La paradoja de la influencia

Vivir de la influencia parece un signo exclusivo de nuestros tiempos. Un hecho diferencial que nunca en otra época sucedió. Hoy podemos matricularnos en escuelas de influidores que nos ofrecen adquirir conocimientos y formación para poder convertirnos en profesionales de ello. Pero lo cierto es que la influencia es un fenómeno consustancial al ser humano y no resulta nada nuevo, como tampoco lo es el vivir de esa influencia. Basta con mirar la cohorte de consejeros que existían en las cortes de siglos atrás, donde cada uno pugnaba por influir sobre el monarca de turno. Así era mayor su ascendente sobre el rey, así adquiría mayor relevancia social y más poder detentaba, aunque fuera en la sombra. Ocurre lo mismo con los partidos políticos, con las empresas y con cualquier organización medianamente estructurada.

La realidad es que el ser humano siempre está presto para influir y para ser influido. A todos nos gusta que las personas hagan cosas que nos interesa que hagan, es decir, influir en ellos. La influencia nos otorga cierto poder y reconocimiento en los otros y, nos guste o no, alimenta nuestra estima. Pero también todos somos siempre influidos por alguien, de una manera más o menos evidente, más o menos consciente. No todos nuestros actos, incluso más bien pocos, nacen de nuestra propia intención. El hecho mismo de constituirnos como seres sociales, de habitar en sociedad, hace que nuestra vida esté sometida a cientos de influencias visibles e invisibles. Lo queramos o no, influimos y somos influidos.

Pero como ningún tiempo es totalmente nuevo, pero tampoco se repite totalmente, el actual posen un par de peculiaridades que lo hace distinto a otros anteriores en esto de la influencia y crean una paradoja alrededor de ella. La primera circunstancia diferente es que el concepto de influencia ahora se relaciona con lo popular, con el ser visto cuanto más mejor, mientras que antaño poseía un cierto halo de secretismo, de privacidad, de ‘nocturnidad’ que ya no alcanza. La influencia se ejercía, pero no se contaba a las mil leguas. Todos conocían quién influía, pero este no hacía gala de ello, sino lo contrario, jugaba al disimulo, porque precisamente en ese pasar desapercibido se apoya buena parte del éxito como influidor. Queremos ser convencidos e influidos, pero sin que se note, aunque lo sepamos. Es de esta forma como conservamos esa idea de libertad, de elegir porque queremos y no porque nos es impuesto. Antaño era el ‘secreto a voces’, eso que todos sabían, pero nadie decía. Y en ese engaño o ceguera permitida radica la influencia profunda, pero también su control. Sabemos quién influye, pero se hace como que no se sabe, y de esta forma se ejerce un cierto control a distancia, un equilibrio sano que evita peligros.

Y aquí topamos con la segunda diferencia. Cuando la influencia se hace popular y se expone a cuanto más mejor, se deja de ser un influenciador para convertirse en un altavoz de la voz en la sombra, del verdadero influidor que se mantiene en el secreto. De esta forma, hoy tenemos miles de voceros mal llamados influidores que dejan al verdadero influidor en la sombra, demasiado fuera de control. Nos sabemos influidos, pero a diferencia de otros tiempos, ya no sabemos por quién, y esto nos lleva a la desconfianza continuada y a curiosamente, carecer de referentes reales a pesar de estar más plagados que nunca de supuestos influidores que deberían ser esas referencias.

Esta es la paradoja de nuestros días. A pesar de que tenemos más influidores (más bien voceros) que son más visibles que nunca, hemos perdido el rastro de quiénes son los que verdaderamente nos están influyendo, y con ello hemos caído en la desconfianza enfermiza y en la ausencia de referentes profundos. La influencia ha de ser un secreto a voces, pero secreto al fin para así, paradójicamente, conocer su origen, controlarla y otorgarle nuestra confianza. Al cruzar al terreno de lo popular y lo visible, ya no es influencia sino altavoz, y la verdadera influencia queda escondida a nuestros ojos, fuera de control y a la vez nos descontrola a nosotros y nos confunde.  

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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