Filántropos y voluntarios

Bill y Melinda Gates, Warren Buffett, George Soros o Amancio Ortega, entre otros pocos, continúan la senda de aquellos Rockefeller o Carnegie, y toman un protagonismo filantrópico olvidado en anteriores décadas. Entre tanto, millones de ciudadanos de todo el mundo no necesitan ya adscribirse a asociación alguna para ejercer su voluntariado. Las instituciones demandan y exigen una suerte de despliegue de ‘voluntad ciudadana’, de arrimar el hombro casi obligado para solventar problemas que nos sobrepasan.

Los últimos tiempos han puesto de relieve una nueva presencia y configuración de estos dos fenómenos que bien representan la realidad social de nuestros días. De una parte, élites súper minoritarias del gran capital que destinan una parte de sus ganancias y fondos económicos a aspectos que ellos deciden relevantes para la mejora del mundo. De otra, millones de personas que han de prestarse ‘voluntariamente’ a restañar las faltas que en su entorno más cercano se producen.

Ambos fenómenos, sin embargo, poseen el nexo común de intentar solventar un vacío que ahora no cubren las instituciones ni las infraestructuras que nos hemos procurado. Nada nuevo si no fuera porque, como ocurre en nuestros días, ese vacío es ya tan inmenso que la filantropía ha de triplicarse y el voluntariado ha de convertirse casi en tarea obligada de todos, y aplicarse a cuestiones que de facto habrían de ser cubiertas por las instituciones. Una realidad que no se justifica tan solo por la llegada de circunstancias imprevistas e inmanejables que nos desbordan y para las que es imposible disponer de recursos adecuados. Más bien tiene que ver con la dinámica de someter a los sistemas, en aras de la eficiencia y la rentabilidad, a una tensión tan alta que cualquier acontecimiento que altere ese equilibrio frágil (y cada vez hay más), provoca el colapso. Se le añade a todo esto la dispersión de recursos disponibles (mayores que nunca, por cierto) por la falta de agendas compartidas políticas, económicas, sociales, culturales, científicas, educativas, sanitarias y así hasta el infinito, que impiden que de una legislatura a otra se preserven determinados proyectos y se escalen sus recursos adecuadamente. Finalmente, el individualismo rampante de cada uno de nosotros que demanda un servicio personalizado de las instituciones, y que no tolera nada que así no lo sea, termina de agigantar ese espacio vacío para que lo traten de soslayar una filantropía y un voluntariado expandidos.

El resultado de todo ello es que esos vacíos no afectan ya a lo puntual que puede sernos más o menos cercano, sino a lo nuclear de nuestras vidas, de aceras a jardines, de escuelas a hospitales, de teatros a limpieza. En ese vacío crece el hastío, la desconfianza y la desconexión con las instituciones. En ese hueco engrandecido emergen nuevas desigualdades y se profundizan las anteriores, mientras se alumbra el peligro de una comunidad desmembrada y enfrentada, descreída y desesperanzada, cansada y enfadada. Un panorama ideal para el reverdecimiento de lo populista (no lo enterremos tan pronto), de las voces que prometen estar al lado de esos millones de voluntarios frente a esos filántropos a los que reciben posteriormente a escondidas. Nada que no haya sucedido antes, pero que seguro se manifiesta con nuevos ribetes.

Cuando se demanda de la población un voluntariado (o más bien voluntarismo) para cubrir los vacíos del Estado y de las Instituciones de forma regular, y los filántropos financian inversiones que debieran ser realizadas por los poderes públicos porque tocan lo esencial de nuestro funcionamiento como sociedad, podemos dar por seguro un aumento de la desigualdad y del desequilibrio social, y una afectación a nuestra convivencia y sentido de comunidad. Filantropía y voluntariado son y serán deseables, pero jamás como sustitutos de lo que las instituciones deben cumplir. Las décadas de mayor igualdad y bienestar social no han reclamado lo voluntario y lo filantrópico para cubrir lo fundamental en las sociedades. Nunca debemos olvidarlo.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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