La sociedad siempre abierta

24/7/365. Números fríos que resultan fiel reflejo de uno de los principales rasgos definitorios de nuestro mundo actual. Abiertos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Siempre abiertos. Lo que comenzó como excepcionalidad tiempo atrás en los espacios físicos es ahora normalidad extendida, seña de identidad de nuestra sociedad. El despliegue masivo y la inundación de nuestras vidas por lo tecnológico ya no deja resquicio para cerrar siquiera un minuto. Ahora se ha de estar disponible a todas horas. La maquinización y la automatización de nuestra realidad extiende la idea de computadoras que no entienden de horarios comerciales ni de descansos. Siempre disponibles, siempre activas. Un fenómeno que, se nos insiste, solo redunda en nuestro confort y comodidad, en nuestra libertad de elección porque ahora, se recuerda, podemos decidir cuándo queremos comprar y disponer de nuestro tiempo de la mejor manera posible, sin hacernos rehenes de los horarios de terceros.

Pero en un mundo ubicuo en el que lo virtual es tan real como lo real, y lo real tan virtual como lo virtual, todo está interconectado y todas esas lagunas de maquinización son cubiertas por personas físicas, que terminan por estar siempre abiertos también, sin descanso, sin desconexión y en cruel comparación con el rendimiento de las máquinas. Pero más aún, como sociedad interdependiente e interconectada, la materialización del siempre abiertos en muchos ámbitos contamina a otros en apariencia más lejanos. La maquinización y la automatización genera hábitos e inercias que se convierten en exigencia también en otros espacios donde esa tecnologización no ha llegado aún, o al menos no en el mismo nivel. Nuevamente, más personas siempre abiertas, más sometimiento. En realidad, hoy ya casi todos estamos siempre abiertos. A los políticos ya no se les exige solo su tiempo de sesión parlamentaria, sino que han de estar activos en redes, contestar a cualquier hora. Los pedidos nos llegan a nuestra puerta a cualquier hora del día, en cualquier día de la semana. Ni siquiera el ámbito privado y personal se escapa de la exigencia de verse respondido a un mensaje a los pocos segundos, sea cual sea el horario al que nos comuniquemos. Algo similar sucede con nuestros trabajos, donde la posibilidad de leer en cualquier lugar, de conectarse en cualquier ubicación, crea una inercia que extiende el siempre abiertos a todos los momentos de nuestra existencia.

No cerrar jamás, permanecer siempre abiertos, no es una liberación, no es confort ni comodidad, no es libertad sino más bien su contrario, una nueva forma de sumisión. Cuanto más abierto está nuestro entorno, más abiertos estamos nosotros y menos disponibles para nosotros mismos, para ocupar nuestro espacio personal y particular tan necesario para habitarnos y disfrutarnos. Convivir con la realidad del siempre abierto nos incapacita para organizarnos adecuadamente, nos dificulta cerrar nuestra persiana personal para dedicarnos a nosotros. El siempre abierto es un movimiento de ida y de vuelta, no solo son ellos los que están abiertos, sino también nosotros que permanecemos atentos a las notificaciones, a las ofertas, al no perdernos las cosas. Y todo ello nos llena de angustia y de ansiedad, de una necesidad de permanecer activos y conectados, enganchados y en permanente tensión.

La sociedad siempre abierta ha eliminado los espacios de privacidad porque el estar continuamente disponible se transforma en una invitación permanente a ubicarnos fuera de nosotros, a ausentarnos de nuestra privacidad, y de paso, el resquicio de privacidad que pudiera quedar, convertirlo también en algo abierto a los demás. Aparece de esta forma una nueva manera de vivir sometidos. Hoy la esclavitud no se encuentra en las oficinas, sino en nosotros mismos que nos obligamos a estar siempre abiertos, siempre disponibles, sin echar persiana alguna. La sumisión está hoy disfrazada del estar perennemente activos, del mantenernos alerta, de la incapacidad de desconexión, del temor a la pérdida de oportunidades, del miedo al quedarse descolgado. El siempre abiertos implica estar siempre haciendo, porque se está abierto para que exista actividad, para que se cree un movimiento infinito. Pero solo cuando echamos el cierre aparece la intimidad, lo privado, el descanso y el reencuentro con uno mismo. Solo cuando cerramos coincidimos como sociedad en los tiempos, navegamos al unísono, creamos espacios y rutinas compartidas y comunes. En definitiva, hacemos comunidad. En una sociedad siempre abierta y disponible, es el individuo y su capricho quien manda, y en ese capricho encadena a otra persona que le sirve y a él mismo que se convierte en preso de esa disponibilidad eterna. Cerrar de vez en cuando es nuestra nueva manera de liberarnos.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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