Los vagos y el valor de cambio

En los años sesenta, Douglas McGregor estableció sus célebres teorías de la X y de la Y para definir dos interpretaciones distintas a la hora de entender la actitud de las personas hacia el trabajo, y de esta manera, enfocar la forma de dirigirlos. En la teoría de la X, el individuo es considerado como un ser poco activo y con escasa motivación, que esquiva la responsabilidad, que posee aversión al esfuerzo y que carece de ambición. Por el contrario, la teoría de la Y estima al ser humano como alguien implicado en su trabajo, proactivo, motivado y con una disposición positiva hacia el esfuerzo y la toma de responsabilidades. Estas visiones, o más bien interpretaciones de la naturaleza humana, propias de un ámbito de gestión empresarial, se han expandido sin embargo a todos los rincones de nuestra sociedad. En un mundo en el que los mecanismos de mercado han copado cualquier rincón, y las relaciones cada vez resultan más transaccionales, no es extraño que estas teorías hayan saltado el cerco de lo meramente empresarial para contaminar la visión generalizada que poseemos de nosotros mismos como especie. Y con ello, la manera en la que nos regulamos y organizamos socialmente.

En esta dinámica, a pesar de lo mucho escrito y la buena intención, seguimos y persistimos en asociarnos a la teoría de la X y a creer que los seres humanos necesitamos incentivos y dirección “dura”, a dejarnos tratar como niños malcriados que requieren de una disciplina de la que carecen y a ser constantemente gestionados bajo el temor y la amenaza. El ser humano, en fin, dibujado como un vago al que hay que estar controlando e incentivando permanentemente para evitar que caiga en la pasividad e inactividad. Esta concepción se entrevera de forma simbiótica y casi perfecta con el valor de cambio que impera en nuestros días, hasta el punto de no saberse si nació antes o al albur de ese valor de cambio. Nuestro mundo se rige por el valor de cambio que varía según épocas y circunstancias. Valemos más cuanto lo que ofrecemos se puede cambiar a un precio mayor. Pero ese valor de cambio no siempre, o más bien casi nunca, coincide con nuestro verdadero valor, con aquello que nos gusta, sabemos y queremos hacer. Dado que lo que nos gusta y queremos hacer no posee apenas valor de cambio, no nos permite la supervivencia en una sociedad de mercado, y es por ello que debemos dedicarnos a cosas que poseen valor de cambio pero que ni nos gustan ni siempre se nos dan bien, ni por supuesto deseamos hacer. Entonces, el remedio de la sociedad de mercado es el incentivo económico. Y así tenemos la ecuación perfecta. El ser humano es vago y necesita de incentivos, en este caso económicos, para trabajar adecuadamente. De esta forma organizamos nuestra sociedad en forma de subsidios, de políticas activas de empleo que solo buscan que el individuo se recoloque cuanto antes, sea en lo que sea, siempre y cuando aporte valor de cambio, de educación para prosperar en el mercado laboral, de cultura entregada a lo mainstream, de la artesanía infravalorada y así hasta el infinito.  

Pero no, el ser humano no es vago por naturaleza, no necesita de un incentivo económico para ponerse a trabajar. Esto ocurre porque el valor de un ser humano lo hemos transformado en valor de cambio, y en ese valor de cambio, solo lo que es apreciado es remunerado y facilita la supervivencia. Y como hemos de sobrevivir, hacemos cosas que no nos gustan, que no extraen nuestro valor, y de esta forma nos frustramos, enfadamos y desmotivamos. Nada que ver con ser vagos, sino con no poder hacer lo que realmente extrae nuestro verdadero valor y nos realiza. Si las personas trabajamos en lo que deseamos y queremos, el propio trabajo es el incentivo, y todos somos entonces parte de la teoría Y. El verdadero cambio social y paradigmático será el que surja de entendernos como una especie que quiere y necesita trabajar, pero que quiere y necesita trabajar en lo suyo, en donde está su valor. Mientras el valor de una persona se mida por el valor de cambio, cortaremos sus alas incluso antes de saber lo que quiere, y en ese círculo vicioso, al no saber lo que quiere, se entregará más al valor de cambio, sufrirá más y se le considerara un vago que en realidad no es. No hay progreso si un artista ha de emplearse en cualquier otra cosa porque “lo suyo” no da para sobrevivir. Y lo mismo sucede con todas esas profesiones frustradas que terminan convirtiéndose en hobbies cuando habrían de ser trabajos y ocupaciones. No existe nadie sin vocación, sino que hay personas que no han podido ni saber lo que desean porque han tenido que entregarse al valor de mercado. Quien hoy vive de su vocación es porque posee la fortuna de que en esta época su valor y lo que le gusta y quiere hacer coincide con que posee valor de mercado. No somos vagos, es el valor de mercado. No somos X, somos Y.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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