La dependencia hipermoderna

La dependencia es un fenómeno consustancial y requerido en la naturaleza humana. El ser humano necesita depender de alguien o de algo, y también que un alguien o un algo dependa de él. Sobre dependencias se ha ido construyendo nuestra evolución como especie. Desde que nacemos, nos vemos insertos en un núcleo familiar del que dependemos para luego ir ampliando esas dependencias a esferas menos próximas, desde los lazos sentimentales y amistosos hasta los laborales o los administrativos, entre otros muchos.

Hasta unas décadas atrás esa dependencia se aceptaba como un pedazo más de esa naturaleza humana, como un componente de su forma de ser y estar, y todo ello se articulaba a través de la comunidad. La comunidad, lo común, vertebraba el funcionamiento de buena parte de nuestra vida y en esa comunidad se hacían explicitas las dependencias, que eran evidentes, comprendidas y aceptadas. Sin embargo, con el pasar de los años se produjo un movimiento de individualización del ser humano, un énfasis transformado casi en obligación de ser individuo, de ser uno mismo por encima de todo. Una exaltación de la autonomía del individuo y de su independencia irrenunciable y forzosa. Ahí se construyó una ecuación donde se es más individuo cuando se es más independiente, y se fue arrinconando el concepto de lo común entendido como lo que es admitido por todos y que pertenece a todos porque no es privativo de nadie. La independencia se entendió como lo privativo, lo único que no es de nadie más que de uno, lo exclusivo de cada cual. Aceptada esa ecuación, cualquier alusión a la comunidad o a lo común quedaba automáticamente rechazada porque atentaba contra nuestra independencia, contra nuestro coto particular.

Así, dejamos de ser una comunidad para convertirnos en una sociedad de individuos que, bajo la falsa ilusión de independencia máxima, nos hemos transfigurado en los seres más dependientes de la historia humana. En una sociedad de individuos donde no existe lo común ni esa dependencia clara y evidente, surgen las dependencias no evidentes y, con ello, más peligrosas y agudas.

Nuestro mundo está regido por un creciente número de reglas y normas que ponen un cerco mayor a nuestra individualidad y nos hacen más dependientes de ellas que nunca. Lo acordado tácitamente, lo compartido y aceptado que es lo común se sustituye por normas, por decretos y leyes que obligan, que nos hacen depender. El aparato administrativo se digitaliza cada vez más para, sin embargo, dar cobertura a más trámites, procesos y burocracias casi imposibles que nos vuelven súper dependientes. La individualización santifica el acceso y lo temporal frente a lo que es propiedad. La propiedad ata y encadena, el individuo necesita sentirse libre y romper esas cadenas para poder moverse rápido. No se compra un bien, sino que se paga un acceso. Pero en esa independencia irreal, acabamos por vivir una vida de suscripción perenne cuyo control se nos escapa. Ya no compramos y poseemos, sino que pagamos y nos suscribimos. Nada es realmente nuestro, solo disponemos de accesos. Hoy podemos estar dentro con todo o fuera con nada con tan solo una denegación de acceso. Una denegación realizada por alguien sin rostro. Dependencia máxima disfrazada de libre elección y libertad de movimientos.

El mundo hiper moderno y su individualización de la sociedad ha ido añadiendo capas entre la realidad y la persona. Esto provoca la mayor de las dependencias que es el no entendimiento. Cada día que pasa, se añaden procesos veloces que el individuo entiende menos y que le alejan de la realidad, y en ese desconocimiento se hace más dependiente. Nos hemos convertido en meros ejecutantes dentro de una cadena en la que apenas entendemos nada de lo que ahí sucede, simplemente seguimos instrucciones o, peor aún, seguimos el instinto, las emociones, gracias a tecnologías que hacen todo más ‘intuitivo’. Cada tecnología intuitiva es una dependencia más que añadimos a nuestra vida, una incomprensión limitadora.

Lamentablemente, toda nuestra vida se está trasladando a una nube que ya no es virtual ni metafórica sino muy real. Cualquier trámite ordinario se lleva a ese lugar que no vemos, que no palpamos, que no entendemos, y allí quedamos presos de la dependencia. De una dependencia que tampoco comprendemos, que no tiene nombre ni apellidos ni cara. Un proceso tiránico donde lo triste es que se anuncia como progreso irrenunciable e irremediable. La independencia que proviene del conocimiento se sustituye por la velocidad y lo instintivo, por lo cómodo. Pero nada es más incómodo que depender de absolutamente todo. En nuestra inocencia creída de individualidad independiente, somos más dependientes que nunca, y con tan solo una caída de un sistema, de una conexión, de un dispositivo, quedamos fuera, a la intemperie y desprotegidos. A veces la peor dependencia es la que se disfraza de independencia.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Autor: Óscar Fajardo

Óscar Fajardo es escritor, ensayista, articulista, formador y conferenciante.

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