Vida inhumana

Lo pienso, lo quiero y lo entiendo. Lo que ejecuto lo he pensado yo, lo que hago lo hago por mi voluntad propia, y eso que hago es entendido por mí. Intención, voluntad y entendimiento. Nada nuevo que no dijera hace años Ortega, pero que a menudo se nos olvida. Son esos tres los componentes fundamentales de los seres humanos. Lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra intencionalidad, el pensar y hacer las cosas para algo; nuestra voluntad, que nos permite decidir por nosotros mismos si queremos y hacemos esto o lo otro, y el entendimiento, que implica conocer el porqué de las cosas que hacemos. Hoy que el mundo se inunda de encuestas y de test de rápida digestión, convendría a menudo preguntarnos a nosotros mismos y como sociedad si aún podemos decir que estos tres componentes fundamentales están presentes en nuestras vidas.

Sería recomendable pensar cuánto de lo que pensamos y hacemos en nuestro día a día proviene de una intención propia y no de lo que es uso social. El universo social es un lugar donde ejecutamos cosas, hacemos cosas, pero no las pensamos por nosotros mismos, sino que nos vienen dadas por unos usos que hemos de cumplir para sentirnos integrados. Nada de esto es nuevo y es inherente a la convivencia humana. El problema es cuando ‘lo social’ se convierte en lo absoluto, cuando la gran parte de nuestra vida la pasamos en eso ‘social’, cuando para sobrevivir tenemos que aumentar nuestra visibilidad y sobre exposición ante los demás hasta límites insospechados. Cuanto más tiempo pasamos allí, cuanto más se demanda la visibilidad y la sobre exposición porque si no no existimos, curiosamente menos existimos como hombres racionales y más como animales irracionales. Habitar en un mundo de continua exposición nos lleva a ejecutar lo que los usos nos dicen que hemos de hacer, no aquello que nosotros individualmente hemos pensado en hacer. La intencionalidad profunda queda entonces anulada por una falsa intencionalidad que no es propia sino impuesta, un uso social que se transforma simplemente en tácticas para ser más visibles, para existir para los demás y para poder sobrevivir. Vida inhumana.

Tampoco queda mucho rastro de voluntad en un mundo en el que se nos trata como factores productivos que han de reciclarse, que entran en competencia con los semejantes de forma despiadada y ahora con la inteligencia artificial y con los robots, que han de estudiar y formarse para encontrar un trabajo con el que ganarse la vida, olvidando aquello que realmente hubieran deseado hacer. El mundo productivo anula nuestra voluntad, la posibilidad de hacer lo que hacemos porque lo deseamos y queremos, justo lo que es más humano y nos acerca a la vida buena. Por el contrario, el ser productivo que hoy impera considera que la voluntad en el ser humano es algo superfluo y le resulta indiferente. Solo importa hacer más con menos, y hacerlo más rápido. Algo que sea útil y que la gente esté dispuesta a pagar por ello, cuanto más mejor. La voluntad desaparecida. Vida inhumana.

Y como colofón, nadie entiende nada. Metidos en esa rueda de sobre exposición y productividad, de falta de intención y ausencia de voluntad, y colocados a la velocidad de un turbocapitalismo que entroniza la rapidez y la velocidad, no hay espacios ni temporales ni físicos para procurarse el ensimismamiento que permite entendernos y entender lo que sucede a nuestro alrededor. El horro vacui es señal inequívoca de nuestra época. Apenas puede quedar un hueco, un vacío que permita preguntarnos para entender. Es mejor hacer, entretenerse, no parar, porque el parar, además de poco productivo (en teoría), es peligroso porque nos puede hacer pensar. No hay entendimiento, no existe comprensión de lo que nos sucede, lo que nos rodea, lo que hacemos. Ni siquiera hay posibilidad de preguntarse el porqué, dado que antes de preguntar ya estamos en otra cosa. No entendimiento. Vida inhumana.

El futuro, el paso de los días, no trae consigo obligatoriamente la mejora de nuestras condiciones como seres humanos. Engañados en esa idea de que el simple llegar del mañana trae tiempos mejores, nos hemos dejado ir para llevar una vida cada vez más inhumana. No es volver al ayer, sino hacer un mañana más humano.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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