El mundo abstracto y la banalidad

Hace ya unos cuantos años escribía Erich Fromm acerca de la idea de enajenación a la que definía como el sentirse ajeno a las cosas que nos rodeaban. Incidía especialmente en cómo la economía de mercado, que tasaba y valoraba todo por su precio, por su valor de cambio a cada momento, permitía comparar bienes y cosas sumamente distintas en sus funciones y en sus formas, y con ello situaba dicha comparación en un grado de abstracción tan acentuado que, inevitablemente, nos alejaba de las cosas en sí mismas. El mercado y su extensión por nuestra vida era entonces fuente de enajenación, origen de un alejamiento del mundo real.

Abstracción y enajenación se articulan, según Fromm, como causa y consecuencia. Cuanta más abstracción existe, más alejamiento encontramos de lo que nos rodea. La economía de mercado que todo lo hace comparable bajo la abstracción y reducción al valor de cambio, al valor monetario, ha poblado ya todos los estamentos y funcionamientos de nuestra sociedad, y ha extendido dicha abstracción a cualquier ámbito y rincón. Pero nuestro mundo continúa dando aún más pasos de gigante hacia esa abstracción a través de la tecnología y las pantallas. La virtualidad se convierte en el lugar donde más tiempo pasamos y, consecuentemente, es allí donde más habitamos. Entretanto, la materialidad, ese mundo real, ese ‘ahí fuera’, queda como algo residual que también está cuasi conquistado por la ubicuidad que proporcionan los dispositivos móviles y la imparable conectividad.

En esa virtualidad habitada, en esa realidad ubicua, todo se nos presenta ya como absolutamente abstracto, desde nuestras emociones que viajan en emoticonos, hasta nuestras aprobaciones que se trasladan en botones de Me Gusta, pasando por las solidaridades encerradas en un hashtag o las inversiones en criptomonedas. Esa abstracción creciente y extendida nos enajena, nos aleja del mundo real para acercarnos a un ‘no lugar’, porque lo virtual no puede ser asemejado a lo tangible. No podemos desconectar con un clic el paisaje que vemos en nuestra ventana, la persona que camina a nuestro lado, los sonidos de la calle, los olores del local de enfrente. Todo ello lo podemos hacer en lo virtual, donde un botón o una conectividad mejor o peor nos separa y nos acerca de forma extraña y ajena, nos conecta y nos desconecta.

Cuanta más abstracción nos invade, más enajenados nos sentimos, más afuera de todo, más aislados, menos conectados con lo que antes era real. Y en esa enajenación la naturaleza humana se siente desvalida, aislada, alienada, y encuentra en un exceso de evidencia su peligroso remedio. Por eso la sociedad tan obsesionada con los derechos humanos no se escandaliza ante las evidencias dolorosas en la pantalla. La abstracción que nos enajena nos empuja a necesitar lo evidente como forma de conectarnos con lo real, poco importa que lo que se nos ofrezca sea cruel o denigrante. A mayor abstracción, más demanda de evidencia y a más evidencia, más normalización de lo antaño intolerable. De esta forma, sin ser conscientes llegamos a alcanzar en estos tiempos cotas de exhibición de imágenes jamás pensadas hace pocos años. Y con esa normalidad de lo anormal, con esa abstracción extendida donde hasta la propia evidencia se transforma en irreal porque todo nos es ajeno y distante, queda abierta la puerta a la banalidad y su extensión a lo que en nada es banal.

En esa banalidad emergente por la confusión de lo real con lo imaginado, por la vida cada vez más abstracta, dejamos de valorar en su justa medida la importancia de lo importante, de las instituciones, del cuidado del lenguaje y los exabruptos, de lo que es y no tolerable. Lo que no es banal lo convertimos en banal, y nuestra indiferencia, nuestra enajenación y alejamiento nos convierte en cómplices de lo que nos sucede. Todos tenemos una responsabilidad que es la de no enajenarnos, mantenernos siempre con un pie en lo real, combatir en nuestra vida la abstracción absoluta a la que nos estamos sometiendo, y no banalizar lo que no es banal. Tú, yo, todos, sin excepción, tenemos una responsabilidad.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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