Vidas precarizadas

La tuya, la mía y la de todos. Vivimos vidas precarias. Más allá de disquisiciones metafísicas acerca de la vida y la muerte, su relación y la llegada de la última de manera inadvertida e imprevisible que tiñe nuestra existencia de un halo de ingobernabilidad, un ‘estar en manos de’ que nos hace sentir precarios, esa sensación de precariedad ha saltado el plano de lo metafísico para instalarse en nuestra cotidianeidad, hasta tal punto que se ha transformado en un garante del propio sistema y en una forma indiscutible, aceptada que no aceptable, de vivir.

Hablar de lo precario supone hablar de todo aquello que es de poca estabilidad y de escasa duración. Una idea de provisionalidad a la que se añade la carencia de medios y recursos. Nuestro sistema, nuestra manera de existir actual necesita la precariedad para su subsistencia. El mundo que se presume más abundante que nunca en conocimientos o en recursos tecnológicos (que no naturales), crea la escasez de forma artificial para mover la maquinaria, para imprimir velocidad y renovación continuada. De esta forma, cualquier individuo, sea de la posición que sea, siempre va a sentirse precario en algún aspecto de su vida. La escasez implica inestabilidad, crea en nosotros la sensación de que existe algo que necesitamos, que tiene poca disponibilidad en cantidad o en tiempo (o de las dos), y así nos invade la provisionalidad, a la que se le suma la multitud de ofertas que nos transmiten la percepción de que nunca tendremos los medios y recursos suficientes para colmar nuestra necesidad y, por lo tanto, nos impide sentirnos seguros y no precarios.

Lo que no es precario implica estabilidad y un verdadero empoderamiento, algo que está ligado a comprender por qué hacemos lo que hacemos, hacerlo porque lo queremos y tener un control sobre ello. Sin embargo, el sistema de interdependencias creado donde nadie controla nada, independientemente del escalafón jerárquico que se ocupe, ahuyenta la idea de un empoderamiento real, sino más bien trasluce un empoderamiento de cartón piedra, de vaga apariencia, que no existe más que en superficie. Existimos a base de automatismos y cambios que nos vienen propuestos desde fuera y a los que se nos pide rapidez en la adaptación, es decir, vivir en la inestabilidad permanente, en la precariedad continuada en la que controlamos poco, hacemos poco de lo que queremos y comprendemos nada o casi nada.

Pero aceptar que llevamos una vida precaria no nos gusta y nos autoengañamos circunscribiendo ese término tan solo para lo que está relacionado con la pobreza y la marginación material y social. Pero lo cierto es que todos estamos en precario, somos incapaces de decidir por nosotros mismos nuestro destino, aunque se nos conmine a ello, porque si nos salimos del guion, peligra nuestra supervivencia. Nos creamos una falsa seguridad porque la realidad es que, en esa cadena invisible de interdependencias, no sabemos si lo que hacemos impacta en las decisiones que otros tomen sobre nuestro futuro, así que nuestra influencia queda reducida a mínimos. Aquel, ‘si hago esto, pasará esto otro’, ya no garantiza nada. Poco importa que engrosemos nuestros currículos con cientos de títulos porque, a la vuelta de la esquina, estarán desactualizados, y con ello, estaremos en riesgo nuevamente, o incluso aunque los tengamos, siempre habrá algún detalle que nos pueda dejar fuera. La inestabilidad y la escasa duración dominan nuestra forma de vida y con ello existimos abrazados a la precariedad.

Hoy la masa laboral está absolutamente precarizada, presa de una inestabilidad desalentadora y destructora, cruel y despiadada. Lo indefinido de los contratos es papel mojado. Y no, no es solo precariedad económica ni contractual, es precariedad porque no tenemos control sobre las decisiones que afectan a ese trabajo ni sobre sus consecuencias, porque nos vemos forzados y presionados a dar más tiempo, más atención, más de nuestra vida a esos empleos ante el temor a quedar inútiles y desactualizados, inservibles. Ahora estar fuera es tan precario ya como estar dentro, aunque lo sea en distintos niveles.

Si nada es estable todo es precario. Las instituciones son precarias, la educación es precaria, las relaciones sentimentales y sociales son precarias, la familia es precaria, el presente es precario y el futuro también, la memoria es precaria. Y esa precariedad se disfraza de asertos como ‘aprender a vivir en el cambio continuo’, ‘desaprender rápido’, ‘ser flexible’, etc. que camuflan la realidad. La estabilidad que es el principio de una vida buena, de un verdadero bienestar, es ahora enemigo del entramado creado para sostenernos. Si queremos un cambio real y no parches que empeoren más la situación, es hora de diferenciar entre la aceptación del cambio como hecho natural e indiscutible que sucede a todas horas, algo positivo y bueno, y la entronización nociva de ese cambio como valor social irrenunciable, como factor que es intrínsecamente bueno y que ha de acelerarse, aunque sea de forma ficticia. A veces no hay mejor cambio que la permanencia.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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