Renovarse y morir

La renovación es renacimiento, y necesitamos renacer todos los días porque todos los días morimos un poco. En la cultura del mercado que todo lo inunda y establece sus mecanismos de oferta y demanda, se muere cuando no se consume, cuando no se demanda, y se renace cuando uno se renueva. La renovación de nuestros días es un renacimiento efímero y continuado, un volver a empezar casi antes de terminar, un montón de muertes ficticias diarias y de renacimientos sin fin. Un renovarse o morir llevado hasta sus últimas consecuencias domina nuestros días en los que el espacio temporal para hacerlo se constriñe hasta los milisegundos.

El perdurar es quimérico, la posteridad es inútil y rinde poco crédito en un entorno de exigente renovación. En el universo individualizado en el que habitamos apenas encontramos sostén que nos proyecte al futuro, lugares y espacios comunes que nos ofrezcan un mirador hacia el porvenir. Nada garantiza ya que nuestra inversión en el mañana sea segura, y mucho menos rentable. Sin esa mirada en perspectiva, nuestra vista olvida divisar el horizonte y solo se concentra en sí misma, y en esa visión concentrada y limitada crece la desesperanza que se intenta avivar con shocks de novedad, con espasmos fugaces de ilusión, con renacimientos artificiales que cuando se alumbran ya están muertos, y que piden a gritos otro alumbramiento.

Permanecer y mantenerse se hace así una lucha titánica y fútil en muchas ocasiones. Un heroísmo callado y silencioso que ha de enfrentarse a la presión social, a la dinámica administrativa e institucional, a la saturación del espacio público por lo publicitario y a la propia tendencia del ser humano a sucumbir a lo cómodo, al corto plazo y al refresco de sí mismo. Pero a la renovación cargada de frenesí no se le opone el morir, sino más bien todo lo contrario. La muerte no es la opción contraria de la renovación, sino su invisible y silencioso acompañante que se manifiesta en distintas formas. Así, cuando la renovación rápida es el leit motiv que nos domina, todo pasa demasiado veloz, y cuando así ocurre, reduce el espacio para el compromiso. Nuestra vida se trasforma entonces en una vida cínica, un dejar pasar indiferente ante la espera de la siguiente estación, que llega con rapidez inusitada. Una existencia gobernada por la renovación continua expulsa la implicación y el compromiso, e invita al cinismo y a la indiferencia, al descreimiento y a la ausencia de convicción. En ese cinismo hijo de la renovación cuando es febril crece la semilla de la desconfianza y del egoísmo, porque lo que es limitado en el tiempo se convierte en escaso y azuza la competencia, y en la competencia el otro es rival y no cooperante. Vivir cínicamente, sin compromiso ni convicción es morir en vida. Renovarse sin freno ya no es la opción a morir sino su más pertinaz instigador.

La renovación incesante y meteórica se convierte en un producto, en un bien y servicio más a consumir, pero en ese consumo voraz apenas nos damos cuenta de que lo que consumimos es nuestra propia vida. En ese juego perverso hay que estar continuamente muriendo para activar la necesidad de renacer, de renovarse. Hay que autoengañarse en ese renacer infinito, hay que ser cínico también con uno mismo para no reconocer que en cada renovación que se produce al milisegundo, morimos un poco más, desconfiamos un poco más, alimentamos nuestro egoísmo un poco más.

Y en lo social nos crecen los monstruos, esas figuras nunca imaginadas que se convierten en realidad porque lo toleramos con nuestra indiferencia, con nuestra idea de que es otra cosa más que pasará, que morirá y se renovará. Y en ese proceso hay sufrimiento, hay dolor y también se muere.

Nos renovamos y morimos porque en el renacer perpetuo jamás hay compromiso ni convicción ni implicación, y en esa indiferencia y descreimiento, en ese dejar pasar, lo que realmente pasa es toda una vida sin vivir. Una existencia consumida pero no vivida.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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