Perder el tiempo

En nuestro obsesivo afán por objetivarlo todo, el tiempo no es excepción. Hacer la cosa objetiva nos procura certezas aparentes, insufla seguridades y anega nuestra vida de evidencias. La objetivación desea eliminar los actos de fe y las convicciones para convertirlo todo en demostración y empirismo. Lo objetivo unido a lo evidente niega la discusión para agarrarse a la frialdad del dato. Así damos con que, en la objetivación, cualquier cuestión ha de entenderse desde su vertiente medible y contable. Y lo que no es medible ni contable termina por hacerse inútil e indeseable, porque nos sitúa en el terreno huido de la incerteza, del no saber, de la probabilidad y el ‘puede ser’. Lo que no se mide no cuenta, es pérdida o así lo queremos entender.

El tiempo no es excepción. Queda encorsetado en el territorio de los segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años y siglos. Y aún dentro de ese corsé, nuestra sociedad que cabalga a lomos de la inmediatez, lo ajusta todavía más para reducirlo a minutos, segundos y milésimas. El tiempo que es poliédrico y subjetivo en su concepción, que pasa largo y pasa corto dependiendo de la persona, momento y situación, es decapitado en esa subjetividad, en esa multiformidad, para hacerlo objetivo y uniforme. El tiempo es podado de la dimensión personal e intransferible de cada uno para transformarlo en una escala de medición compartida que nos ordena y califica. Somos lentos o rápidos porque hemos transfigurado el tiempo en un hecho medible y contable con el que encontramos una forma supuestamente objetiva y compartida de compararnos frente a algo. Una vez el tiempo es convertido en objetivable, es posible clasificarnos respecto de él. Y cuando hay clasificación, hay ganancia y pérdida. El tiempo pasa entonces a ser algo que se puede ganar y se puede perder. La demora y la lentitud es pérdida de tiempo, la rapidez y la velocidad es ganancia. Hacer más en menos tiempo se convierte en una ganancia objetiva, y hacer menos en una pérdida también objetiva. En esa búsqueda de ganancia, las horas comienzan a hacerse demasiado largas, y son los minutos los que cuentan, hasta que estos son a su vez sustituidos por los segundos, y estos a su vez por las milésimas en una carrera sin fin.

Así, el demorarse es cualquier cosa que supere el lapso de lo inmediato, siendo lo inmediato cada vez más constreñido. De tan constreñido, solo nos queda el hacer por hacer, aquello que es instintivo y no pensado, porque lo pensado y no instintivo conlleva tiempo que no ha de perderse, lapsos que van más allá del ahora.

El tiempo natural, ese que habita en cada uno de nosotros, que posee su propio ritmo y su cadencia, es clausurado porque no es objetivo y se demora, porque dispone su propio transcurrir que se rebela a la tiranía de los segundos y las milésimas. Embelesarse, detenerse, deambular, nada de eso parece posible cuando se habla de ganancia y pérdida en el tiempo, cuando se valora lo ágil y lo rápido. Pero violentar ese tiempo natural y someterlo a la dictadura exhaustiva del tiempo objetivado es recortarnos a nosotros mismos, ser incapaces de dejarnos crecer en nuestra auténtica dimensión. Quedamos como esos arbustos que siempre son en potencia porque a base de ser podados para el jardín de turno, jamás dejan o son dejados para que expresen toda su belleza y grandeza. La tiranía del tiempo objetivado nos empequeñece y nos angustia porque intuimos lo que podemos ser que siempre es silenciado por el temor a perder el tiempo.

El ser humano, como ser natural que es, requiere de la armonía entre un tiempo acordado y objetivo como base para el acuerdo y entendimiento, y su tiempo natural que despliega su peculiar cadencia. Cadencia para aprender, para pensar, para sentir, para hacer, para relacionarse, para expandirse. Sin la cadencia nos contraemos y replegamos. El tiempo ganado de hoy es el tiempo perdido para ganar una vida que merezca ser vivida.  

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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