¿Nada que celebrar?

Años atrás, los investigadores Bruce Barry y Thomas Bateman decidieron investigar las causas por las cuales había personas que eran capaces de perseverar sin descanso en su propósito durante mucho tiempo, a pesar de que las probabilidades de alcanzarlo fueran harto inciertas. En sus resultados detectaron la influencia de distintas circunstancias relacionadas básicamente con la forma de encarar el presente, y visualizar y situarse en el futuro. En ese presente, el reconocimiento de su tarea por parte de los demás era una de esas condiciones fundamentales. Un reconocimiento que ha de ser profundo y no superficial, que requiere una comprensión no banal de lo que se premia y reconoce, que reclama una intención de destacar lo bueno frente a lo malo, así como un propósito de mantenimiento. Un reconocer que exige altura de miras y generosidad para situar al otro y a su mérito por delante de nosotros mismos. Un reconocer que conlleva, por supuesto, el acto de celebrar.

Cuando alguien es reconocido celebramos una virtud, un hecho digno de ser destacado siempre por su signo positivo. En ese acto, la celebración se hace extensiva a quien recibe el reconocimiento y a quien lo otorga. La celebración del otro nos enriquece a todos, porque nos celebramos indirectamente a nosotros mismos. Nuestro mundo, nuestra sociedad, ha aparcado ese acto de reconocer y de celebrar. El reconocimiento y la celebración son hábitos que se ganan y se pierden, que se entrenan y se ejercitan, que se recuerdan o se olvidan. Reconocer y celebrar han de ser activamente practicados, y hacerlo desde lo profundo y no desde lo superficial, y siempre con un propósito de mantenimiento. Pero en nuestra deriva maquinal y automática que se gobierna por el hacer y el ejecutar sin fin, no hay capacidad de comprender profundamente, de apreciar ni reconocer más allá de la banalidad y el gesto huero y hueco. Tampoco existe la intención clara como sociedad de ver lo bueno frente a lo malo, ni la idea de mantenimiento, de sostenimiento de las cosas en el tiempo. Por eso nuestros reconocimientos son actos de quita y pon, celebraciones de pompa fugaz y efervescente, de poca huella y escaso efecto.

Nuestros días necesitan recuperar el hábito del reconocimiento más profundo y de la celebración que nos cura. En la celebración que proviene del entendimiento y el reconocimiento profundo tomamos aire, descansamos y nos reubicamos. Las celebraciones son pequeñas paradas y avituallamientos para nuestro espíritu y nuestra alma, para nuestra mente y razón, para nuestro humor y alegría. Ellas son las que nos empujan hacia las siguientes etapas, nos dan el impulso necesario porque nos refuerzan, nos insuflan confianza, nos confirman y nos proporcionan aprecio. En la celebración, la sociedad se aprecia y no se desprecia como ocurre en su ausencia, se reconoce y no se desconoce.

Con la celebración se produce una comunión de lo común en torno a lo positivo, a lo bueno, y de ahí brota la esperanza de un porvenir. Cuando celebramos ahuyentamos el hastío y el cansancio que nos aplana y derrumba, y como sociedad mejoramos nuestra estima y nuestras relaciones que ya no se sostienen solo en la tensión del enfrentamiento, sino en la distensión de lo compartido y apreciado conjuntamente. Una sociedad acostumbrada a celebrarse sin caer en la complacencia es una sociedad más comprometida y con mayor capacidad de resistir y perseverar, de ser resilientes, ahora que de ello tanto hablamos. Y celebrar trae consigo algo fundamental que hoy no disponemos como es la sensación colectiva de un deber cumplido que genera bienestar. Pocas cosas hay tan plenas como la sensación de cerrar cosas, del deber que se cumple. En un entorno como el actual, todo se abre y nada se cierra, todo se pasa de página sin celebrar, y sin ese broche final, apenas aparece la sensación de deber cumplido, apenas existe el bienestar.

¿Nada que celebrar entonces? ¿Seguro?

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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