Los nuevos centros comerciales

¿Zonas comerciales? Millones, una por cada casa habitada y conectada. Cada una de nuestras habitaciones es ya en sí misma un local comercial donde comprar. Nuestros salones son sucedáneos de salas de cine y de restaurantes. Nuestras casas se están transformando a velocidades inusitadas en los nuevos centros comerciales. La multiplicación exponencial de pantallas interconectadas crean nuestros particulares Times Square o Picadilly Circus.

Si nosotros no vamos a los centros comerciales, sea por no querer, sea por no poder, los centros comerciales vienen a nosotros, asaltan los muros de nuestros antaño fortificados inmuebles con fibra y Gs que pasan del 4 al 5, y pronto del 5 al 6. La necesidad de las marcas convertida en virtud, y finalmente en sueño imposible hecho realidad antes de lo esperado. El consumo sin desplazamiento, sin esfuerzo, instalado en el sofá y en las camas, en los baños y en las cocinas, e individualizado y multiplicado por cada uno de los miembros que habitan en cada casa. A cada milésima de segundo un anuncio, una oportunidad irresistible de comprar, una tentación ya improbable de evitar poniendo distancia. Las barreras se derrumban y la invasión comercial de nuestros espacios íntimos se camufla de palabras como confort, comodidad, libertad, ahorro de tiempo, personalización… Caramelos envenenados que solo crean más dependencia y sumisión, más incapacidad de pensar por nosotros mismos, y que sustituyen nuestros criterios independientes por recomendaciones sobre cosas que ni siquiera buscamos ni tampoco sabemos si deseamos. La vida se convierte en una obediencia blanda a lo más recomendado.

La cadencia, el silencio y la intimidad, esos lugares donde comienza la verdadera construcción de un YO con mayúsculas, único, autónomo y pensante, donde nos discutimos y acordamos con nosotros mismos para finalmente encontrar una forma de SER y de VIVIR (también con mayúsculas), se van esfumando por cada pantalla conectada que dejamos entrar en nuestras casas, por cada servicio a domicilio que disfrazado de progreso y comodidad nos ocupa cada uno de los rincones. Poco a poco se achican los momentos y los espacios en los que podamos estar aislados y solos y, sin embargo, gran paradoja, jamás nos sentimos tan solos ni tan aislados como ahora. A la sensación de soledad que las multitudes extrañas de las ciudades contribuyen a acrecentar, se le suma también la presión comercial sobre una intimidad que se va esfumando en aras de una recepción incontable de impactos publicitarios y de entretenimiento. Un entretenimiento que despersonaliza nuestras casas, que ya no son hogares como antaño, sino una colección de objetos y enseres varios sin orden ni concierto.

El ser humano necesita refugios, cuevas en las que protegerse incluso de sí mismo, momentos de quietud y solitud, y requiere la costumbre de cultivarlos, de apreciarlos y de preservarlos. Antes eran los hogares quienes nos refugiaban, pero cuando se transmutan en centros comerciales, todo es ya zona para el entretenimiento y el consumo, todo se transfigura en un transitar continuo de una pantalla a otra, de una oferta a otra, exactamente igual que cuando visitamos un centro comercial.

Pero no hay atajos, ni sucedáneos, ni sustitutos para la intimidad de uno mismo y de los más cercanos, y su supresión no se puede reequilibrar con otra cosa. Si se pierde la intimidad, se pierde el buen vivir, se extravía el bienestar verdadero para dejar paso a un confort superficial y engañoso, una ausencia de libertad disfrazada de comodidad y multitud de opciones. Cuando no existe lugar para la intimidad, no hay tampoco posibilidad para el asentamiento y el asentimiento de uno mismo, para el conocimiento y la aceptación. Todo es huida y acción, consumo y recomendación. Y en esa falta de intimidad que provoca el que dejemos asaltar por lo comercial cada esquina de nuestra casa nunca habrá confort verdadero, bienestar auténtico, tan solo dependencia, sumisión e incomodidad de no SER y VIVIR con mayúsculas. Nunca es tarde para dejar un espacio para lo íntimo, para preservarlo del fragor del comercio y el consumo, para hacer de nuestra casa un hogar íntimo, no un centro comercial.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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