El apego imposible

El apego se teje del hilo invisible de lo que retorna, de lo que regresa. El apego necesita de memoria y de recuerdo. Nace de la ida y de la vuelta, de un irse tan solo temporal para una vuelta a lo querido y apreciado. Es el apego un vínculo, un ligarse de forma duradera con el afecto como bandera. El apego duele cuando aquello a lo que nos vinculamos se pierde, porque lo que es apegado no es sustituido, no es reemplazado, y el tiempo no cura ese dolor, simplemente lo acostumbra, que decía Delibes. En el apego hay gozo y sufrimiento, seguridad y atadura. Sin retorno ni regreso, sin vuelta, no hay memoria ni recuerdo, y sin ellos se ahuyenta el apego. Hoy el apego resulta imposible y, además, cosecha mala prensa.

En nuestro tiempo es su versión negativada, el desapego, quien acapara atenciones y parabienes. En una burda transgresión de filosofías orientales, se nos invita a desapegarnos de las cosas para ser libres, pero no para vivir sin nada, sino para cambiar lo que ya tenemos por otra nueva cosa. El apego es calificado falsariamente como enemigo de la autonomía y de la libertad. Vivir apegado, se nos transmite, es negativo porque nos mantiene atrapados, nos impide ser flexibles y adaptables a los tiempos, ser cambiantes. El apego, se recalca, crea herencias afectivas que no debemos aceptar porque dichas herencias no son desechables como los productos que consumimos, sino que crean vínculos que van más allá de comprar, usar y tirar. El apego crea compromiso y genera obligaciones que ya no solo son de cada uno, sino que se transforman en algo compartido. Compromisos y obligaciones que duelen cuando se incumplen, que no se tratan de manera aséptica ni se rompen en segundos. En ese compromiso y en esa interdependencia, se nos advierte de que perdemos nuestra capacidad de decisión autónoma y libre.

El apego queda convertido así en una cadena invisible que coarta nuestra libertad. Todo nuestro mundo se inunda de esta forma de palabras donde el prefijo ‘des’, ese que invierte el significado de la palabra que antecede, es la estrella. Hoy hemos de desaprender más que aprender, desligar más que ligar, desandar más que andar, deshacer más que hacer, desconfiar más que confiar, y por supuesto, desapegar más que apegar. Se invierte aquello que afianza vínculos y afectos, obligaciones y compromisos, el aprender, el ligar, el andar, el hacer, el confiar…  

Nuestros días exigen la no vuelta, el no retorno, lo no repetido, el nuevo amanecer, el olvido no como forma de supervivencia, sino como forma de vida. En el olvido el apego naufraga porque solo a lo que se vuelve y se regresa se puede uno apegar. En el olvido todo es desapego, un volver a empezar eterno que desasosiega y hastía.

Cuando nos apegamos nos encontramos, nos reflejamos, nos recreamos, nos descansamos, nos gustamos y apreciamos, nos resguardamos pero también nos rearmamos, nos sosegamos, nos distanciamos, valoramos y nos valoramos, importamos y nos importamos, nos damos y nos recibimos, respetamos y nos respetamos, educamos y nos educamos, aprendemos y nos aprendemos.

Sin apego nada se conserva, nada permanece, y sin permanencia, no hay lugar donde volver, y sin lugar donde volver no hay referencia ni descanso, solo una tempestad continua y agotadora. Negarnos el apego es vivir errantemente, existir en la eventualidad, simplemente sobrevivir. No hay bienestar sin apego, no hay sociedad sana sin vínculos. Volvamos a hacer del apego algo posible, volvamos a aprender y no a desaprender, volvamos a confiar y no a desconfiar, volvamos a hacer y no a deshacer, volvamos a andar y no a desandar. Volver, retornar, regresar, revivir no son enemigos del cambio porque no hay cambio donde no hay referencia que cambiar.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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