La intención es lo que cuenta

Es esta una frase repetida hasta la saciedad cuando lo que es ansiado no se consigue. La intención convertida en un consuelo, en un ‘por lo menos’ al que asirse si la cosa no funciona. La intención, al fin, confundida e identificada erróneamente con el intento. El intento sí es consuelo, pero no la intención. Y es que no hay intención sin intento, pero sí intento sin intención. Plagamos nuestro existir de intentos sin intención. Pero la intención no debe entenderse nunca como premio de consolación. Más bien es la intención la protagonista de una existencia plena. Si no se vive con intención, el sentido de lo vivido desaparece. Imposible una vida con sentido sin una intención que la anteceda.

Nuestras vidas de hoy están ahítas de propósito, de un vivir para algo, de una existencia con intención. Entregadas al frenesí del movimiento perpetuo, de la corriente que nos lleva, nos sometemos y entregamos al no parar, a un permanente intento sin intención. Y los intentos que se dirigen sin intención nos llevan al desenfoque, a la promiscuidad en el actuar y en el probar, al logro vacío que no encuentra razón para justificarse, al hastío y el lamento de una vida perdida. La intención cuenta siempre, y ahora más que nunca. Propiciarse una intencionalidad, darse una ‘razón para’, es vivir con consciencia. La intencionalidad es conectar nuestra consciencia de lo que somos y lo que nos rodea, con nuestra vida y con nuestros actos. Es en esa conexión donde todo adquiere sentido, donde la plenitud es vislumbrada.

El mundo de hoy está presidido por los ‘cómos’ y por los ‘cuándos’, obsesionado por la operatividad, la técnica y el tiempo, y como consecuencia dibuja un paisaje donde la intención no encuentra lugar y donde sí lo halla la justificación. Hacer y justificar lo realizado es práctica habitual de nuestros días. La intencionalidad es sustituida por el intento y el ‘una y otra vez’, la intención es reemplazada por el cambio y la reorientación perpetua, mientras el reaprendizaje, la discontinuidad y el olvido rápido toman cuerpo frente al mantenerse y a la permanencia. Hablamos y reclamamos más que nunca la capacidad de resistir, pero esa resistencia y ese mantenimiento se alumbran al calor del compromiso, y el compromiso solo puede existir con intención, no con intentos. Más bien todo lo contrario, los intentos sin intención desgastan nuestra capacidad de comprometernos. Vivir con intención es vivir comprometido y con ello nos resulta más fácil mantenernos en el empeño, mostrarnos centrados, no despistarnos. Es en esa intención en la que persistimos y perseveramos, en la que no nos dejamos arrastrar por la corriente, en la que nunca estamos a merced de nada ni nadie.  

La intención proporciona el contexto fundamental para establecer nuestra narrativa de vida. Sin ese contexto, las experiencias ya no son tales, tan solo acontecimientos deslavazados que nunca penetran y que pasan por nosotros, pero no nosotros por ellos. Solo en una vida con intención lo que nos sucede es transformado en algo con sentido, es resignificado y readaptado a nuestro favor. En la intención nace la idea de destino, de un algo al que tender y dirigirse. En estos tiempos donde la resiliencia se eleva a categoría de habilidad fundamental, nadie puede adaptarse a la adversidad y salir reforzado sin una intención superior que lo guíe. Nadie sale más fuerte y todo no saldrá bien si no existe intencionalidad definida.

En la intención hay dolor porque hay renuncia. La intención no atiende a todos los fuegos de artificio, sino únicamente a aquello que le es propicio para su fin. Vivir con intención no es vivir ciego ante lo que no es de interés, sino todo lo contrario. Quien habita con intención despierta su consciencia para comprender y desechar lo no necesario. Por el contrario, quien carece de intención no comprende porque no posee consciencia, y sin ella todo y nada le vale. Las vidas sin intención prueban mucho, pero comprenden poco. Las vidas con intención prueban poco y comprenden mucho. La intención no es consuelo ni remedio balsámico frente a lo ansiado y no logrado, sino que es principio de vida plena. La intención es ciertamente lo que cuenta.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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