Esperar y no saber

Esperar y no saber son la fuente de la tristeza. Solo quien sabe y no espera evita la tristeza. Para Albert Camus esta era la manera de esquivar la tristeza, y como epítome de esa actitud, situaba al personaje de Don Juan, que sabía y no esperaba. En nuestros días, nuestra sociedad parece comportarse toda ella como un inmenso Don Juan. Pensamos que sabemos todo y actuamos, no esperamos. Resabiados e hiperactivos como modernos donjuanes. Sin embargo, pocas veces la tristeza se anida tanto y con tanto arraigo como en aquellos que sienten y piensan que saben lo esencial, y fruto de ello, no esperan sino que agotan y se agotan en el continuo del hoy para olvidar el mañana. Saber, o más bien creer que se sabe, y no esperar es entregarse al vivir en el escepticismo, en el cinismo, en el descreimiento y en la distancia.  

Si hoy la tristeza arraiga con fuerza en nosotros y se hace compañera inevitable siempre, e insufrible más a menudo de lo que deseáramos, es porque creemos saberlo todo o cuanto menos, ansiamos saberlo todo para encontrar un absoluto, la piedra roseta que todo lo explique, que haga de lo que nos rodea un universo de certezas y no de incertidumbre. La no admisión de nuestra limitación en esa búsqueda de un absoluto que no encontramos frente a un mundo y una vida que se nos presentan inextricables en muchos momentos, nos exaspera y nos rebela. Y en esa rebelión son el saber y el conocimiento los arietes a los que fiamos el hallar ese absoluto. Lucha y rebelión que terminan por chocar contra el muro de lo inescrutable, de lo que es origen desconocido. Saber y conocer en rebeldía frente a lo que no se sabe y nunca se alcanza a saber, esa es nuestra dinámica maravillosa de evolución. Nuestra tristeza de hoy encuentra su principio en el acto de no aceptar que hemos de seguir conociendo y sabiendo, que debemos permanecer en esa dinámica y tensión maravillosa de conquista, pero a la vez aceptar la convivencia con lo desconocido, con lo que no se sabe, con ese terreno donde lo sabido hasta el momento se hace fútil.

Admitir la existencia del no saber como algo consustancial a nuestra vida es la antesala del esperar. Esperar es verbo mellizo del creer. Los dos nacen juntos y mueren juntos. Sin creer no hay espera. Y el creer es dar por cierto aquello que no hemos comprobado, que no sabemos. De todo imposible es vivir con esperanza si no se cree, y de todo imposible resulta creer si todo se sabe. No hay esperanza donde todo se sabe, porque allí no existe lugar para creer.

Tenemos esperanza porque creemos, no porque sabemos, y de esa esperanza desciende la verdadera sabiduría del que conoce que no todo es asible, que concluye que, en un mundo de incertidumbres, esa es la gran certeza. Y a lomos de esa gran certeza cabalga la alegría y no la tristeza. Esos mismos lomos son los que portan la sorpresa, la curiosidad, el compromiso, la voluntad y el porvenir, signos inequívocos de lo que es alegre. Solo desde un creer y una esperanza somos capaces de encontrar esa voluntad de sentido que reclamaba Viktor Frankl, esa capacidad del ser humano de vivir con intención, con una intención de búsqueda de sentido. Pensar que todo se sabe y no creer ni esperar anula la intención y la búsqueda, cancela la vida con sentido.

Nuestra tristeza de hoy es la incapacidad de convivir con el no saber, de aceptar su existencia incómoda, de reconciliarse con lo desconocido para dar cabida a lo que se cree porque no se sabe, pero solo en esta aceptación y reconciliación seremos capaces de transitar por la espera con esperanza y alegría, y de alejar la tristeza perenne e incómoda.  

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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