De la seducción a la adhesión

Primero fue la imposición, bien por lo divino o por lo institucional. Era inicialmente un tiempo donde la religión a través de la idea de lo eterno, como fin y destino ansiado, regulaba la existencia de las personas a través de la concepción de la vida terrenal como un estadio de paso en el que hacer méritos para alcanzar esa eternidad. Más tarde fueron las instituciones, y entre ellas el Estado con mayúsculas, quienes descendieron un peldaño esa autoridad y también la potestad para regular nuestra convivencia y comportamiento como sociedad e individuos. Lo normativo pasaba del cielo a la tierra, del Dios al Estado, pero siempre con una idea de imposición y de acatamiento. La obligación primigenia del hombre hasta aquellos momentos era la del acatamiento, primeramente de la voluntad divina y más delante de la del Estado. Todo ello se fue desmoronando poco a poco con la creciente individualización de lo social. El gobierno fue pasando de lo divino al Estado y del Estado al individuo, que exigía su propio autogobierno, que demandaba el control absoluto de su Ser, su derecho invulnerable a sí mismo.

Esa etapa de individualización gobernada allá donde miráramos por el prefijo del ‘auto’, la autoimagen, la autoestima, el autocontrol, y así hasta el infinito, quebró de manera progresiva pero firme la idea de imposición para dejar paso a la de la seducción. Trasladado el poder de lo colectivo al individuo, de lo compartido a lo particular, la imposición venida desde fuera no era ya concebible, y en una época comandada por la libertad de decisión teórica que tomaba cuerpo en el consumo hiper estimulado y extenuante, era la seducción y su lógica la que ocupaba el lugar de la imposición. Ya no se trataba de imponer sino de seducir, no se obligaba sino que se cautivaba, y la norma dejaba su paso a la recomendación. El ciudadano era un consumidor al que había que invitar a probar, recomendar y atraer, pero nunca imponer ni obligar. La abundancia de opciones que le permitía cambiar de una a otra posibilidad y la invasión de lo mercantil a todos los ámbitos llevó a los estamentos a competir por la atención y el favor de la ciudadanía que pasó a ser público objetivo al que atraer, seducir, prometer. La carrera por la cuota de atención llevó al engalanamiento como objetivo principal, a lo proyectado más que al fondo como lo fundamental, a la superficie y al cambio rápido como forma de vida básica. Mostrarse atractivo era lo relevante tanto para el individuo como para cualquier institución. Y ese atractivo no era siempre algo relacionado con lo bello, sino con lo atrayente con el fin de atrapar al individuo al coste que fuese. Lo grotesco, lo ruidoso, lo soez y lo banal se convirtieron así en nuevos protagonistas.

Pero esa ausencia de lo normativo más allá del individuo, ese viaje hacia lo ‘auto’, hacia el propio gobierno individual comenzó hace ya un tiempo a mostrar su envés y, como toda libertad, trajo bajo su brazo una nueva forma de angustia y una sumisión posterior para combatirla. Una angustia del hombre transmoderno que viene en forma de aislamiento y soledad, de inseguridad, de sensación de desorden, de competencia impenitente, de incapacidad de ver e imaginar futuros ni porvenires, de frustración ante la incapacidad de alcanzar esa felicidad prometida y ante la imposibilidad de encontrar estamentos coordinados a los que unirse y reivindicar su causa. La queja y la reivindicación es desarticulada, hecha en privado o en redes sociales a título individual, pero no hay colectividad a la que unirse de forma permanente.

Una angustia que aumenta por la incapacidad de gobernarse en la incertidumbre, por la ausencia de referentes, por una interdependencia real donde el individuo no acierta a ver cómo influir ni participar. Una nueva forma de alienación digital y virtual, y a la vez muy real. Esa necesidad de articulación que siempre ha requerido el ser humano no es satisfecha y la seducción, el prestarse a ser cautivado ya no es suficiente o está de más. El ser humano encuentra entonces en la adhesión su nueva forma de sumisión y organización. Reclama el adherirse a un núcleo más fuerte y sólido, el pertenecer a algo que le confirme, le de seguridad e identidad. Frente al colectivismo y a lo común extendido, la escena actual nos habla de espacios vedados, de burbujas, de lugares compartidos entre unos pocos y plagados de fronteras infranqueables. La lógica de la seducción deja paso a la lógica de la adhesión. El espacio común ya sea físico o virtual queda desnaturalizado, un lugar de paso cada vez más escaso a base de personalizaciones algorítmicas. Hoy la adhesión ciega hace olvidar la seducción ligera. Mañana habremos de pensar en un nuevo cooperativismo, en una redefinición de un espacio común diferente y realmente compartido que integre lo que es físico con lo que es virtual. Siempre hay mañana.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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