¿De qué hablamos?

La variedad y la calidad de nuestras conversaciones son directamente proporcionales a nuestra calidad de vida. A través de las conversaciones, del encuentro hablado con los otros no solo nos reflejamos, nos situamos en otros registros y lugares, nos aproximamos a otras realidades, divisamos nuevas perspectivas que nos abren horizontes desconocidos y estimulamos nuestra imaginación y creatividad, sino que también nos espejamos, nos contemplamos a nosotros mismos y nos reconfiguramos, y en todo ese proceso, moldeamos buena parte de lo que somos. Cuando nuestra conversación se puebla de temas variados y variopintos, nuestra existencia se enriquece. Igualmente, una sociedad que conversa y cuida la calidad y variedad de sus conversaciones, deviene en una sociedad más rica y con mayor bienestar.

Preguntarse ¿de qué hablamos? resulta en un termómetro poco utilizado más allá de la estrategia algorítmica para localizar audiencias a las que impactar mensajes y publicidades varias. Pero también es un medidor tanto personal como agregado de nuestra pobreza o riqueza, de nuestro nivel de bienestar como individuos y como sociedad. Tristemente, nuestra salud conversacional es ínfima, casi crítica. Variedad y calidad brillan por su ausencia, y con ello nos empobrecemos raudamente. Una pobreza que no es visible como la económica, que no es dolorosa como la de la salud física pero que, en esa invisibilidad indolora, se hace más dañina y más profunda que ninguna.

Nuestra fuente fundamental de conversaciones la hemos delegado específicamente en la agenda informativa de turno. Una agenda que se mueve en grandes bloques que apenas dejan espacio para dos o tres cosas que se mantienen dictatorialmente hasta que son sustituidas por otras. Nos alimentamos de grandes bloques, de titulares grandilocuentes y totalizantes que nos trasladan la idea de una sola realidad monolítica y cierta, mientras otros cientos de pequeñas y grandes realidades de las que podemos conversar quedan en la umbría más absoluta. Poco importa que existan más o menos redes sociales, que cada persona se constituya ya en un medio comunicativo en sí mismo, tan solo ejercemos de altavoces con más o menos sordina, con más o menos aporte personal, de esos grandes bloques que la agenda dicta que hemos de hablar. Una simbiosis perniciosa para nuestras conversaciones variadas y de calidad. Los bloques crean el marco conversacional, y las redes lo extienden por todo el mundo, lo convierten en ese trending topic que nadie se puede perder, que provoca que todos terminemos por hablar de lo mismo, y que no miremos nada de lo que sucede fuera de ese marco. Una onda expansiva que captura también a los agentes culturales, de editores a productores, que declinan en su resistencia numantina que les da su sentido para hacerse parte más del río de la invariación, de lo tópico.

Esa dictadura conversacional, esos grandes bloques que nos caen a plomo todos los días y a todas horas, y que son profusamente difundidos por las redes, ha dibujado una realidad dura, áspera, sin matices, fría y abstracta, monótona y cansina, en la que solo caben espacios para los memes de turno y las posturas encontradas y enconadas. Disponer de escasos temas para hablar porque si no “no estamos en la realidad” es una prisión impalpable pero muy real, una limitación no solo a nuestro pensamiento sino también a nuestra alma. Un ser humano es menos humano cuando agota sus temas de conversación. En ese agotamiento se vulgariza, se entrega al cinismo y al descreimiento, se aficiona a las medias verdades y al rumor, que terminan por ser las únicas armas que encuentra para huir de ese régimen dictatorial.

En la conversación no diversa y monotemática, el pensamiento se hace perezoso porque no encuentra resquicios ni grietas donde ver otra luz, y termina por perder la perspectiva y enredarse en un mundo que navega entre la realidad y la ficción, entre la banalidad y la estulticia.

La variedad conversacional no consiste en crear agendas informativas en bloques y sustituirlas a los pocos días. La variedad es precisamente lo contrario, eludir esos bloques para que la visión sea más amplia, y permitir que en esa panoplia de temas, estos no mueran a los dos días. Y es que la variedad y la cadencia en las conversaciones son indicativo de riqueza. Los bloques y su renovación incesante y rabiosa son propios de sociedades pobres y masificadas. Cuidemos con mimo nuestras conversaciones, démosles calidad, variedad y cadencia, porque en ello nos va nuestra calidad de vida como personas y como sociedad.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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