Público y privado

Tiempo atrás, buena parte de nuestras vidas transcurría en espacios públicos, y en ellos sucedían conversaciones e intercambios, surgían relaciones de amistad y sentimentales, se debatía y discutía. Cualquier lugar era bueno, los parques, las aceras, los bancos, … El bien público no solo era algo que se definía por ser de todos o por su gestión estatal, sino también porque allí había público propiamente dicho. Eran espacios que, al ser de todos, eran igualmente ocupados por todos y en ellos discurría en gran medida nuestra existencia. Nuestro comportamiento en estos lugares era también público y, por lo tanto, estaba sometido a unas determinadas normas, a un escrutinio de quienes teníamos más cerca. Lo que allí acontecía estaba supeditado a límites fijados entre la ciudadanía. Éramos ciudadanos porque todos teníamos la capacidad en poco en o en mucho, dependiendo de nuestra implicación, de intervenir en ese control y cuidado de lo público. Éramos controlados, pero también controlábamos. Los ojos y oídos de la vecindad eran los principales garantes del buen funcionamiento de ese espacio público, de su conservación adecuada, de la convivencia armónica.

De esta forma, cuanto más espacio público existía y cuanto más nos desempeñábamos en él, más control como ciudadanos poseíamos de nuestro entorno, más capacidad de intervención en él, y más normas compartidas y comunes disponíamos. Todo ello nos otorgaba como comunidad y como ciudadanos una mayor autonomía basada en una interdependencia que tenía como objetivo el cuidado y la convivencia.

Como seres sociales que en parte somos, existe una necesidad de conversar, compartir, escuchar, convencer, discutir, colaborar, en definitiva, de relacionarse con los otros que no se satisface en la intimidad, sino que ha de ser dispuesta en un espacio público. El problema de este tiempo es que ese espacio donde nos comportamos públicamente se ha ido privatizando en el concepto más puro de su gestión y de su dominio. La creciente e imparable virtualización de nuestras vidas ha trasladado lo público a la red, y es allí donde buscamos satisfacer esa necesidad de lo que habitualmente llamamos socialización. Y en lo virtual, los parques, las aceras, las calles y los bancos que eran el espacio público donde la ciudadanía controlaba, intervenía y gestionaba porque era un bien común, se han sustituido por entornos de propiedad privada, espacios aparentemente públicos en tanto en cuanto todo el mundo puede entrar gratis si lo desea y desarrollar esas relaciones y conversaciones públicas, pero que no nos pertenecen. No poseemos control sobre ellos, no tenemos interdependencia ni capacidad de intervención.

Y cuando se trasladan a espacios privados nuestros comportamientos públicos, perdemos autonomía y libertad porque las reglas que allí rigen no las definimos nosotros, sino que nos son impuestas por alguien que es movido por intereses particulares y no comunes. Y también así se perjudica la convivencia, igual que sucede con esos barrios que se van deteriorando porque la vecindad ya no pone sus ojos e interés en conservar ese espacio compartido, porque se extravía la idea de bien común que llama a la implicación conjunta, a la comunidad. Nunca puede existir comunidad, por más que se le llame, si se desarrolla en un espacio privado, puesto que allí no existe la base del bien común que es propiedad de todos.

Retirarnos de esos espacios públicos y llevarlos a lugares gestionados por lo privado nos enjaula en una cárcel invisible en la que estamos al albur de las decisiones particulares que nada tienen que ver con nuestros intereses como comunidad. Hoy son políticas de privacidad, mañana es borrar una opinión o pasado mañana ser expulsado. Nadie en un espacio público de antaño podría ser expulsado, porque también le pertenecía. Sin espacio público podemos ser borrados y apartados, y convivimos con la inseguridad de estar a merced de reglas que cambian sin que podamos intervenir en ellas. Sin esa intervención como comunidad, se disparan también los comportamientos extremos que son regulados arbitrariamente por esa autoridad privada que ahora domina nuestra vida pública.

Reducir el espacio público y cedérselo a lugares privados virtuales es ceder gran parte de nuestra libertad y encerrarnos en prisiones modernas, pero prisiones al fin y al cabo.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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