porque si la apariencia es lo externo que se nos muestra, todo lo que tenemos ante los ojos es en cierta manera apariencia.

La apariencia es pues consustancial a la realidad que nos circunda, y en el caso del ser humano, es cuestión necesaria para su supervivencia. En la apariencia sostenemos nuestro entramado de relaciones sociales y la convivencia a base de formalidades y modales, y en la apariencia nos permitimos ser distintos yoes que nos explayan y desarrollan nuestra personalidad de una forma más plena. En la apariencia logramos también preservar nuestra intimidad que queda velada para quienes no deseamos que la traspasen. La apariencia positiva es precisamente eso que vela, ese leve paño que camufla y tamiza, pero que no opaca totalmente. Esta apariencia es positiva cuando se acompaña de un conocimiento consciente por parte de quien aparenta y de quien contempla. Ambas partes, contemplador y contemplado conocen el juego de esa apariencia, lo respetan y conjugan armónicamente sin caer en el cinismo.

El problema surge cuando esa apariencia se torna omnipresente, y se pierde la consciencia de cuándo es y cuándo no es lo que divisamos una mera apariencia. Como esos actores que de tanto interpretar un papel se acaban convirtiendo en ese mismo papel y viven en esa apariencia constante donde ni él ni quienes le contemplan son capaces de averiguar dónde acaba la apariencia, nuestra sociedad actual parece haberse dejado dominar por la apariencia como vía absoluta de desplegarse. Todo entonces se transforma en probable pero no cierto, y es la falta de concordancia entre eso que es probable y lo que realmente es lo que domina nuestros pensamientos y actuación ante las cosas, y en ello se alumbra la inquietante sombra de la sospecha perenne. Entonces aceptamos con asiduidad que nada es lo que parece, y lo convertimos en norma habitual. El equívoco y la sospecha nos dirigen al terreno de la incredulidad permanente, o peor aún, a la credulidad ciega y acrítica.

Cuando el nada es lo que parece se transfigura en el elemento director, la desconfianza es la moneda de cambio con la que se paga la sospecha y el cinismo. Esa sensación constante de resultar amenazado por el engaño provoca una desafección hacia casi todo, y un exceso de prevención y de protección por lo que pueda pasar. Es un no fiarse de casi nadie porque todo resulta una apariencia, una cultura del gesto que intentamos combatir con más transparencia que, paradójicamente, se termina convirtiendo en un gesto más, en una apariencia más, quizás la más dañina. La transparencia convertida en un elemento más de la apariencia termina por desnortar a las personas, que caen en la generalización injusta, en los prejuicios y en la desmotivación.

Una humanidad que se entrega por entero a la apariencia, a la creencia de que nada es lo que parece, está condenada a vivir sin compromiso y a navegar en un océano de desesperanza. La apariencia no solo nos es intrínseca a nuestro existir, sino necesaria en su justa medida para nuestro discurrir como especie, como sociedad y como individuos. Pero un exceso de apariencia nos condena a una no vida, a una existencia cínica y a una mera búsqueda interesada de la supervivencia. Necesitamos ser lo que parecemos, al menos un poco más de lo que ahora mostramos.

 

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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